El nihilismo seguirá incendiando las calles
El nihilismo seguirá incendiando las calles
Por Carlos Marín-Blázquez
30 de octubre de 2026

Hace unos años (finales del siglo pasado y principios del 2000), para que el centro de una ciudad europea corriera el riesgo de convertirse en un campo de batalla, bastaba con que una muchedumbre tomara sus calles agitando la bandera de la antiglobalización. La antiglobalización era la causa que amalgamaba a grupos de distinta filiación —si bien con un sesgo generalizado hacia la izquierda—, unidos por el rechazo hacia el proceso de homogeneización económica, política y cultural decretado por los líderes del mundo desarrollado.

Qué parte de aquellas protestas eran expresión de un malestar genuino y cuál obedecía a los intereses de esas fuerzas más o menos opacas que casi siempre acaban explotando en su beneficio cualquier expresión de descontento popular es algo que nunca podrá dilucidarse. Pero lo curioso es que, al cabo de estos años, el movimiento antiglobalización no sólo va camino de desvanecerse, sino que algunos de sus postulados más definitorios, como su oposición a la política de fronteras abiertas y la consiguiente pérdida de la soberanía nacional, han sido asumidos por una izquierda a la que se suponía comprometida con la defensa de los derechos de la clase trabajadora y movilizada en contra del capitalismo predatorio de las grandes corporaciones transfronterizas.

Ahora las calles han ardido de nuevo, aunque las motivaciones han cambiado de signo. Es un fenómeno recurrente. Desde hace tiempo, Europa vive sumida en un clima de agitación prerrevolucionaria (lo vio venir Dalmacio Negro) a cuya estela se fomentan estallidos de saña destructiva de una periodicidad milimétricamente programada. Dado que las protestas surgen en el marco de un descontento tan difuso como real, la reacción que se produce entre amplios sectores de la sociedad es, en un primer momento, de instintiva simpatía.

Sin embargo, a medida que la devastación crece y las turbas dan cumplidas muestras de su índole salvaje, las adhesiones flaquean. Las quejas que dieron origen a las primeras algaradas (deterioro del sistema educativo, incremento del coste de la vida, imposibilidad de acceso a la vivienda…), empiezan a verse ahora como meros pretextos para la práctica de la rapiña y la vandalización del espacio público, cuando se suponía que era “lo público” aquello que se acudía a defender.     

Este tránsito, normalmente abrupto, desde lo reivindicativo a lo delincuencial marca el punto más allá del cual el ciudadano de a pie empieza a mirar de reojo al poder. Mira al poder a la espera de que este se aplique al restablecimiento del orden. Pero el poder, con frecuencia, muestra una desesperante tibieza a la hora de cumplir con su cometido. Sucede que hay un cálculo político detrás de cada situación concreta, una oscura estrategia partidista que instrumentaliza el miedo ciudadano y —como en el caso de España— busca extraer de la permisividad institucional un rendimiento a corto plazo.  

En realidad, más allá de estas tácticas vergonzantes no hay otra cosa que nihilismo, pura voluntad de dominio, obscena búsqueda del caos como medio de que la agenda política gire en torno a la furia teledirigida de la calle, y no a la voluntad mayoritaria emanada de las urnas. Se trata de un escenario que con alta probabilidad, y en atención a los ensayos preliminares que ya se están sucediendo, tendremos aquí en el plazo de unos pocos meses. 

No obstante, conviene proyectar hacia el panorama que se avecina una mirada despierta. Al menos el grito de los antiglobalistas —sobre todo de aquellos que se abstenían de recurrir a la violencia— se sostenía sobre una cierta visión del mundo y de la justicia. En lo que vemos ahora, el hecho de haya políticos rapaces a la espera de rentabilizar la situación no le otorga al fenómeno categoría política de ninguna clase. Es, simplemente, el penúltimo acto del aniquilamiento de una civilización cuyo destino empezó hace tiempo a decidirse no en los barrios perífericos de las grandes urbes sin alma, sino en los instruidos abismos de unas cuantas mentes perversas a las que Dostoievski supo retratar en Los demonios con una clarividencia que estremece. Fue allí, en esa novela magistral, donde el escritor ruso anticipó punto por punto el itinerario que iban a seguir quienes, en una mezcla de adictiva fijación por el poder y monstruoso afán destructivo, no dudarían en «sembrar la confusión, promover el cinismo y el escándalo, el descreimiento en todo lo habido y por haber, y, por último, recurriendo a los incendios como medio especialmente eficaz para impresionar al pueblo, lanzar el país a la deseperación, si ello es necesario».

La novela data de 1871, pero esas líneas podrían haber sido escritas esta misma mañana en el despacho de algún oscuro organismo oficial.

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