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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

No basta torear con poder, hay que hacerlo con belleza

Casi un cuarto de siglo tiene de vida la feria de Olivenza. El bello pueblo, antiguo enclave portugués, está repleto de alicientes, tanto monumentales como gastronómicos.  Pero lo que verdaderamente llama a los aficionados de todo el orbe taurómaco es su feria taurina. A nadie sorprende que todo el toreo esté pendiente de lo que aquí ocurra. Como si se tratara de una de los primeros ciclos importantes pese a ser su plaza de inferior categoría. Tampoco es el principal motivo la belleza del recoleto recinto que cada año reluce como el sol de la primavera que aquí rompe en medio de sus campos verdes llenos de florecillas que nacen y crecen rápidamente.  Es la calidad de los carteles que programan lo que más atrae. Suelen ser cuatro festejos a celebrar de viernes a domingo, en el que se celebran dos. La novillada matinal y una de las corridas de toros. Nunca faltaron las figuras más importantes del momento. Por ejemplo máximo, Enrique Ponce lleva más actuaciones que ninguno. Como en casi todas partes. Solo faltó el año pasado. Pero este 2014 se ha convertido en tan imprescindible como en sus tiempos más prolíficos, aquellas diez temporadas seguidas en las que actuó en más de 100 corridas. Del 1992 al 2002. Hay que ver qué diferencia ahora con respecto a aquellos años no tan lejanos. Desde que José Tomás reapareció extralimitando el número de festejos a lo mínimo posible, ahora mismo y salvo el valenciano, las grandes figuras ya no quieren torear más de 30 o, como mucho, 40. Y este año también se están preocupando mucho del marketing que venden haciendo alardes de teatralizado glamour. Lo mismo que Tomás. El Marketing y el glamour de los que tanto presumen las huestes tomasianas hasta para tapar sus tardes desafortunadas, es la última moda. Salvo, repito,  Ponce que ha llegado a sumar 25 años en la cumbre – de 1992 a 2002 – sin venderse apenas, solo a base de grandeza y humildad… La humildad de los que no tienen que presumir de nada porque son todo.

Hasta que sale el toro y, como siempre, es el que pone orden por encima de los anuncios tan espectaculares como los que han hecho El Juli y Morante, parecidos a los que hacen los artistas del cinema y de la música  cuando el toreo es otra cosa, muy superior, porque los intérpretes se juegan la vida mientras crean sus obras.  

No sería, empero, ni desearía que nada malo ocurriera aunque, desgraciadamente, ocurrió en Olivenza, en donde casi siempre se mataron y se mataran reses de esas que llamamos ideales por bonitas y muy bien hechas. Precisamente, este es otro motivo principal para que la gente acuda en masa, en la seguridad de que los toros embestirán noblemente y los actuantes se lucirán y triunfarán aunque, a veces, fallen las reses como en la última corrida, la muy bien presentada aunque casi podrida de Juan Pedro Domecq.

Todo esto se lo debemos a la familia Ortiz Blasco, dueños de la plaza que se mejoró muchísimo en sus manos e impulsores de su feria y, cómo no, al empresario José Cutiño, que es quien desde la primera feria oliventina viene organizando el sabroso guiso taurino. Tan sabroso que a casi nadie se le indigesta. Ni a los que actúan ni a los que lo contemplan. Una prueba y cata de tono menor toristamente hablando aunque válida para ver cómo está cada torero en este ensayo general de lujo con todo.

Las novilladas. Extremadura no cesa de parir buenos toreros 

Buena, bondadosa sobre todo, fue la novillada de Daniel Ruiz que abrió la corta serie de festejos. Destacaron los lidiados en cuarto y quinto lugares. El único triunfador de esta corrida fue el aspirante llamado José Garrido. Cortó una oreja de cada uno de sus “enemigos”. Bien el muchacho. En todo y por todo. Sitio, valor y dispuesto aunque sin nada más que añadir. Ese saltito, esa cosita que distingue a los que parecen elegidos. El oliventino José Salguero, vuelta y ovación, pasó la prueba sin más. Y el mexicano Armillita, último de la gran saga azteca, fue el que exhibió más clase. Exquisito en varios pasajes. Pudo cortar la oreja de sexto porque tardó en doblar tras una estocada demasiado tendida. Aún tiene que cuajarse este príncipe de los Armilla aunque parece que trae esas “cositas” tan necesarias… Hubo mucha gente pese a ser televisado este primer festejo.

Y más en el tercero que se celebró el domingo 9 por la mañana. Había muchas ganas de ver a Posada de Maravillas que el año pasado armó aquí un alboroto de los grandes, incluido indultó un extraordinario ejemplar de El Freixo, criado por don Julián López. El Juli, ganadero.

Dieron estupendísimo juego en líneas generales. Fueron corridos en la radiante mañana del domingo 9. Y sobre esta fundamental base para que el espectáculo transcurriera triunfalmente aunque la espada limitó el número de trofeos que se hubieran logrado de haber sido todas las estocadas más certeras y efectivas, tuvimos ocasión de confirmar alborozados que el menor de la saga de los Posada posee el don de la gran clase. No fue casual, pues, el enorme éxito de Posada de Maravillas en su debut aquí mismo del año pasado. Ayer se destapó de nuevo la fresca, la fácil y la exquisita naturalidad interpretativa del toreo más clásico que enjaretó a sus dos novillos pese a que el primero se metía un poco para dentro y el que hizo cuarto llegó sin apenas brío a la faena de muleta por lo que no pudo ligarla completamente. Los naturales sobrenaturales que Posada de Maravillas prodigó tanto los de apostura normal como los de a pies juntos con que cerró su segunda obra, fueron inolvidables. El fallo a espadas al matar a su primer novillo – a un estoconazo contrario le precedió otro atravesado que hizo guardia – le privó de cortar orejas.  Consiguió una  del cuarto.

Pero la mañana nos regaló la inmensa alegría de comprobar cómo Extremadura está pariendo buenos toreros a raudales. Los debutantes locales, Luis Manuel Terrón y, sobre todo, el portentoso niño, Ginés Marín, sorprendieron a cuantos pudieron verles tanto en directo como a través de la televisión regional.  Terrón torea con mucha hondura y mucho temple. Y Marín con una impavidez inconmensurable. Terrón perdió las orejas del excelente segundo novillo por fallar demasiado con los aceros. Pero Marín cosechó cuatro apéndices tras dos labores que pusieron la plaza boca abajo. Sergio, que solo tiene 16 años, pareció tener 10 más por cuanto hizo en un derroche de quietud y de temple realmente inauditos. En el corte de Perera, ojedismo en su total pureza pues, Marín nos asombró a todos. Por la tarde, antes de que diera comienzo la última corrida, no se hablaba de otra cosa.  

Las corridas de toros. Una de cal y otra de arena

El Juli se llevó para su cosecha de la interminable y abarrotada tarde (tres horas y media con la plaza a reventar) del sábado 6 en la muy desigual, demasiado desigual corrida de Garcigrande con un triunfo tan redondo como desmesurado (cuatro orejas y un rabo) por dos labores marca de la casa por lo que se refiere a la tantas veces reconocida por excepcional capacidad resolutiva del madrileño que se montó materialmente encima de sus dos enemigos  frente al lote más potable del envío con esas maneras que últimamente desmerecen sus labores muleteras por antiestéticas. Es una pena que un torero tan absolutamente poderoso no ponga más empeño en procurar que su toreo, además de incuestionablemente importante, resulte más relajado, más compuesto, más rítmico, más fácil, más artísticamente digerible en definitiva, en vez de construirlo tan secamente forzado, retorcido, agachado y hasta crispado. Se me dirá que el soberano público de Olivenza quiso premiar la total entrega de El Juli en sus dos faenas con los máximos trofeos. Pero,  pensando inevitablemente en su polémica huida de la próxima feria de Sevilla, creo que de haber hecho lo mismo en la Maestranza, la cosecha de Julián no hubiera pasado de una solitaria oreja del sexto toro. Y en Madrid, quizá ninguna. También se premió excesivamente a este animal con la vuelta al ruedo mientras el matador lo aplaudía ostensiblemente. Como si lo hubiera criado él. A los de don Domingo Hernández, por cierto, ya casi los cría. 

El segundo triunfo de la corrida de los ocho toros, aunque lo obtuvo a cuenta de una cornada recibida por trastabillarse al matar al pésimo quinto, fue para Antonio Ferrera. Cortó dos apasionadas orejas por la incondicional entrega del pacense ibicenco que en banderillas había estado sensacional en un tercio de banderillas de cuatro pares en el que sobresalió el postrero logrado con un cambio seguido de un quiebro realmente inverosímil. La faena fue de lucha sin cuartel sin orden ni concierto frente a un animal realmente áspero. Lo contrario que el que abrió plaza, muy noble por el lado derecho, al que Ferrera muleteó con aplomo y hasta recreándose y meciéndose en su mejor versión que le valió un gran éxito en la pasada feria de Otoño en Madrid. También resultó cogido en plena faena por empeñarse en completar un pase de pecho tras ser desarmado aunque sin consecuencias afortunadamente. Posiblemente, sus paisanos  le habrían dado las dos orejas de haberlo matado por arriba en vez hacerlo mediante un infamante bajonazo que, inevitablemente,  desmereció lo anterior.

En mi opinión, lo mejor de la tarde salvo con la espada que manejó mal por pasarse de faena y no lograr que el animal cuadrara convenientemente, corrió a cargo de Miguel Ángel Perera, tanto con el capote en un precioso y variado recibo del cuarto toro, como en su faena de muleta que tuvo a la par un gran sentido lidiador y una perfección en la purísima ejecución de los ligadísimos muletazos sin apenas mover las plantas de sus pies de plomo enterrados en la arena, sin dejar que el toro huyera de la muleta como tanto quiso sin poderlo hacer gracias a las imantadas manos del de la Puebla del Prior. Muy rajado aunque noble, este toro fue el más grato del lote de Miguel Ángel – se llevó lo peor del envío – porque el octavo resultó de imposible lucimiento. Perera ha perfeccionado el toreo ojedista hasta convertirlo en prolijos monumentos al genio de Sanlúcar.

Y gran decepción a más de particular disgusto con José María Manzanares  al que vimos ido y sin sitio. Ni su sombra, vamos. Es cierto que sus dos toros se vinieron muy abajo por mal y excesivamente castigados en el caballo – el tercero se desangró materialmente -,  pero en ningún momento le vimos a gusto ni feliz consigo mismo. Pareció estar empezando a pagar esa penitencia que se ha impuesto por no querer torear en su plaza de Sevilla que, una verdadera pena, posiblemente ya no será tan suya cuando vuelva.      

Decepcionante fin de feria por culpa del ganado

Desgraciadamente, la segunda corrida de toros decepcionó grandemente pese a su excelente presentación que esta vez contrarió la creencia de que las buenas hechuras cantan los mejores comportamientos. El bello y variopinto muestrario de Juan Pedro Domecq llevaba dentro una preocupante falta de fuerza y de raza. Tres fueron absolutamente nulos, el lote de Enrique Ponce y el segundo toro de Morante. Y otros tres al menos permitieron medio lucirse al de La Puebla y a Alejandro Talavante que cortó una oreja de cada uno de los suyos pudiendo salir a hombros. Nada especial vimos, sin embargo. Los preciosistas cuadros de Morante con su empacado capote y su pinturera muleta en el segundo, y el muy paciente toreo de Talavante en dos faenas que no pasaron de meritorias aunque quepa elogiar la enorme fe que puso Alejandro para conseguir que sus obras duraran, incluso más de lo preciso. La última se hizo interminable. En la valoración de fondo sobre lo que hizo Talavante, cabe especular con la versión de su toreo en esta corrida. Creo que no fue la genial de aquella su primera etapa tan desigual que, en mi opinión fue la más distinguida en sus mejores tardes. Tampoco la mexicana, enjoyada de sorprendentes improvisaciones de las que abusó. La de ayer fue digamos más formal, desde luego valiente sin tacha, pero más vulgar.     

De Enrique Ponce se esperaba todo. La gente lo recibió con una gran ovación tras terminar el paseíllo que el valenciano compartió  con sus colegas. Enrique, como siempre y tanto con lo bueno como con lo malo, estuvo muy por encima de sus dos impracticables enemigos. Tuvo que exponer mucho con el primero que, para colmo, sacó peligro. Y extralimitó sus buenas intenciones a base de mimo y de pausas con el marmolillo cuarto luciendo elegantes y preciosos ayudados y trincherillas mientras buscaba la igualada para matarlo. Ambas reses se vinieron completamente abajo después de picadas sin que apenas les hicieran daño. Y mira que al salir gustaron las alegres y nobles embestidas de los dos. Sobre todo a Ponce que se estiró muy templado en los recibos lanceando con tersura y ganando terreno del tercio hasta los medios. Pero ambos duraron un suspiro en la muleta. No obstante tan tremendo fiasco, el público que llenaba plaza mostró su cariño al maestro con sendas ovaciones tras pitar fuertemente a los dos toros en su arrastre. 

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