«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | MARCELA REIGÍA |

10 de diciembre de 2025

Cuba merece volver a brillar

Manifestación por la libertad de Cuba. Europa Press

Durante décadas, el nombre de Cuba evocó imágenes de prosperidad caribeña. Era la Perla de las Antillas: una isla donde el azúcar, el tabaco, la industria y el turismo convivían con una vida cultural brillante. La música era aire y alegría. Benny Moré, el Bárbaro del Ritmo, acariciaba el alma con la voz; la Orquesta Aragón hacía vibrar las noches. Aquella belleza musical era la respiración natural de un pueblo que creía en el porvenir.

Había luz, había esperanza.

Todo se quebró en 1959. Cuba se apagó cuando un régimen tirano y sanguinario cubrió la isla con las tinieblas. Lo que se anunció como redención terminó siendo una maquinaria implacable. La ideología, más que un proyecto social, se convirtió en dogma obligatorio. La disidencia se transformó en delito, el pensamiento en sospecha, la patria en consigna. El régimen se aferró al poder no con razón, sino con represión. Y la historia de la isla se llenó de sombras.

Las cárceles comenzaron a llenarse de cubanos cuyo único crimen fue pensar distinto, exigir respeto, hablar en voz alta. Los presos políticos son cicatrices vivas del país: nombres que se pronuncian en susurro, rostros que las familias esperan volver a ver, biografías interrumpidas por una injusticia que se repite año tras año. Hay madres que envejecen esperando abrazar a sus hijos, hay silencios rotos por el dolor. Cada celda representa una derrota moral. Cada juicio amañado, una herida. Cada condena, un espejo donde se refleja el miedo del poder.

Las manos del régimen están manchadas. No solo por la sangre derramada en fusilamientos, persecuciones o naufragios que nunca debieron ocurrir. También por la sangre invisible: la de la esperanza arrancada, la de los sueños truncados, la de las vidas obligadas a marcharse, las de quienes murieron en el mar buscando libertad. Esa es la tragedia de Cuba: no sólo se destruyó la prosperidad material, también se desgarró el corazón de la nación.

La ideología absurda que prometía igualdad acabó generando escasez, miseria, insalubridad, represión, terror, desolación y abandono. Prometieron justicia, pero construyeron una jaula. Hablaron de soberanía, pero se apropiaron de la voluntad del pueblo. Convirtieron la isla más luminosa del Caribe en un territorio de penumbra. El castrismo no solo arruinó la economía: sofocó la dignidad, secó la alegría, silenció la música. Un pueblo que un día cantaba, ahora murmura.

Y sin embargo, bajo las ruinas del desencanto, algo persiste. Cada cubano que recuerda, que llora, que resiste, mantiene encendida una chispa. El 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos, no es simplemente una fecha: es un símbolo. Una memoria. Un recordatorio de que la libertad no puede ser delito. De que nadie debería ser encarcelado por pensar. De que un país merece un destino mejor.

Lo que más daño le ha causado no vino del cielo ni del extranjero, sino de adentro: del miedo erigido como sistema. Y aun así, dentro y fuera de la isla, hay millones de cubanos que no han renunciado a la esperanza. La llama es pequeña, pero no se apaga.

Porque Cuba merece volver a brillar. No por nostalgia, sino por derecho. Porque hubo un tiempo en que fue música, prosperidad, belleza; y puede volver a serlo. El futuro no está condenado. Las naciones renacen cuando sus pueblos encuentran fuerza, memoria y valentía moral. No habrá noche eterna mientras exista el recuerdo de lo que Cuba fue, y el sueño de lo que puede volver a ser.

No es casual que la fecha vuelva a resonar. Este 10 de diciembre, la disidencia dentro y fuera de la isla ha hecho un llamado a las calles, a levantar la voz con dignidad. Se invita a los cubanos del exilio, a quienes guardan nostalgia y amor por la patria que dejaron, y también a todos los defensores de la libertad. No se trata de odio ni de rencor, sino de presencia: de mostrar que Cuba no está sola, que todavía hay millones que no aceptan la resignación como destino. Cada paso, cada bandera, cada abrazo compartido será un recordatorio de que la libertad es un derecho humano, no una concesión del poder.

Algún día, la isla podrá decirse a sí misma sin miedo: viva y libre. Y quizás entonces, la luz vuelva a encenderse, la música vuelva a llenar las calles, y el corazón de los cubanos vuelva a latir con la alegría que nunca debió perderse, hoy más que nunca… ¡VIVA CUBA LIBRE!

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