Aunque el dictum bismarckiano de que España sería irrompible pese al denuedo español por quebrarla es apócrifo, el aserto refleja algo palpable. No existe otra nación comparable en relevancia histórica, en antecedentes espirituales, militares y culturales o en simple protagonismo planetario que haya destilado tamaño autoodio, ni dado cancha a una camada endógena de felones tan contumaz y atrabiliaria.
Cierto que nuestra gran enemiga anglosajona, que nos birló buena parte del imperio y supone una civilización de empaque semejante a la nuestra, hizo bastante para maquinar la Leyenda Negra con holandeses y otros luteranos, por un crudo quítate tú para ponerme yo. Y que Francia quiso infligirnos el mismo expolio que la tornó repugnante en Egipto, Malta y otras plazas próvidas en tesoros. Pero las naciones menos displicentes y más despiertas suelen defender su predio, no brindar caballos de Troya de fabricación casera al enemigo, sean el mítico conde don Julián (vilmente incensado por Juan Goytisolo), Antonio Pérez, Godoy, Cervera, Montojo o los traidores actuales.
Caso distinto es la «doble personalidad» de Bartolomé de las Casas descrita por Ramón Menéndez Pidal, liberal republicano poco sospechoso de conservadurismo. Pese a la contribución del dominico al bulo negrolegendario, hemos de endosar sus exorbitancias —taras psíquicas aparte—- al mesianismo aristocrático y el afán de protagonismo, no a deslealtad o hispanofobia. Como tampoco pretenden apuñalar a España los simpáticos majaderos de derechas que hoy, de hinojos ante Putin, se declaran, cual el personaje de José Luis López Vázquez, «un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo».
La acción de nuestros calumniadores foráneos no careció de lógica, inserta como estaba en las tretas y trapisondas de la geopolítica. Menos comprensible es que una parte escandalosa de nuestra intelligentsia siga dedicando pasión y páginas a agigantar sus maledicencias, en especial tras el desplome, por consunción de talento, de aquella rutilante Edad de Plata alumbrada con la dictadura de Primo de Rivera.
Hogaño, no nace libro de texto, curso universitario o ciclo de conferencias que no exude el chapapote del sentir antiespañol. El lector de Nietzsche o Max Scheler sabe por qué: envidia, mezquindad, despecho, venalidad, frustración, orgullo herido, rabia estancada, medro, complejo de inferioridad. En términos freudianos, es lacra edípica tan castrante como yerma, pues persigue ciertamente matar al padre y a la madre. Mas no para impostar un adanismo fetén tras el parricidio. Sino por pisotear la identidad que te dio la vida, para vejar el amor recibido y tirarlo, con mohín reactivo, a la basura. Y enfundarte, si actúas ante turistas ignaros, galas de partisano.
El albañal más recurrente de toxicidad y encono para el cainita celtíbero se llama, cómo no, Segunda República, Guerra Civil, Franquismo y Transición. Mimados, parásitos, enchufados y pinchaúvas encuentran ahí el sanctasantórum, la ubre inagotable, el edén. Hasta el último tonto vendimia en la «memoria histórica», según ilustra el arsenal de joyas de Rodríguez Zapatero custodiado en la sede del PSOE. El yate Vita parece broma, comparado con los desfalcos de estos sacamuelas a cuenta de su murga «antifascista».
Es imposible concebir afrenta más soez a la verdad histórica, ni caso más inmundo de manipulación, ingratitud, perfidia y fraude. Hemos convertido a nuestros catedráticos de historia contemporánea en Lysenkos para que hagan el pino y den volteretas. Haciéndoles sentir que en cualquier tertuliano acecha un soplón presto a exigir que les corten la bicoca si se trabucan con el argumentario. El relato, vamos.
Empero, el establisment parece no tenerlas todas consigo, cuando amenaza con perseguir por ley a quienes osen difundir criterios y conceptos veraces. Ahora que el hispanismo foráneo ha dejado atrás la campaña antiespañola, somos nosotros quienes criamos cuervos, víboras y escorpiones autóctonos para segar cualquier brote de patriotismo bienhechor.
Y en estas andábamos cuando parieron las burras del wokismo, la agenda globalista, el neocomunismo ñoño a lo Laclau, la islamización. Lejos de poder acudir al europeísmo o el occidentalismo como cura, notamos que los vecinos llevan tiempo cojeando de una pata análoga. Realmente no están para tirar cohetes. Sí, sí, ellos. Los que iban de modernos, avanzados y pragmáticos, andan entregados a los virus, las supercherías y los errores más enervantes e insalubres. También ellos eligen la ceguera y la imbecilidad ante las lecciones del propio pasado, tal si fuesen progresistas españoles. También ellos abjuran de la biología, el derecho natural, la ciencia empírica, el cristianismo, la climatología y el orden moral. También ellos atiborran sus ciudades y censos electorales de mahometanos para imponer a sus sufridas poblaciones las distopías izquierdistas más panolis. Tipo Suecia, Berlín.
Sánchez no es ningún iluso. Tampoco un ocurrente o descuidado. No hay que verlo de ideólogo o estadista clásico, sino como bravucón, lechuguino, enredador y ventajista. Como un sociópata de alma y visaje coriáceos. Los que lo respaldan se sometieron hace mucho a su glamur neroniano, y no rectificarán. Aciertan, porque los enamoramientos bajo dicha patología requieren su peaje en estragos, truculencia, extravío, morbosidad y suicidio compartido. Es de justicia poética.
Si apartamos la mirada del circo que tienen montado, basado en la sintonía entre Carablanca y Augusto, y fofamente aplaudido por sanchistas y zapaterinos, aparecen alternativas: razonar por cuenta propia, practicar una honradez sincera, abjurar netamente de la beatería zurda. La suma de las pamplinas aportadas por ambos figurantes, aunque impregne el orbe discursivo del país, sigue siendo necia, disolvente. Tiremos, por tanto, miedos y melindres por la borda. Para ceñir seriamente el timón.