«Yo ya no»
«Yo ya no»
Por Jaume Vives
28 de agosto de 2025

Basta observar a un niño en su más tierna infancia, cuando todavía la inocencia no lo ha abandonado, para descubrir la huella indeleble que el pecado de nuestros primeros padres ha dejado impresa en la naturaleza humana. Me decía el otro día un amigo que los niños cumplen perfectamente con el «yo ya no».

El yo del egoísmo, de ser siempre los primeros, de ser los que más y mejor, siempre en perpetua competencia. El ya de la inmediatez, de quererlo todo ahora, sin espera, sin paciencia. El ya de pensar que todo en el mundo está a su servicio. Y el no preventivo, por si acaso. El no a cualquier orden, el no a todo. Ese no que tanto desespera a los padres. No a comer, no a dormir, no a compartir.

Ese «yo ya no» es capaz de arrebatar la paz al padre más sereno, es una constante frustración, un preguntarse qué se ha hecho mal. Y desde luego, seguro que algo de ello es debido a malas acciones y decisiones equivocadas de los padres, pero también debido a algo que forma parte de la condición humana.

No desaparece cuando el niño crece, de hecho, si no se educa y se trabaja, va en aumento. Pero entonces ya no sólo es signo de la herida del pecado original, sino de abandonarse al influjo de las pasiones. De un mal uso de la inteligencia y la voluntad, que es lo propio de los humanos y particularmente de los adultos.

Aunque en el caso de los adultos, lejos de desquiciarnos, lo hemos normalizado, convirtiéndonos en una sociedad infantilizada, esclava de la inmediatez y la comodidad. Cosa que tampoco ayuda a sacar a los niños del «yo ya no». Lo ven en los padres y pretendemos que no lo hagan los hijos.

Y como la desesperación de los padres no es poca, salen como hongos los cursos de formación para ayudarlos, con toda la buena intención, por supuesto. Como si uno pudiera ser buen padre gracias a un título universitario.

La realidad es que las fórmulas que son buenas para una familia pueden no serlo para otra. Hay que huir de esos cursos y recetas mágicas tan bienintencionados y empezar a compartir la vida con otros matrimonios de edades diversas porque, junto a ellos, uno se empapa, muchas veces sin quererlo, de maneras de educar quizá desconocidas pero que dan muy buen resultado. Y viendo a otros padres ejemplares de más edad con hijos también más mayores uno puede aquilatar los resultados de algunas decisiones.

El «yo ya no» se mitiga compartiendo con otras familias y es un consuelo para los padres descubrir que sus hijos no son los únicos que están heridos por el pecado original.

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