Todos los que tenemos padres mayores, recordamos el día del apagón porque, nada más conocerse la noticia, pensamos en ellos antes que en nadie más. La electricidad está en la base de nuestras seguridades, y no tener en la memoria nada parecido a un apagón general, nos llevó a la sensación inevitable de estar soñando despiertos, de que aquello que estábamos viviendo no ocurría de verdad. «¿Pero cómo se va a ir la luz en todo Madrid, hijo, qué dices?», me respondió mi madre al llamarla para saber si se encontraba bien. Tampoco ella se lo creía. Cuando llegué a su casa, una vecina muy mayor, cuyo respirador se había apagado, pedía ayuda a gritos desde el descansillo del quinto porque necesitaba ir a urgencias, y el ascensor no funcionaba.
Situaciones como ésta se multiplicaron aquel día negro para España. No tenemos capacidad para poder saber cuántas personas sufrieron un calvario parecido ese día, quizá durante horas, quizá con un final dramático. Se nos da la cifra oficial de cinco o seis muertos como consecuencia directa de la falta de electricidad; otras fuentes más «realistas» hablan de diez u once. Lo cierto es que el exceso de mortalidad de los días posteriores al apagón se acerca a las ciento cincuenta personas. ¿Alguien ha hecho el esfuerzo de calcular, aproximadamente, cuántos españoles han muerto en los últimos años como consecuencia, directa o indirecta, de la incapacidad, la incompetencia, la dejadez, la corrupción o la estulticia de este Gobierno? Probablemente, si alguien lo hiciera y el dato se conociese de manera pública y masiva, ni Sánchez ni sus ministros podrían poner un solo pie en la calle.
Es inconcebible que un país como España se quede a oscuras en pleno siglo XXI, por muchas razones que se den relacionadas con las energías renovables y con el pool energético. Inconcebible e inaceptable. Los españoles pagamos hoy muchos más impuestos que nuestros padres, pero ni ellos ni nuestros abuelos vivieron nunca un apagón general en el país. Es más, en toda Europa no se vivía nada parecido en los últimos veinte años. ¿Qué pasó entonces el año pasado?, ¿realmente es tan difícil tener una previsión energética correcta para evitar que algo así suceda?, ¿es tan difícil mantener unos sistemas de vigilancia que avisen con suficiente tiempo para evitar el colapso antes de que ocurra, a fin de que se puedan tomar medidas preventivas? Obviamente, no.
Lo que pasó el día del apagón es lo mismo que pasó el día del accidente de Adamuz, lo mismo que pasó el día de la DANA en Valencia, y en realidad lo mismo que pasó durante los peores meses de la pandemia de covid. Pasó, y pasa, que este Gobierno ilegítimo y criminal no está preparado para gestionar la vida de millones de personas. Sánchez y sus marionetas sirven solamente para la propaganda de su nefasta ideología, para las intrigas partidistas, para el insulto al que piensa distinto. Son como un marinero borracho, carne de presidio, que viendo el barco a la deriva y al capitán muerto, se pone al timón como un niño con su juguete, ajeno al más mínimo sentido de la responsabilidad. Pensando que, en el fondo, le encantaría estrellarse contra las rocas para salir de esa forma en los periódicos del día siguiente.
El Gobierno de Sánchez tiene ese mismo punto suicida y exhibicionista de la mediocridad que solamente es posible en las almas bajunas donde el narcisismo ha destrozado todas las virtudes humanas. Es ahí donde debemos situar la explicación de todo lo ocurrido hace un año. No solamente no se produjo la más mínima dimisión, ni asunción de responsabilidades, sino que tuvieron el cuajo de pedir a la Justicia que investigase si el apagón se debía a un ataque ruso. De Putin, claro. ¿Qué nombre le ponemos al uso de los tribunales para el beneficio propio, y a iniciar una investigación a sabiendas de que lo investigado es una completa invención? Lo podemos calificar de varias maneras, pero ninguna de ellas es compatible con la democracia.
Y volverá a pasar. Habrá, si Dios no lo remedia, más desgracias como las que ya hemos visto. Y no, ni soy vidente, ni soy un cenizo. Es simplemente ser consciente de que cuando pones el destino de una nación en manos de sus peores hombres, los accidentes no son accidentes, sino consecuencias. Tenemos que ser capaces de desalojar a esta mafia del poder no ya por su naturaleza criminal, ni por diferencias ideológicas poderosas, sino por pura y simple supervivencia. Porque cualquiera de nosotros puede estar en un quinto piso, conectado a un respirador que ya no funciona, la próxima vez que esta banda de desalmados provoque un apagón nacional en toda España.