
Las comunidades cristianas de Irak han vuelto a expresar su preocupación por un posible deterioro de la seguridad ante la inestabilidad en la vecina Siria y los planes de traslado a territorio iraquí de detenidos vinculados al Estado Islámico (ISIS).
La inquietud se ha intensificado tras las informaciones sobre un programa de transferencias desde el noreste de Siria, donde permanecen miles de combatientes y colaboradores del grupo terrorista recluidos en prisiones y campos controlados por fuerzas locales. Aunque los traslados ejecutados hasta ahora han sido limitados, el propio Gobierno iraquí ha reconocido que existe un plan para asumir la custodia de hasta varios miles de detenidos en instalaciones de alta seguridad dentro del país.
En este contexto, el arzobispo caldeo de Erbil, Bashar Matti Warda, advirtió de que la violencia que se gesta al otro lado de la frontera puede extenderse con facilidad. «La historia nos enseña que el fuego no reconoce fronteras», señaló, subrayando que los conflictos en Siria tienden a desestabilizar amplias zonas de la región.
En declaraciones al medio árabe ACI MENA, el prelado explicó que tanto las familias sirias como las iraquíes aspiran a una vida en paz, pero que el retorno de la violencia despierta temores profundos por la seguridad de las familias y por una estabilidad que ha costado años reconstruir tras la derrota territorial del Estado Islámico.
Warda recordó además que el miedo no es fruto de la exageración, sino de la memoria de conflictos recientes. Durante la ofensiva yihadista iniciada en 2014, cerca de dos tercios de la población cristiana de Irak se vio obligada a abandonar el país, al sentir que el Estado era incapaz de garantizar su protección. Ese trauma colectivo, advirtió, sigue muy presente.
Aunque el arzobispo insistió en la necesidad de mantener la esperanza y apostar por el diálogo y la convivencia, alertó de que la violencia, incluso cuando parece limitada, puede escalar rápidamente y derivar en tragedias de gran alcance.