«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | RODRIGO BALLESTER |

24 de julio de 2026

La deriva autocrática en Hungría acaba de empezar

Péter Magyar y Von der Leyen. Europa Press

¿Qué es una democracia iliberal? Este concepto ha dado mucho que hablar desde que Viktor Orbán acuñó el término aunque la respuesta es sencilla: es lo contrario de una autocracia liberal. ¿Y qué es exactamente una autocracia liberal? Aún más sencillo: es lo que su sucesor, Péter Magyar, está desplegando desde que llegó al poder, con el silencio cómplice de Bruselas y otras capitales que, hasta abril, no perdían una ocasión de rasgarse las vestiduras.

La deriva autocrática en Hungría no viene de antes, más bien, acaba de empezar. Durante dos semanas sumamente productivas, Péter Magyar, el favorito de Bruselas y del Partido Popular Europeo, ha destituido al presidente legítimo tras acosarle desde el mismo día de su victoria, ha impedido a la mitad de la oposición presentarse a las próximas elecciones, se ha deshecho de cuatro jueces constitucionales, ha desconectado literalmente a los medios de comunicación públicos y ha llevado a cabo una redada judicial en la sede de Fidesz para incautar todas sus bases de datos y cerrar su página web. El manual de la autocracia, punto por punto,  aplicado en un tiempo récord.

Analicemos la situación con más detalle. La primera víctima de la furia de Magyar es Tamás Sulyok, presidente de la República, nombrado por el Parlamento húngaro en 2022, cuyo mandato debía extenderse hasta 2029. Tiene prerrogativas muy limitadas y siempre las ha ejercido con moderación y neutralidad. Después de las elecciones, garantizó una transición impecable sin obstrucciones ni tácticas dilatorias. Sin embargo, Magyar lo tenía en el punto de mira desde su discurso de victoria y movió todos los hilos para forzar su dimisión. Incluso llegó a prohibir a sus ministros posar con él y lo eliminó de las fotos oficiales, como en los viejos tiempos del camarada Stalin. Ante su negativa a dimitir, el nuevo y todopoderoso primer ministro puso fin a su mandato con una enmienda constitucional de una sola línea, sin explicación alguna. A renglón seguido el megalómano y narcisita Magyar (¿nos os recuerda a nadie?) que gobierna el país como si fuera un reality show, ofreció a Judit Polgar (una leyenda mundial del ajedrez) el puesto en Facebook. Polgar, avergonzada, rechazó la oferta de inmediato en la misma red social.

Jaque, pero no mate, hace falta mucho más para frenar la pulsión destructiva de Magyar. Entonces decidió cerrar temporalmente todos los medios de comunicación públicos para depurarlos de todo periodista afín a Orbán. Es cierto que estas emisorias eran bastante reverentes con el gobierno anterior pero encender la televisión y encontrarse con un mensaje de tintes maoístas («Los medios públicos no deben mentir. Pedimos disculpas por haberlo hecho durante muchos años»), no me gustaría verlo ni en Televisión Española aunque se lo merezca infinitamente más.  

Mientras tanto, Magyar el vengativo ha encontrado la manera de decapitar a la oposición: ha modificado la Constitución para limitar los mandatos de los diputados a tres. En sí mismo, ¿por qué no? El problema es cuando se aplica la regla de manera retroactiva para que la mitad de la oposición actual no pueda presentarse a las próximas elecciones. Tras la Lex Orbán (una enmienda constitucional para inhabilitar de por vida al antiguo Primer Ministro), el nuevo régimen le ha cogido gusto a las leyes retroactivas, la prueba del algodón de una dictadura. 

Siguiente paso, el Tribunal Constitucional compuesto según Magyar por «títeres de Orbán» aunque se queden lejos, muy lejos, de nuestro execrable Pumpido que allí sigue aunque haya vencido su mandato legal. ¿Por qué no establecer una edad de jubilación forzosa (¡con efectos retroactivos, obviamente!) para deshacerse de un tajo de cuatro de los once magistrados, incluido el presidente? 

Finalmente, como colofón a esta semana grande, la Fiscalía ha allanado una sede de Fidesz para incautar los servidores del partido, la red de comunicaciones internas, todo el sistema de comunicaciones, las bases de datos y la infraestructura de mensajería interna. Al escribir estas líneas, la página web de Fidesz, principal partido de la oposición, está fuera de servicio, no pueden ni mandar correos. Ese mismo día, acabó dimitiendo el fiscal general, desbordado por los acontecimientos y la presión contínua de Magyar desde que llegó al poder. El matón ha vuelto a ganar.  

¿Alarmante? Sin duda. ¿Sorprendente? Para nada, porque el Gobierno de Donald Tusk ha estado utilizando las mismas tácticas desde que regresó al poder en 2023 sin que nadie, o casi nadie, se inmutara. Redadas policiales en la televisión pública, destitución del fiscal general sin la aprobación del presidente, negativa a reconocer las sentencias del Tribunal Constitucional desde 2024, arresto arbitrario del exministro de Justicia y algunos de sus colaboradores, entre otras monadas. Y mientras Magyar aniquila la democracia húngara, la Comisión Europea libera los fondos que convenientemente había retenido a Orbán desde su última victoria celebrando con un cínico entusiasmo que  la restauración del Estado de Derecho en el país. Ni Orwell daría crédito. 

La conclusión es clara para el que quiera verla: en Bruselas todo vale contra un Gobierno disidente, incluso la obscena manipulación y la aplicación selectiva del Estado de derecho. Cierta élite se ha pasado años demonizando a gobiernos conservadores por tierra, mar y aire para que los suyos puedan luego comportarse como autócratas siempre y cuando no le tosan a Bruselas. Sin duda, los húngaros querían un cambio de aires después de 16 años y lo han obtenido como así sucede en democracia. Sólo espero que no se arrepientan y se percaten de que, lejos de haber regresado, la libertad, en Hungría, está desapareciendo.

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