Uno observa que nuestras vidas hoy parecen menos fecundas. Antes un chaval de quince años no solo parecía ya físicamente un hombre, sino que ejercía como tal. Alcanzaba la madurez a edad muy temprana.
Hoy vivimos una epidemia de hombres de cuarenta y cincuenta años con aspecto de chavales de quince: la misma indumentaria, las mismas actitudes, los mismos apegos. Adictos a las pantallas, a la pornografía y esclavos de su vanidad y de sus caprichos.
Donde más llamativo resulta, por ser quizá donde más se tendría que estar inmunizado contra esta plaga, es dentro de la Iglesia. La culpa seguramente es de la esquizofrenia reinante que nos hace vivir disociados. Que nos convierte en devotos hijos de nuestro tiempo, sin reservas ni resistencias, como tantos otros.
Las causas de esta esquizofrenia son principalmente dos: la oración sin acción y la acción sin oración.
Sorprende la cantidad de gente que tiene una vida de piedad y oración diarias pero que en su vida pública ejerce con tal disimulo que nadie adivinaría que se trata de personas de fe. Una legión de gente bienintencionada que considera poco deseables el combate y la milicia, a los que hay que evitar como estrategia sincera para acercar a otros —no se sabe muy bien acercarlos dónde—, o como estrategia egoísta para evitar problemas y seguir prosperando laboral, social, económica y personalmente.
El segundo tipo de personas son aquellos que en la vida pública viven el combate y la milicia, que es lo propio del creyente, con actitud muchas veces ejemplar, pero luego no tienen oración ni relación alguna con el Señor al que dicen servir.
En ambos casos la vida se vuelve estéril pues si la oración es sincera uno acaba viviendo en alerta, sabiendo que la vida es combate, el noble combate de la fe. Tal y como lo han vivido los santos. Procurando no tanto congraciarse con el mundo derrochando simpatía, sino dispuestos a enemistarse con él, si fuera preciso, por la salvación de las almas —y la de uno mismo—. Por eso es una pena ver vidas con los elementos necesarios para dar tanto fruto y que se acaban volviendo estériles.
Y lo mismo sucede con quienes pecan de un activismo que no se sustenta en la oración. Con el tiempo se acaba volviendo estéril, porque del mismo modo que la oración lo lleva a uno al combate, sin oración el combate acaba adquiriendo un aspecto deforme e incluso puede ser dañino.
Hacen falta personas con vida de oración y espíritu de combate, que no necesariamente significa dedicar ocho horas al día a la oración cual monjes contemplativos, ni enemistarse con todo y con todos. Pero sin oración verdadera y sin espíritu de cruzada que nos haga vivir la vida como milicia, el cristiano está condenado a la irrelevancia y acaba hurtando a la sociedad la posibilidad de conocer a Cristo. Y, como tantos otros, tendrá cuarenta años y vivirá como si tuviera veinte.
Con la misma formación que a los veinte y con la misma vida de fe que a los veinte. El verdadero progreso se da en el amor al Señor, lo demás, que también recibe el mismo nombre, es solo una deformación del ser humano que cada vez adquiere formas más rocambolescas y estériles.