TRIBUNA | CARLOS RIOBA
Arde lo abandonado
Arde lo abandonado
Incendios en España. Redes sociales
Por Carlos Rioba
8 de agosto de 2026

España arde todos los julios y todos los julios nos sorprende. El fuego tiene en este país la puntualidad de las procesiones y la misma condición litúrgica. Llega con la Virgen del Carmen, dura lo que duran las vacaciones del ministro de turno y se apaga, cuando se apaga, con las primeras lluvias de septiembre, que en esto seguimos siendo un país agrario aunque ya no quede nadie en el campo para comprobarlo.

Este año van 222.783 hectáreas quemadas hasta el 5 de agosto, y el incendio de Ávila ha pasado a ser el mayor de nuestra historia. Lo escribo y sé que no dice nada. Las hectáreas son la unidad de medida de la indiferencia. Nadie ha visto nunca una hectárea. Se ven, en cambio, otras cosas. Se ve al vecino de Piedralaves plantado con la manguera del huerto ante un frente de llamas de treinta metros, una imagen que se repite cada verano y que es quizá la más española de todas las imágenes españolas posibles, el hombre solo defendiendo lo suyo mientras el helicóptero pasa de largo hacia un fuego más televisivo.

El fuego se cuenta mal. Se cuenta con partes meteorológicos y mapas de viento, y lo que arde tiene mucho menos que ver con el viento que con la historia de este país. Arde la España que se fue a Alcorcón en el 65. Arde el pinar que ya no limpia nadie porque el que lo limpiaba cobraba en leña y la leña ya no vale nada, arde el pasto que ya no come ninguna cabra porque la última cabra del pueblo murió más o menos cuando cerró la escuela. Del monte se vivió durante siglos. Daba leña y pasto, y para que los diera había que estar allí, pisándolo a diario. Ahora no es más que un paisaje, algo que se mira desde el coche. Y un paisaje que no pisa nadie es, sobre todo, combustible.

Los técnicos hablan de incendios de sexta generación, fuegos que generan su propia meteorología, que crean sus vientos y sus tormentas, fuegos con un clima interior propio, como los centros comerciales. Antes había muchos más incendios y se quemaba mucho menos. En los noventa ardían veinticinco mil veces al año pedazos de una España todavía habitada que se defendía sola, con cortafuegos involuntarios que se llamaban huerta, rastrojo, camino de mulas. Ahora arde pocas veces y arde todo, porque entre pueblo muerto y pueblo muerto ya no hay nada que interrumpa el combustible. Cincuenta años de éxodo apilados y secos, esperando.

La política, mientras, está a lo suyo. Se ha propuesto un pacto de Estado y el pacto ha sido recibido como se reciben aquí todos los pactos de Estado, con la sospecha fundada de que quien lo propone quiere la foto y quien lo rechaza también. Se promete un registro nacional de pirómanos, que tranquiliza mucho, como si el problema fuera censal. Se pide más prevención en octubre y más hidroaviones en julio, y entre octubre y julio se pide otra cosa. Y en mitad de todo esto, Messi dona dinero para las zonas quemadas de Madrid y a una ministra le parece mal, eso de andar pidiendo limosnas en vez de gestionar, dice. Le molesta la donación porque deja a la vista lo que no se ha hecho.

Habrá quien diga que exagero, que también influye el clima, y claro que influye. Hace más calor, llueve peor, el verano empieza en mayo. Pero el clima es la cerilla y llevamos medio siglo amontonando la paja. Un país que abandona su territorio y luego se asombra de que arda tiene un problema que viene de mucho antes de que subieran las temperaturas. Los ingenieros de montes siempre avisan de que esto pasará, y aun así cada año nos pilla desprevenidos. Normal, por otra parte. Sorprenderse no cuesta nada y tener el monte limpio cuesta dinero todos los años, llueva o no llueva, salga o no salga en las noticias.

Cuando esto acabe, y acabará porque septiembre llega hasta para los incendios, vendrán los planes de reforestación, las visitas de rigor con el chaleco reflectante puesto, la promesa solemne de que esto no volverá a pasar. Y volverá a pasar, el julio que viene, con hectáreas nuevas y el mismo artículo, este mismo, al que ya solo habrá que cambiarle la cifra. El monte, que es paciente, seguirá esperando a que alguien vuelva. Como nadie va a volver, arderá. Lo abandonado siempre encuentra la manera de recordarnos que existió.

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