Vergüenza
Vergüenza
Por Hughes
30 de octubre de 2026

Uno de los supervivientes de la catástrofe ferroviaria en Urda explicó en una entrevista una sensación suya tras el impacto. Sintió vergüenza, explicó. Vergüenza de su país. Tanta que se acercó a una pareja de ingleses, también en el tren, y les pidió perdón. El patriotismo a veces adopta una forma pudorosa. Este hombre, joven, se sentía movido a pedir perdón como español, como anfitrión. Sentía una responsabilidad en lo sucedido que no le correspondía y que es evidente no sienten los miembros del gobierno.

Hemos escuchado testimonios de admirable aplomo de los supervivientes. Su humanidad, su empatía, su entereza, su preocupación por los demás y también una exactitud narrativa, una impresionante capacidad para transmitirnos las cosas de un modo ordenado, preciso, como si fuera esa su manera de ayudar. Ante estos testimonios, ante su humanidad plena, fuerte y frágil a la vez, yo sentía una pequeña vergüenza. Vergüenza de mí. De no ser una persona con esas cualidades. ¿Estaría yo a la altura de ellos? Esas personas estaban agigantadas a mis ojos. Hay que mirarlos así por la calle. En cualquier persona normal hay decencia, heroísmo, amor, espiritualidad, abnegación… Ese muchacho, actor sevillano, que expresaba su desesperación por no tener noticia de su padre era de repente un gigante de amor con una desarmante y generosa elocuencia para hacernos sentir el tormento.

«Una persona normal»… Casi nada. Estas personas nos parecen todas de una gran talla humana. Y a su lado, como si fueran grandes personajes, uno se siente pequeño. Cada vez más sentimos una admiración absoluta por la gente normal.

Estar a la altura de todo esto sería una primera medida, tarea, intención. Medida desde luego no es la palabra. Se necesita, antes que nada y sobre todo, volver a una seriedad perdida. Una resacralización de las cosas. Una nueva seriedad del euro y del servicio. Esa responsabilidad instintiva por la casa común; el respeto lleno de admiración hacia el otro, que es titánicamente normal. No sé si honor es la palabra, si asustará que suene a cosa antigua. Sería como volver a ser un poco ‘japoneses’. Darle a todo una unción ceremonial, como sabemos hacer para otras cosas. Estar a la altura extraordinaria del hombre que coge un tren, con su trabajo, seres queridos, una dolencia personal, algunas ilusiones y bastante stress, y que, allí donde lo ves, conoce lo necesario del mundo para salir entero del espanto, expresar lo inexpresable y hacernos llegar con los ojos, evitando llorar, la emoción de la vida.

Para servir a los españoles hay que creérselo un poquito. Patriotismo, honor, devoción. Sentir que la casa es común, que su suerte podría ser la nuestra, que son grandes personas, extraordinarias, a las que servir con un juramento de humildad: que cada cosa esté a la altura de los españoles y de su buen nombre. Lo mejor que se pueda, que siempre será poco. Y que vaya la vergüenza en ello.   

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