«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | CARLOS RIOBA |

10 de agosto de 2026

El euro digital y el fin de la libertad

Christine Lagarde. Europa Press.

De niños la paga llegaba el domingo y llegaba con sermón, que era el IVA de la época. Daba para el cine y las chucherías, los petardos tenían veto paterno y el que se portaba mal se quedaba la semana a dos velas. El dinero era de los padres y uno lo administraba de prestado, así que crecer era ganarse el derecho a gastar sin dar explicaciones a nadie. Aquella conquista parecía definitiva y ahora resulta que estaba en periodo de pruebas.

El Banco Central Europeo prepara el euro digital, dinero sin billetes ni monedas, apuntado en una cuenta que Fráncfort podrá mirar cuando quiera. Lo anuncian con vídeos de gente sonriente pagando cafés con el móvil, como si pagar cafés con el móvil fuera un anhelo pendiente de la humanidad. Lo interesante es que el dinero digital admite instrucciones de fábrica y puede llevar escrito en qué se gasta, dónde y hasta cuándo, igual que un vale del economato pero con más presupuesto para marketing.

Ahí es donde asoma la fecha de caducidad, que Christine Lagarde ha reconocido en público como una posibilidad, y lo dijo con la tranquilidad de quien comenta el menú del día en su bar de confianza. Su lógica tiene, porque cuando la economía anda floja el banco central quiere que la gente gaste, y como el billete aguanta en el cajón lo que haga falta sin obedecer a nadie, la solución pasa por ponerle fecha al dinero como a los yogures. Gástelo usted antes del día treinta o despídase de él. A eso lo llaman estimular la demanda, que suena bastante mejor que quemarle a uno los ahorros en la mano, y en Bruselas cuidan mucho cómo llaman a las cosas.

El billete tiene virtudes que ningún banco central pondrá en sus PowerPoints. No caduca, para empezar, y no va contando por ahí en qué se lo gasta uno. Un billete de cincuenta euros espera en casa con paciencia de galgo viejo y no le rinde cuentas a ningún funcionario, y esa paciencia le amarga la vida a los que diseñan políticas expansivas. En ese esquema el ahorrador estorba. Es el señor antipático que guarda para el invierno cuando el manual dice que toca consumir —qué irresponsabilidad—, y el euro digital viene a corregirlo por las bravas. Con dinero que caduca, ahorrar pasa a ser un permiso, y los permisos, ya se sabe, se pueden retirar.

Luego está el asunto del rastro, porque cada pago digital queda apuntado, y no lo apunta usted. Con efectivo uno compra un libro, invita a una cena o le pasa un billete a un hijo sin que quede acta notarial de nada, y es justamente eso lo que se acaba. Prometen privacidad, faltaría más, y lo promete la misma gente que quiere saber a qué temperatura pone usted el salón, así que cada cual calcule la esperanza de vida de la promesa. Las emergencias, además, se declaran últimamente con la puntualidad de las rebajas, y no hay palabra europea que sobreviva a una emergencia.

Queda por saber quién programa el dinero y quién decide que los euros de este trimestre caducan y los del siguiente no. La respuesta tiene forma de organigrama, con sus comités y sus comisarios de sueldo blindado y comedor subvencionado, gente que jamás se ha presentado a unas elecciones ni le ha dado la mano a un votante. A esa gente le vamos a entregar el grifo y el contador de cada bolsillo europeo, y ellos, eso sí, seguirán cobrando en dinero del de antes, que para algo lo inventaron.

Nos dirán que exageramos, que la herramienta es neutra y que las intenciones son buenas, porque las de quien manda son siempre buenísimas hasta la letra pequeña. Con las herramientas de poder conviene fijarse en lo que permiten hacer, porque los juramentos duran menos que los reglamentos, y un dinero que puede caducar caducará el día que a alguien le convenga que caduque, con un motivo precioso y seguramente climático, resiliente y con perspectiva de género.

Por eso le decía lo de la paga semanal, porque el euro digital devuelve al ciudadano europeo a la infancia económica, con su domingo, su sermón y su padre severo con sede en Fráncfort decidiendo si esta semana hay petardos. Hay, eso sí, dos diferencias que apuntar antes de firmar. Nuestros padres nos daban la paga porque nos querían y la sacaban de su bolsillo, mientras que el comisario nos la dará de nuestro propio sueldo y encima esperará que le demos las gracias, a poder ser por escrito y en inglés.

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