«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Pedro J., La Gaceta y usted

Hace un mes La Gaceta se veía obligada a cerrar su edición en papel. Esta semana era destituido el director de El Mundo, Pedro J. Ramírez. Suma y sigue: para nadie es un secreto la grave crisis que aqueja a la prensa en general y a la prensa de papel en particular. La Gaceta se vio obligada a cerrar su edición en papel porque ya no le era posible asumir los costes. Del mismo modo, Pedro J. ha sido destituido, entre otras razones, porque los problemas financieros del periódico eran insuperables. Un negocio que ha salido mal, ¿no? Pasa muchas veces, y en todos los órdenes de la vida. Ahora bien, esto no es sólo un problema contable. Aquí hay mucho mar de fondo. Y lo sabe todo el mundo en esta profesión.

Todos los periódicos están perdiendo dinero a espuertas, pero sólo unos pocos se ven acosados hasta la asfixia. Inversamente, algunos privilegiados han sido “rescatados” a pesar de que su situación financiera era incomparablemente más grave que la de La Gaceta o la de El Mundo de Pedrojota. El Grupo Prisa ha podido refinanciar una deuda que rondaba los 4.000 millones de euros (3.200 a finales de 2013). No es fácil explicar cómo ni por qué la crema del mundo financiero y empresarial español decide entrar al rescate de una empresa quebrada para salvar “El país”. Tampoco es fácil explicar cómo ni por qué otro grupo quebrado, Mediapro, con deudas por encima de los 2.500 millones de euros (tirando por lo bajo), se benefició súbitamente de una opción de compra por Antena 3; opción que la Comisión Nacional de la Competencia desaconsejó y que, pese a ello, el Gobierno Rajoy liberó de obstáculos. No es fácil explicar, en fin, cómo ni por qué el 90 por ciento del mercado publicitario en España ha ido a parar a manos de sólo dos grupos de comunicación. Decididamente, en la época del marianismo están pasando cosas muy raras en el sector.

No perdamos de vista el conjunto del proceso: cada vez más, toda la comunicación en España va quedando en manos de poderosos grupos empresariales con reconocidas vinculaciones políticas (y viceversa). Lo más probable es que en breve veamos cómo cualquier gran firma decide hacerse cargo de la deuda de El Mundo. Esto sólo significa una cosa: la libertad de prensa se coarta, el cuarto poder se esfuma. Coincidencia notable: el gobierno Rajoy acaba de cargarse definitivamente la independencia del poder judicial al emprender, de consuno con el PSOE, una reforma que pone a los órganos de gobierno de los jueces en manos de los partidos políticos. Y en el mismo periodo en que el tercer poder cae cautivo de la partitocracia, el cuarto va cayendo poco a poco en manos de la oligarquía. Evidentemente, esto no es sólo un azar.

Estamos asistiendo a un acelerado deterioro de las libertades públicas por la vía de cegar los cauces que garantizan el control del poder. ¿Quién se beneficia? Sólo la oligarquía política, económica y mediática, que es cada vez más lo mismo. A propósito de la destitución de Pedro J. Ramírez, Federico Jiménez Losantos ha dicho que esto es “un paso más en el proceso de liquidación de la nación española”. No deja de ser verdad, y la afirmación se entiende mejor si la ponemos en el contexto del actual problema de España. Hoy la gran brecha ya no separa exactamente a derecha y a izquierda. Hoy la gran brecha separa a quienes quieren una nación española fuerte, democrática (de verdad) y unida y, en el lado contrario, a quienes se obstinan en mantener el actual sistema, es decir, una partitocracia asentada sobre el gobierno neofeudal de un país deshilachado con la anuencia de la Corona y la connivencia del poder económico. Si elevamos la mirada desde los árboles de la crisis mediática hasta el bosque del problema nacional, lo que veremos es exactamente eso. Y el análisis puede aplicarse a cualesquiera otros aspectos de la vida española, desde el territorial hasta el económico pasando por el militar o el cultural.

Al margen del episodio de Pedro J., tampoco puede ser una casualidad que, dentro de la carrera por la supervivencia mediática, los más perjudicados estén siendo precisamente los medios vinculados de una manera u otra a eso que se llama “derecha social”, es decir, la gente que aún tiene una idea sólida del patriotismo, la libertad personal y la decencia moral. Exactamente el tipo de gente que más a disgusto se encuentra con la deriva del actual estado de cosas. Gente como usted. Pero de eso hablaremos otro día.

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