Violencias santas e inocentes
Violencias santas e inocentes
Por Jaume Vives
1 de enero de 2026

El 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, en el que recordamos la matanza de niños por orden de Herodes, alguien vandalizó el refugio provida situado justo enfrente de la clínica Dator, el antro de muerte más conocido de España.

Se trata de una violencia especialmente perversa, pues pretende apagar el único destello de luz que se encuentran las mujeres antes de entrar a la Dator a abortar, acto sanguinario que destruirá la vida de sus hijos, además de la suya propia y que las dejará heridas para siempre .

Hablamos pues de una violencia destructiva, que no se conforma solamente con el exterminio de inocentes, sino que trata de impedir que otros salven las vidas de esos niños perseguidos por su particular Herodes moderno, que no es otro que Satanás disfrazado de múltiples formas. 

Y frente a esta violencia destructiva existen otros tipos de violencia que algunos pretenden poner al mismo nivel, aunque no lo son, ni mucho menos, no son la otra cara de la misma moneda sino algo completamente distinto en cuanto a la consideración moral que merecen.

Si una madre pasea por la calle con su hijo y los asalta un maleante, no es igual la violencia que ejerce el asaltante que la que ejerce el hijo para proteger a su madre. La primera destruye, la segunda protege –a la familia–, no solo es legítima sino necesaria y moralmente obligada y constructiva, porque hace de este mundo un lugar más habitable donde la injusticia no tiene la última palabra. 

Y los abortorios son ese mal que hay que neutralizar. Quienes defienden que ante el mal la única respuesta legítima es la no acción o la no violencia, desconocen la realidad, o blanquean su cobardía, cuando no su astucia, vistiéndolas de prudencia y, en cualquier caso, se convierten, aun involuntariamente, en cómplices del hostigamiento de los malos. 

El asunto reviste la gravedad y la injusticia suficientes como para que la respuesta sea algo más que la no acción y la no violencia. Pero para entender eso, primero hay que creer de veras que lo que ocurre en esos antros es uno de los actos más perversos e injustos que se perpetran en el mundo

Un acto que pone de manifiesto la necesidad de violencias santas e inocentes que, como decíamos al principio, no son la otra cara de la misma moneda sino un acto de justicia que nace de la legítima defensa y el imperioso socorro que esos santos inocentes necesitan y que sus madres agradecerán, a su debido tiempo.

Y esa legítima defensa e imperioso socorro tienen que ser sociales, legislativos, políticos, físicos y, por supuesto, ¡por tierra, mar y aire! 

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