TRIBUNA | CARLES ISERTE
El fenómeno Spencer Pratt en Los Ángeles
El fenómeno Spencer Pratt en Los Ángeles
Spencer Pratt. Instagram
Por LGI
20 de mayo de 2026

Siempre quise visitar Los Ángeles. Para millones de europeos, LA no es solo una ciudad: es un símbolo cultural global. Hollywood, Beverly Hills, Sunset Boulevard… durante décadas, la ciudad ha representado el sueño americano exportado al resto del mundo. Creatividad, éxito, ambición, modernidad. El pasado diciembre, por fin, pude conocerla.

La realidad que encontré fue otra.

Recorrer zonas como el paseo de las estrellas en Hollywood Boulevard fue, honestamente, impactante. Calles degradadas, personas drogándose a plena luz del día, tiendas cerradas, sensación constante de inseguridad y una presencia masiva de indigencia y suciedad que resulta difícil de explicar a quien no la haya visto. Más que decepción, que también, sentí la sensación de estar viendo el deterioro en primera persona de una de las grandes capitales simbólicas de Occidente.

Y no es sólo una percepción subjetiva. Los Ángeles lleva años atrapada en una espiral de decadencia urbana que incluso las propias autoridades demócratas ya tienen dificultades para negar. Según los datos oficiales de la Autoridad de Servicios para Personas sin Hogar de Los Ángeles, en 2024 el área metropolitana de Los Ángeles llegó a superar los 75.000 vagabundos, mientras que la ciudad ronda las 45.000. La crisis del fentanilo y otras drogas ha convertido barrios enteros en escenarios de consumo abierto y deterioro social extremo. Basta recorrer Skid Row —unas cincuenta manzanas en el centro de Los Ángeles, si has leído bien 50, convertidas en un inmenso campamento de indigencia, droga y enfermedad mental a plena vista de todos— para comprender hasta qué punto la decadencia urbana ha dejado de ser una exageración política y se ha convertido en una realidad imposible de ocultar.

La solución demócrata, como no podía ser, se ha basado en destinar miles de millones de dólares en programas sociales para alojar a personas sin hogar a través de sus ONG, e «inexplicablemente» la indigencia no ha dejado de crecer mientras se denuncian graves problemas de gestión, opacidad y fondos sin ejecutar. La sensación de descontrol se ha extendido también al ámbito de la delincuencia y el orden público. California vive desde hace años un intenso debate sobre el aumento de robos, criminalidad organizada y deterioro de la convivencia urbana.

Es precisamente en este contexto donde aparece un candidato outsider a la alcaldía: Spencer Pratt.

Pratt era un personaje televisivo asociado a realities. Sin embargo, su irrupción política resulta mucho más interesante de lo que parece a simple vista. Pratt ha construido su discurso alrededor de una idea muy sencilla: Los Ángeles ya no funciona y alguien tiene que decirlo claramente. Él mismo sufrió las consecuencias de esa descomposición institucional cuando su vivienda fue una de las 7.000 destruidas en los incendios de Pacific Palisades de enero de 2025, una tragedia agravada por la falta preparación de las autoridades locales y la negligente gestión política de la emergencia, ocultas detrás del permanente mantra del cambio climático.

Sus mensajes giran alrededor de conceptos que en España resultan sorprendentemente familiares para cualquiera que siga la política nacional: recuperar el orden público, aplicar la ley con firmeza, dejar de normalizar el caos urbano, combatir la droga y la delincuencia, reducir el despilfarro institucional y enfrentarse a unas élites políticas que, según él, llevan años beneficiándose del sistema mientras la ciudad empeora. Eso suena a VOX, ¿no?

No se trata de que Spencer Pratt sea «el VOX americano», pero el parecido resulta evidente en algo fundamental: el diagnóstico.

La idea de que existe una casta política desconectada de los problemas reales; la sensación de que las instituciones han dejado de centrarse en el ciudadano común; el rechazo a normalizar inseguridad, suciedad y decadencia; o la defensa del sentido común frente a discursos ideológicos son elementos que cualquier votante de VOX reconocería inmediatamente.

Lo verdaderamente interesante es que este discurso no está surgiendo en un rincón conservador del Medio Oeste americano, sino en el corazón cultural del progresismo global. Los Ángeles y California fueron durante años presentados como el laboratorio del futuro: multiculturalismo, hiperprogresismo, expansión ilimitada del gasto público y ambiciosas políticas sociales. Sin embargo, para millones de personas dentro y fuera de Estados Unidos, hoy California empieza a simbolizar exactamente lo contrario: decadencia urbana, inseguridad, burocracia ineficaz y deterioro de la convivencia.

Y aquí aparece la gran cuestión de fondo: no es solo Los Ángeles, es Barcelona, Bruselas, París o Londres. Patrones inquietantemente parecidos; incremento de la inseguridad, degradación del espacio público, incapacidad institucional para controlar determinados fenómenos criminales, inmigración masiva, consumo abierto de drogas, pérdida de identidad urbana y una creciente sensación de resignación social.

Occidente parece haber entrado en una dinámica extraña: ciudades cada vez más ricas sobre el papel, pero cada vez menos habitables para sus ciudadanos. Mucha ideología, mucha burocracia y enormes niveles de gasto público, pero una incapacidad creciente para garantizar las funciones más básicas del Estado: seguridad, limpieza, orden y cohesión social. Sin hablar de la vivienda.

Quizá por eso figuras como Spencer Pratt empiezan a emerger incluso en lugares donde hace apenas unos años habrían parecido imposibles. Porque, independientemente de que gane o no, millones de personas entienden perfectamente por qué aparece. Porque cuando incluso las capitales simbólicas del progresismo occidental empiezan a pedir orden, seguridad y sentido común, quizá no estemos ante una simple reacción política pasajera, sino ante el inicio de un cambio cultural mucho más profundo.

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