
El pasado 16 de julio, cumpliendo con el calendario previsto, la Comisión presentó su presupuesto —el Marco Financiero Plurianual (MFP) 2028-2034— y la esperada reforma de la PAC post 2028. Lo que llegó tras meses de filtraciones, incertidumbre y falsas promesas confirma los peores presagios: un recorte superior al 20% del presupuesto agrícola, sin contar el efecto de la inflación; la desaparición de la autonomía de la PAC, al quedar absorbida en un «Fondo Único» junto con otras políticas; y la imposición de un nuevo «marco de rendimiento», con 32 indicadores ambientales y sociales, que penaliza la rentabilidad de las explotaciones y consagra el falso ecologismo.
El resultado: el agricultor vuelve a ser la víctima de una clase política que se arrodilla ante las modas ideológicas y abandona a quienes producen nuestros alimentos. Incluso los más fieles defensores del bipartidismo PP-PSOE intentan ahora desmarcarse del desastre que ellos mismos han impulsado.
La desaparición de los pilares FEAGA-FEADER y el recorte del 22%, que pasa de 386.000 millones de euros a 302.000, supone dinamitar la línea de flotación de la PAC. De aprobarse, bajo el mandato de Von der Leyen el presupuesto agrícola habrá caído más de un 50% en términos reales. Para colmo, sólo se financiarán íntegramente cuatro ayudas: la renta decreciente, los pagos asociados, el pago al algodón y el pago a pequeños agricultores. El resto pasan a ser cofinanciadas por los Estados miembros, lo que generará una Europa a varias velocidades, con competencia desleal entre agricultores según la riqueza de cada país.
Bruselas lo disfraza con palabras grandilocuentes: «flexibilizar» y «priorizar». Pero en la práctica significa recortar fondos agrícolas para destinarlos a otros fines, como la defensa o el reembolso de los créditos de los Fondos Next Generation. Solo en intereses y amortizaciones, la UE gastará 30.000 millones de euros anuales en el próximo marco financiero. Un auténtico monumento a la incompetencia de una Unión que lleva estancada desde la crisis de 2010.
Los tratados fundacionales de la PAC eran claros: aumentar la productividad agrícola; garantizar un nivel de vida digno a los agricultores; estabilizar los mercados; asegurar el abastecimiento de alimentos; y proporcionar precios razonables a los consumidores. Hoy, la Comisión ha abandonado esos principios. Prefiere imponer condiciones ideológicas, ahogar al agricultor en burocracia y destruir la competitividad europea frente a terceros países.
En definitiva, esta reforma supone, sin rodeos, el acta de defunción de la Política Agrícola Común. Es un paso más hacia el desmantelamiento de la agricultura como sector estratégico para Europa.
La PAC no puede seguir siendo moneda de cambio para pagar la incompetencia de Bruselas ni la sumisión de PP y PSOE a la agenda verde. Se necesita una respuesta inmediata y firme. Ahora toca remangarse y trabajar. A pesar de Von der Layen y a pesar de la pinza PP-PSOE en Bruselas, seguiremos defendiendo una PAC fuerte con un presupuesto ajustado a la inflación, una PAC libre, sin imposiciones del Pacto Verde y una PAC útil, productiva y justa para aquellos que nos alimentan todos los días. Porque si no defendemos la PAC, no sólo perderá el campo. Perderá toda la sociedad española y europea, que volverá a pagar el precio de la incompetencia política.