«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Independencia y federalismo

La explicación más racional y sentida acerca de la emancipación argentina veinte años después de la Independencia.

La Historia Argentina ha sido objeto de diferentes interpretaciones según las distintas corrientes de estudio. Después de la Batalla de Caseros (1852), la masonería historiadora elaboró un relato formulado desde los intereses anglofranceses. La versión más conveniente en ese momento político y décadas posteriores de acuerdo a la hegemonía establecida.

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Después del asesinato de Manuel Dorrego el gobierno de la Confederación Argentina encabezado por el gobernador Juan Manuel de Rosas fue respaldado por los hombres más importantes de la sociedad rioplatense. 

Entre ellos, Vicente López y Planes, Tomás de Anchorena, Tomás Guido, Felipe Arana, Manuel Moreno, Manuel de Sarratea, Carlos de Alvear, Manuel José García, Agustín de Pinedo, y muchos otros más. También por los grandes caudillos del interior del país. Los más destacados, el gigante santafesino Estanislao López y el tigre de los llanos Facundo Quiroga. 

El general José de San Martín apoyó fervorosamente al caudillo porteño desde su retiro en Francia. Rosas fue el gran defensor de la soberanía argentina. Por esa razón en su testamento San Martín le dejó el sable con el que había peleado en las batallas por la Independencia.

Para los lectores nada mejor que los documentos que hablan por si solos. He aquí uno invalorable para saber cómo pensaban y sentían nuestros antepasados criollos. Pensamiento de los primeros argentinos independientes del Río de la Plata.   

Breve discurso del gobernador Rosas ante el cuerpo diplomático reunido en el Fuerte de Buenos Aires. 25/5/1836.

«¡Qué grande, señores, y qué plausible debe ser para todo argentino este día consagrado por la Nación para festejar el primer acto de soberanía popular, que ejerció este gran pueblo en mayo del célebre año mil ochocientos diez! ¡Y cuán glorioso es para los hijos de Buenos Aires haber sido los primeros en levantar la voz con un orden y una dignidad sin ejemplo! No para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que, acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por un acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en su desgracia. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella, y no ser arrastrados al abismo de males en que se hallaba sumida la España.

Estos, señores, fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo abierto celebrado en esta ciudad en 22 de mayo de mil ochocientos diez, cuya acta debería grabarse en láminas de oro para honra y gloria intensa del pueblo porteño. Pero ¡ah!… ¡Quién lo hubiera creído!… Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la Nación española, y a su desgraciado Monarca: un acto que ejercido en otros pueblos de España con menos dignidad y nobleza, mereció los mayores elogios, fue interpretado en nosotros malignamente como una rebelión disfrazada, por los mismos que debieron haber agotado su admiración y gratitud para corresponderlo dignamente.

Y he aquí, señores, otra circunstancia que realza sobre manera la gloria del pueblo argentino, pues que ofendidos con tamaña ingratitud, hostigados y perseguidos de muerte por el gobierno español, perseveramos siete años en aquella noble resolución, hasta que cansados de sufrir males sobre males, sin esperanzas de ver el fin, y profundamente conmovidos del triste espectáculo que presentaba esta tierra de bendición anegada en nuestra sangre inocente con ferocidad indecible por quienes debían economizarla más que la suya propia, nos pusimos en manos de la Divina Providencia, y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España, y de toda otra dominación extranjera.

El Cielo, señores, oyó nuestras súplicas. El cielo premió aquel constante amor del orden establecido, que había excitado hasta entonces nuestro valor, avivado nuestra lealtad, y fortalecido nuestra fidelidad para no separarnos de la dependencia de los Reyes de España, a pesar de la negra ingratitud con que estaba empeñada la Corte de Madrid en asolar nuestro país. Sea pues nuestro regocijo tal cual lo manifestáis en las felicitaciones que acabáis de dirigir al Gobernador por tan fausto día; pero sea renovado aquellos nobles sentimientos de orden, de lealtad y fidelidad que hacen nuestra gloria, para ejercerlos con valor heroico en sostén y defensa de la Causa Nacional de la Federación, que ha proclamado toda la República. De esta causa popular bajo cuyos auspicios en medio de las dulzuras de la paz, y de la tranquilidad, podamos dirigir nuestras alabanzas al Todo Poderoso y aclamar llenos de entusiasmo y alegría:

¡Viva el Veinte y Cinco de mayo!

¡Viva la Confederación Argentina!

¡Mueran los Unitarios Impíos!»

Memorable discurso comentado por el Dr. Julio Irazusta, uno de los maestros de la historiografía argentina: «No se podrá negar que este discurso encierra una notable hermenéutica de la revolución argentina. Tal vez la más próxima a la verdad. Ella es la que mejor enlaza los destinos del país independiente, con las tradiciones del pasado colonial. La que mejor concilia el hecho de la emancipación, con el lealismo imperial y monárquico de nuestro primer gobierno autóctono. La única que salva la dignidad nacional de la tacha de perfidia colectiva en la declaración de la Independencia por los mismos hombres, sobre poco más o menos, que habían jurado lealtad a Fernando VII. Jamás el Estado argentino se pensó a sí mismo, por el órgano de uno de sus magistrados supremos, con más nobleza y racionalidad que en la alocución maya de Rosas». 

El discurso fue publicado en La Gaceta Mercantil del 27/5/1836. 

Reseña biográfica del Gobernador

Juan Manuel de Rosas (Bs. Aires, 1793 – Swathling, Southampton, G. Br., 1877). Hacendado y empresario ganadero. Hijo de León Ortiz de Rozas y Agustina Teresa López de Osornio, oriundos de Buenos Aires. Su abuelo Domingo Ortiz de Rozas, natural de Rozas del Valle de Soba, Arzobispado de Burgos (España), había sido Capitán de Granaderos de la 1ª Compañía del Regimiento de Infantería de Buenos Aires. Juan Manuel fue electo Gobernador y Capitán General de la provincia durante los periodos 1829-1832  y  1835-1840.  Llamado en su tiempo  “Hombre del Pueblo”, su segundo mandato fue validado en el Plebiscito por sufragio universal realizado en la ciudad de Bs. Aires los días 26, 27 y 28/3/1835, elevándose el numero de sufragantes a 9720, con menos de diez votos en contra. Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. Reelegido en 1840, 1845 y 1850 por la Honorable Junta de Representantes de la provincia de Buenos Aires.  Su renuncia en 1849 provocó un movimiento nacional a favor de su continuidad. Las Salas de Representantes de Buenos Aires, Córdoba, San Juan, Tucumán, Salta, Catamarca, San Luís, Santa Fe y demás gobiernos provinciales de Jujuy, Santiago del Estero, Entre Ríos y Corrientes, se expresaron a favor de su reelección como Encargado de la Relaciones Exteriores. En algunas provincias como La Rioja y Mendoza, se realizaron plebiscitos para sostenerlo. En el de Mendoza, 7800 ciudadanos sufragaron a favor de su continuidad. Rosas fue derrocado en 1852 y vivió 25 años exiliado en Inglaterra. En Southamptom arrendó una chacra de 400 acres conocida como Burgess Farm. Con ese trabajo rural pudo subsistir hasta su fallecimiento. Difamado por historiadores argentinos durante décadas, sus restos fueron repatriados en el año 1989 durante el gobierno del presidente Carlos Saúl Menem. Actualmente descansan en el Cementerio de la Recoleta. MGB 9/7/2016.

Bibliografía

Juan Manuel de Rosas. John Lynch. Traducción de Benigno H. Andrada. Emecé Editores. Buenos Aires, 1997. Rosas visto por los ingleses. Andrew Graham Yooll. Editorial de Belgrano. Bs. Aires, 1997. Vida de Juan Manuel de Rosas. Manuel Gálvez. El Ateneo. Bs. Aires, 1940.  Vida política de Juan Manuel de Rosas a través de su correspondencia. Julio Irazusta. (8 Vols). Bs. As. – Bogotá, 1975.

Ilustración

Tomada del retrato de Juan Manuel de Rosas, pintado por Raymond Monvoisin. Bs. Aires, año 1842. Museo Nacional de Bellas Artes.

 

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