Vacunas libres
Vacunas libres
Por Jaume Vives
13 de marzo de 2025

Se cumplen ahora cinco años de los atropellos que, con motivo del COVID, se cometieron en los dos hemisferios del planeta. Huxley hubiera sido incapaz de imaginar algo tan distópico. Se encerró a todo el mundo en casa, también a las familias con hijos pequeños. Quienes tenían perro podían salir a recoger las cacas, pero el resto se las tenía que ingeniar para tranquilizar a cuatro churumbeles revolucionados encerrados en el salón de casa.

Imagino que la brillante idea fue de gente que vive en casas grandes con jardín y un montón de perros que necesitan salir a pasear para no defecar en el césped propio, pero no cayeron en la cuenta de que la mayoría vive en pisos de setenta metros cuadrados sin una triste terraza donde los niños puedan ver el cielo.

Luego establecieron tramos horarios para determinados sectores de la población, y un cúmulo de normas tan rocambolescas que sólo parecían razonables a quienes consumían televisión y grandes cabeceras como parte de su dieta.

En los balcones había psicópatas riñendo a quienes, haciendo uso de la razón, la libertad y el sentido común, decidían salir a dar un paseo y fumarse un cigarrillo tranquilamente. No hay en España manicomios suficientes para encerrar a la policía de los balcones.

Otros pensaban que era buena idea nadar en medio del mar con mascarilla y, recuerdo, yendo a Barcelona, ver en la autopista, gente paseando con bozal en mitad de los Monegros, cuando el pueblo más cercano estaba a diez kilómetros.

Fue entonces cuando muchos descubrimos hasta qué punto la televisión y los informativos son capaces de convertir al ser humano en un animal más estúpido que el caracol.

En los coches circulaban padres con sus hijos, todos con la máscara azul, aunque luego en casa compartían (en el mejor de los casos) mesa y salón. Otros, desterraron a los hijos a su habitación como si en lugar de corazón tuvieran uranio radiactivo y también hubo quienes se dedicaron a poner lavadoras cada vez que un hijo entraba en casa. Las mismas que hasta entonces ponía la chica de la limpieza y que a partir de ese momento tuvieron que aprender a poner ellos por miedo. A los cincuenta años.

Esa época fue un buen termómetro para ver que muchos, hasta el más piadoso con ansias de martirio, vive aferrado a sus pulsaciones, temeroso de perder la vida terrena, fruto de la poca confianza en la eterna. Y no estamos hablando de la peste española, nos enfrentábamos al COVID que, comparándolo con la primera, fue algo irrisorio, aunque decir esto le haya costado el puesto —injustamente— a la directora general de Salud Pública de la Junta de Castilla y León.

Fue ridículo, grotesco y humillante, y todavía hoy, en las sobremesas de gente normal, se sigue haciendo chanza de ciertas personas y de ciertas actitudes. Cinco años después.

Y luego llegaron las vacunas, la guinda del pastel. El santo grial. Algunos católicos fueron más apóstoles de las vacunas de lo que en su vida lo han sido de Jesucristo. Si no estabas vacunado no merecías ni el aire vírico que respirabas. El amor a los enemigos era para todos menos para los no vacunados. La caridad era para el peor de los criminales, pero no para la madre embarazada que decidía no vacunarse por temor a perjudicar a su bebé.

Fue un buen termómetro para descubrir dónde tenían puesta su seguridad muchos, pero también fue siniestro, sobre todo viendo cómo, después de todo, muchos de los hooligans se han arrepentido de lo que habían hecho sólo por pánico.

Unos, despedidos de su trabajo, otros, a punto de perderlo, otros tantos, presionados por amigos y familiares a quedarse en casa encerrados por no estar vacunados (esa era la poca confianza en la vacuna de aquellos que se habían pinchado). Controles para entrar en bares, imposibilidad de viajar a determinados países, liquidación de las reuniones familiares… como para que ahora vengan algunos a la maravillosa charca de Twitter a decir que lo de vacunarse fue un acto de libertad.

Si en ese momento hubo un auténtico acto de libertad, a lo Braveheart, al estilo Mel Gibson montado a caballo contra el enemigo, fue precisamente el de resistir a todos los miedos y amenazas, a todas las presiones y chantajes, y no vacunarse, aceptando críticas y juicios, y lo peor, la mirada cabreada de los católicos fetén que meses atrás fardaban de querer ser mártires.

Ése fue el verdadero acto heroico de libertad, precisamente porque la libertad escaseaba.

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