Publiqué recientemente en mis cuentas de redes sociales el cartel que el PSOE de Parla está dejando colgado en distintas zonas del municipio, mediante el cual pretenden dirigirse al «migrante», utilizando lengua árabe en parte del documento, para alertarlos de que VOX quiere echarlos y que, por tanto, el PSOE es su única posibilidad de evitarlo.
Haré una excepción y agradeceré en este caso a los socialistas la publicidad, puesto que ciertamente frente al PSOE sólo está VOX, con los trabajadores y familias españolas humildes que ven cómo el multiculturalismo y la delincuencia está degradando sus barrios y municipios.
Tras el pequeño inciso del tuit, debo decir que es aterrador apreciar de una forma tan clara cómo el partido que gobierna en España colabora con quienes quieren invadir y transformar nuestra nación, alejándola del legado que nos dejaron nuestros padres y del legado que queremos dar a nuestros hijos.
Parla es un municipio en el que se han incrementado las violaciones un 250% en el primer trimestre de 2025; también es un municipio en el que el hiyab se ha convertido tristemente en parte de su paisaje costumbrista, una prenda que al PP le parece símbolo de la libertad religiosa, al mismo nivel que el crucifijo (Ayuso dixit).
Devorando el interesante libro de Miguel Ángel Quintana Paz, Cosas que he aprendido de gente interesante, extraigo una reflexión que entiendo muy pertinente, y se refiere a cómo hemos llegado a vivir en una democracia nihilista, en la que se nos impone abandonar toda convicción firme en aras de idolatrar el vacío evidente del mal llamado consenso.
Creo que uno de los retos que afrontamos los próximos años es precisamente el de recuperar y fomentar en nuestra sociedad que las convicciones fuertes nos hacen más libres, y nos permiten recuperar el orgullo de lo que somos y queremos ser. Precisamente fomentando lo contrario, fomentando la resignación disfrazada de falsa tolerancia, con frases como «aquí caben todos los acentos» o «son tan españoles como Abascal», se obliga a los más humildes a sufrir lo que no aguantarían esos políticos de salón que nunca tendrán cerca de su casa un centro de ilegales como el que sufren en Fuenlabrada o Alcalá de Henares.
Debemos recuperar las anclas morales y políticas con nuestro pasado, y que el bipartidismo ha retirado de nuestra sociedad. Sólo así volveremos a tener afán por trascender, por defender lo nuestro, y manifestar con valentía que no aceptamos que nuestros barrios se conviertan en experimentos multiculturales, que no queremos que nuestros hijos vivan el miedo que nunca tuvieron nuestros padres, que no queremos, en definitiva, que la libertad se vacíe de contenido en aras de proteger ideologías político-religiosas que entienden que las mujeres deben sumisión al hombre o que las niñas deben ir tapadas.
Frente a lo anterior, el PSOE ha dejado clara su postura, mandando en Parla —y en el resto de España— un mensaje evidente, a saber; si a los españoles hay que abandonarlos y dejarlos fuera de nuestro Estado de Derecho, se hará. Como ya ocurre en barrios de Francia o Bélgica, donde el Estado ha huido resignado ante el monopolio de la ley islámica dentro de esos territorios. De ahí la importancia de la batalla cultural que afrontamos después de años de consenso bipartidista que permitió la apertura total y sin límite de nuestras fronteras, enviando un mensaje de debilidad moral a los que quieren convertir España en otra cosa muy distinta a la que heredamos.
Llevamos años recibiendo el falso mensaje, consensuado por el bipartidismo y todos sus medios, de que podemos aspirar a la libertad sin identidad, que podemos vivir sin lazos y proyectos comunes, y que la protección de nuestra patria es una cuestión de fachas casposos. Pero tristemente, por las victimas que lo sufren, Parla, Salt o Torre-Pacheco han despertado en nuestras conciencias que la deriva relativista y falsamente tolerante que han promovido los partidos de siempre durante décadas nos lleva a la pérdida de todo lo que amamos.
Nunca las mujeres hemos vivido con tanto miedo en nuestras calles, nunca habíamos visto tan cerca una transformación social y política que nos podría llevar al retroceso de nuestras libertades y a la ruptura de nuestra identidad.
Por eso toca reconquistar nuestro orgullo por sentir el proyecto común de todos, el de una España que beba de los ríos de nuestra historia y que con orgullo deje las herramientas morales y políticas suficientes a las próximas generaciones de tal forma que les permita tener la convicción de que hicimos lo correcto y que conservar lo que somos les permitirá aspirar a la libertad y prosperidad que todos los españoles merecen.
Por eso los trabajadores españoles, los olvidados por el sistema bipartidista, han decidido ya dar un paso al frente, se han dado cuenta que su futuro y el de sus hijos depende de recuperar el anhelo de hacer algo grande, de que eso empieza por proteger lo que tenemos más cerca, y que para ese fin defender con orgullo lo que somos es una cuestión trascendental.