Veinte años de catástrofes
Veinte años de catástrofes
Por Itxu Díaz
21 de agosto de 2025

Años 90. Había algo denso y extraño en el ambiente, y bruma turbia en el cielo. Corríamos hacia el bus escolar con un insólito picor en los ojos. Como vivíamos junto a la playa de Riazor, y el Mar Egeo llevaba unas ocho horas quemando petróleo en las inmediaciones de la Torre de Hércules, la ciudad se reincorporaba a sus quehaceres mirando hacia todas partes, y buscando explicaciones en amigos y conocidos. Nadie sabía nada. No hace falta que te recuerde que no había móviles ni internet, y la radio musical del autobús no decía ni una palabra del asunto. Recuerdos de mi inexplicable memoria musical, la única que tengo: sonaban temas de Bon Jovi y REM, y singles españoles como A un minuto de ti, de Mikel Erentxun, o Judas el miserable, de La Frontera, tal vez era una profecía del advenimiento del sanchismo.

Ya en los pupitres para empezar la clase, aquel severo y entrañable profesor de Historia, probablemente el hombre más puntual del mundo, no venía, así que nos entretuvimos en nuestros juegos olvidando el aire viciado que se respiraba en el exterior. Tenía este profesor la sanísima costumbre de no gritar, simplemente no empezaba la clase hasta que no hubiera silencio, y a menudo daba las instrucciones iniciales escribiéndolas en la pizarra. Aquel día escribió: «Ha habido un accidente de un petrolero en la Torre de Hércules», y llenó la pizarra con un resumen de lo ocurrido, que pudo recopilar en la radio en la sala de profesores, antes de venir a la clase. Por eso llegó tarde. Fue la primera vez que comprendí lo que era el espíritu del periodista.

Viví muy cerca aquella tragedia del Mar Egeo, y también la del Prestige, en noviembre de 2002. La España de los 90, aunque vivía los últimos estertores del felipismo, entre ruina, crimen y corruptelas, había logrado un espíritu de unidad y solidaridad encomiable, en parte por el insoportable goteo de atentados de ETA. No estaba tan dividida. No estaba tan contaminada por los medios, a pesar de los pesares. La política no era el primer plato, el segundo y el postre como ahora. Y guardaba aún con cierto escrúpulo una mezcla de lealtad y responsabilidad institucional entre administraciones, a menos que entraran en juego los traidores habituales del PNV. 

En el Mar Egeo no llegué a ver gente llorando y lamentando pérdidas, aunque sí miles de aves y peces ahogándose en crudo en mis playas favoritas. Sí la ví en el Prestige, cuando recorrí la costa gallega y fui testigo de la desesperación de la gente del mar en los pequeños pueblos pesqueros. Hasta donde logro recordar, hubo una gran diferencia entre ambos desastres. En el primero, la principal preocupación de todos los políticos fueron los afectados y la catástrofe ambiental, peor o mejor gestionada. En el segundo, con el PSOE en la oposición, la principal preocupación fue tumbar al gobierno nacional y autonómico. Imposible olvidar el grado de indignidad infinita del BNG, aliado ya con el PSOE, politizando hasta la náusea cada gramo de chapapote para arrojárselo encima a Fraga, a quien por cierto, con toda su rudeza y sus errores, le dolía de verdad aquella Galicia teñida de negro, no como al velocista de Paiporta.

Entre un petrolero y el siguiente ocurrió otra catástrofe nacional, otro desastre medioambiental que envenenó de norte a sur la sociedad española: José Luis Rodríguez Zapatero. No hubo ni el amago de lealtad política en la lucha contra el desastre ambiental del Prestige. Y no la hubo porque el de León había vendido su alma a la fractura de la sociedad, empleando como herramienta destructora a la ETA y los nacionalismos. Lo consiguió. Y recogió las nueces tras el 11-M, sin importarle lo más mínimo que su botín estuviera flotando en charcos de sangre inocente.

Cuento todo esto porque han pasado más de veinte años y la fractura no ha dejado de crecer. La división se palpa a veces en la calle, pero se ejecuta y promueve cada día en los despachos de los políticos y parlamentos. Arde España desde hace días, lloran otra vez las gentes sencillas al perder lo poco que tenían, una casa, unos campos de cultivo y unos animales, y los hijos de una hiena de los políticos al mando están todavía a esta hora discutiendo de quién cojones es la competencia, si autonómica, si nacional, o si del Tito Berni. 

El loco de La Moncloa aúlla frente a las cámaras tonterías sobre el cambio climático con un centenar de pirómanos detenidos por su ministerio de Interior, llenando de rabia y desafección a los que lo han perdido todo, y entre bambalinas engaña y niega medios a las autonomías que no son socialistas, porque le pone ver el arder lentamente al pueblo que no le ha votado.

Es increíble la paciencia que la sociedad española está teniendo con esta banda de miserables. Y es necesario recordar hoy que al fuego y a quienes lo están padeciendo les importa tres cojones la ridícula y artificial fronterita chiringuitera que se pintó en 1978, y que ha terminado por convertir la nación en un lío infinito de competencias, gestionado por un atajo infinito de incompetentes.

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