«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Una guerra sin guerreros

20 de julio de 2026

Karl Marx hizo una predicción extraordinaria y otra desastrosa. La primera fue anunciar que Europa caminaba hacia una guerra gigantesca entre las grandes potencias industriales. La segunda, creer que esa guerra nunca llegaría a librarse porque los obreros alemanes y franceses se negarían a dispararse entre sí. Compartían, pensaba, una identidad de clase más fuerte que sus respectivas naciones. Se equivocó de medio a medio. Obreros alemanes y franceses se mataron con entusiasmo en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Hoy nos anuncian otra guerra para ya, a la vuelta de la esquina. El bombardeo (todavía metafórico) de mensajes alarmistas que nos llega de Bruselas es atronador. Cada lunes y cada martes nos llega desde las cancillerías europeas el mensaje inequívoco de que entrar en guerra contra Rusia es lo que nos espera en unos pocos, muy pocos, años.

Pero yo aquí quiero recuperar la predicción de Marx, al menos para preguntarme si el europeo occidental está por la labor de arrastrarse por la rasputitsa ucraniana bajo la bandera del círculo de estrellas. Permítanme dudarlo.

Marx se equivocó porque infravaloró el patriotismo, la conciencia de pertenecer a comunidades nacionales razonablemente homogéneas. Pero Bruselas y sus cuates podrían estar marrando en el sentido contrario, a saber: que hay un patriotismo europeo.

Una guerrita puede llevarse a cabo sin molestar demasiado al ciudadano. Reagan puede invadir Granada (la isla caribeña) sin que el americano medio le preste demasiada atención: sucede lejos, implica a un número limitado de ciudadanos que, por lo demás, han elegido ese oficio, y no altera perceptiblemente la calidad de vida en la nación.

Una guerra con Rusia, la potencia con más armas nucleares del mundo, no sería de ese tipo. Exigiría la movilización masiva, economía de guerra, una austeridad inusitada en nuestras sociedades, destrucción sin cuento y una cantidad de bajas en la que uno preferiría no pensar. Y a eso, sinceramente, no veo al ciudadano europeo apuntándose.

Estamos demasiado gordos, vivimos demasiado bien. Y ni siquiera le vemos demasiado sentido a la idea de morir por el Donbás.

Por no hablar de la idea de luchar por los eurócratas de Bruselas. No veo a Ursula en la estampa de una nueva Leonor de Aquitania enardeciendo a las tropas en la Última Cruzada, cuando Rusia vuelve a ser culpable.

Quizá me equivoque, como se equivocó Marx. Pero sospecho que el problema del rearme europeo no será fabricar suficientes drones de última generación. Esa es la parte fácil, en la que ya están. Será encontrar suficientes europeos convencidos de que merece la pena morir por aquello que Bruselas les pide defender. Los proyectiles pueden fabricarse en unos meses. El espíritu de sacrificio necesita generaciones. Y llevamos demasiadas décadas dedicados precisamente a desmontarlo.

La amarga ironía es que los mismos que ahora quieren insuflar en nosotros un improbable ardor guerrero son quienes llevan décadas ridiculizando el ethos del guerrero, denunciando como “masculinidad tóxica” la agresividad que, debidamente encauzada, salva civilizaciones, feminizando la sociedad hasta extremos ridículos y castrándonos para aceptar sin excesivas protestas una invasión pacífica que, esta sí, está cambiando radicalmente lo que significa ser europeo.

¿Guerra con Rusia? Ve yendo tú, Ursula. Luego ya si eso.

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