«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | MIGUEL SUÁREZ ARCA |

29 de marzo de 2026

Un mundo nuevo

Pancarta contra la eutanasia. Europa Press

El médico, diligente soldado, ha hecho su trabajo, obediente a la ley y a las órdenes de sus superiores. Hemos atravesado el umbral de la Civilización de la voluntad. La sophia, la lex y la caritas, los pilares de Occidente, han cedido bajo nuestros pies ante la incontenible arremetida del “querer” en su más cruda expresión: Quiero morir.

Los detalles del caso lo han hecho evidente a ojos del común: Una joven de 25 años con trastorno límite de la personalidad. Una niña con unos padres con problemas a quienes el Estado les arrebató su custodia. Una chica a la que ese Estado dejó en las garras de un centro tutelado donde Noelia denunció haber sido violada por unos malnacidos. Una adolescente que, superada por una vida mísera, intentó quitarse la vida. Una mujer que, tras ver como cedían todas las redes de salvación que debían cuidar de ella, encontró, en ese Estado, la amable y enguantada mano del verdugo que la iba a ejecutar.

Hoy, abatidos, muchos se preguntan cómo hemos llegado aquí.

El Imperio del deseo nos ha empujado al desastre. Deslumbrados por el brillo hedonista del «puedo hacer lo que quiera», muchos no vieron que las mayores atrocidades se escondían tras las murallas de la “voluntad individual”. Pero la voluntad no puede justificar acabar con tu propia vida. La voluntad y el deseo no pueden ser los elementos fundamentales en los que se sustenten nuestras leyes.

Nuestra legislación se sostiene en que la vida es más o menos digna de ser vivida según sus características o condiciones. Y, no contentos con esto, deja esta medición de la dignidad o no de la vida al arbitrio de la valoración subjetiva que cada uno haga de la misma. Pero la dignidad es un absoluto, no se puede valorar. Si esa puerta se abre el abismo es infinito.

Como colofón, nuestra ley tiene un «cajón desastre», como la ley del aborto de supuestos del 85, con aquella viciada modificación del artículo 417 del Código Penal, que en su apartado primero contemplaba el aborto legal para «(…) evitar un grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada…”. En la eutanasia se encuentra en la definición del «padecimiento grave, crónico e imposibilitante», redactada del mismo modo: «(…) un sufrimiento físico o psíquico constante e intolerable para quien lo padece…»

El «sufrimiento psíquico«, gracias a ese «o» oportunamente situado, es incontrolable. El caso de Noelia nos lo ha escupido a la cara.

El déjà vu asusta. Cuando se entra en una pendiente resbaladiza, todo es cuestión de tiempo. La creación de un mercado de la muerte impulsado por la obligación de las administraciones a prestar el servicio y la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios, como con los abortorios. La reducción de los plazos y los controles. La eutanasia por motivos económicos. La habilitación una modalidad de suicidio no asistido, para que uno se suicide en casa. El mercado persa de trasplantes de órganos que surge al calor del suicidio asistido. La eugenesia.

Entramos a un mundo nuevo. Uno que ha abandonado la razón para echarse en brazos del deseo; que ha renunciado al imperio de lo justo para quedar al albur de la ley; que se ha apartado de la caridad y la misericordia y las ha sustituido en el altar por empatía y sentimentalismo barato.

En Nuremberg también se esgrimió la «ley» como justificante de la aberración. Hoy ha ganado la tristeza. Pero mañana. Mañana pagaréis lo que habéis hecho. El día de mañana, los hombres del futuro os recordarán como los monstruos del pasado.

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