Alain Finkielkraut: «El nihilismo aún no ha vencido»

Alain Finkielkraut

El movimiento perpetuo ha sido sustituido por el gran confinamiento. El filósofo analiza el «gran desafío a la inteligencia» que supone este momento excepcional en todo el mundo.

¿Qué piensa sobre la situación inédita que estamos viviendo?

Hasta ayer, la mayoría de nosotros éramos mensajeros. Michel Serres incluso decía, literalmente, «ángeles». Liberados del peso de la pertenencia y de lo que Heidegger llamaba, para definir la existencia humana, el «estar ahí», no nos quedábamos quietos, embriagados por la eliminación de las distancias. La fluidez, la movilidad, la ubicuidad, habían sustituido a los modos antiguos de habitar y pensar la Tierra. El 06 [prefijo estándar de los móviles franceses] había ocupado el lugar del 01 [prefijo estándar de los teléfonos fijos franceses] y los objetos nómadas habían expulsado al sedentarismo a las tinieblas de la prehistoria. Ciertamente, había algunos tardones, pero sus días estaban contados. El «desarraigo» se habría convertido en la ley universal del mundo humano.

Pero, he aquí que un virus se insinúa entre los ángeles y lo estropea todo. Nuestra realidad se parece a una película catastrófica. El movimiento ha sido sustituido por el confinamiento y, lo queramos o no, nos hemos sometido al imperativo que resumía, para todos los millenials, el espíritu de reacción: «¡Quédate!». Incluso la solidaridad ha cambiado: ahora ya no expresamos el aprecio hacia los demás con efusión, sino con la distancia. El gesto fraterno ahora es el gesto barrera. «Si todas las personas del mundo se lavaran las manos», se ha convertido en el eslogan del vivir juntos. El espíritu cívico consiste en abandonar el espacio público y el principio evangélico en huir unos de otros. Vamos, que hay razones para perder el propio globish.

¿Estamos en guerra?

Es un extraño cruce: Camus, en La peste, eligió dar a la guerra el rostro de una epidemia con el riesgo, como dijo pérfidamente Sartre, de hacer interpretar el papel de alemán a los virus. Hoy, se nos invita a pensar en el contagio que se está extendiendo con el idioma de la guerra. Es evidente que esta analogía tiene sus límites: tenemos enemigos reales, humanos, que quieren, si no nuestra muerte, por lo menos nuestro naufragio, como el sultán del Bósforo, y sería una equivocación olvidarnos de ellos. Además, si tenemos que movilizarnos para enfrentarnos a este virus, no debemos hacerlo como soldados. Pero vivimos en una sociedad individualista, en la que la disciplina está considerada espontáneamente como una maquinaria del poder, y en una sociedad fracturada donde la francofobia se difunde con gran rapidez. ¿Cómo permanecer unidos en estas condiciones? ¿Cómo reencontrar el sentimiento de unidad nacional? La retórica guerrera se impone, pero no es seguro que sea suficiente. A la petición de que permanezcamos en casa, los más ricos entre los burgueses y los bobos de las grandes metrópolis han respondido recogiendo sus cosas y yéndose, conscientes del riesgo que tenían de difundir el virus en lugares donde aún no había llegado. Rímini se ha convertido en el primer foco de infección en Italia después de la huída de muchos milaneses a sus residencias secundarias en la costa Adriática.

En los barrios que llamamos “populares” desde que el antiguo pueblo se fue de ellos, el tráfico continúa, los controles de policía degeneran en enfrentamientos, algunos jóvenes denuncian una enfermedad o un complot de los “blancos” y los alcaldes dudan, a pesar de las aglomeraciones nocturnas, en imponer el toque de queda porque no disponen de los medios para hacerlo respetar. Unión nacional, ciertamente, pero la cuestión es: ¿somos aún una nación?

Antes creíamos que, en la globalización, la economía gobernaba el mundo; pero ahora nos hemos dado cuenta de que esta ha cedido el paso a la política en nombre de un imperativo superior, el de la salud. ¿Qué lugar tiene esta en la modernidad?

Producir para consumir, consumir para producir: la modernidad globalizada ofrecía, efectivamente, el espectáculo desolador de este círculo sin fin. Una voluntad planetaria estaba en marcha ante la ausencia de un fin e independientemente de todo contenido. Este proceso nihilista no daba tregua a nadie, haciéndonos olvidar que había nacido de un gran proyecto humanista, el de una ciencia que ya no era ni contemplativa ni orgullosa sino, como escribió Leo Strauss, «activa y caritativa». Una ciencia para el poder y un poder para mejorar el destino de los hombres. Descartes, el primero de los modernos, le había formulado claramente esta ambición al cardenal de Bérulle: «Le hizo ver las consecuencias que estos pensamientos podrían tener si eran bien guiados, y la utilidad que el público conseguiría si se aplicaba su manera de filosofar a la medicina y la mecánica, pues una restablecería y conservaría la salud, y la otra disminuiría y aliviaría el trabajo de los hombres». Este proyecto original ha reaparecido bruscamente gracias a la crisis. La política, que se había puesto al servicio de la economía favoreciendo, lo mejor que podía, la circulación de capitales, hombres y mercancías, ha asumido el riesgo de congelar la economía al haber vidas en riesgo; y no es la salvación sino la salud lo que es, y sigue siendo, desde el principio de los tiempos modernos, «el bien fundamental y la base de todos los otros bienes en esta vida» (de nuevo Descartes). Incluso los creyentes ya no le piden a Dios la eternidad, sino una vida larga y sana, como testimonia el maravilloso dibujo de Sempé, citado recientemente por Comte-Sponville, en el que se ve a una mujer rezando: «¡Dios mío, Dios mío, tengo tanta confianza en ti que, a veces, tengo ganas de llamarte doctor!»

La obsesión de los poderes públicos a no verse obligados a tener que elegir entre los pacientes y el lugar privilegiado que se ha dado a los más vulnerables en esta situación de crisis, ¿no son acaso signos de civilización?

Se nos repite hasta el cansancio que el 98% de los pacientes con coronavirus se curan. Si la lógica económica lo dominara absolutamente todo, nuestras sociedades habrían elegido la no intervención, con lo cual la mayoría de la población se habría contagiado y se habría inmunizado. Habrían muerto los más ancianos, los más vulnerables; en resumen, las bocas inútiles. No hemos querido esta selección natural. Y si el confinamiento es cada vez más estricto, es precisamente porque queremos evitar la congestión de los hospitales y tener que seleccionar a los enfermos: este no, porque casi no respira; este sí, porque tiene la fuerza de la edad. Tal vez la guerra nos obligará a esta práctica de priorización, que nos causa horror. La vida de un anciano vale tanto como la de una persona en plena posesión de sus fuerzas. La afirmación de este principio de igualdad en la tormenta que estamos atravesando demuestra que el nihilismo aún no ha vencido, y que seguimos siendo una civilización

En este tiempo también se han suspendido los funerales, fundamentales para la civilización. ¿Se puede confinar a Antígona?

«La palabra humanidad viene de humare, inhumar, dar sepultura», escribía Vico en su Ciencia nueva. Esta etimología es, sin duda, fantasiosa. Pero poco importa: dice la verdad. Sin ritos fúnebres, no hay humanidad digna de este nombre. Una de las cosas más terribles de este momento espantoso es que los enfermos mueren solos, sin que sus seres queridos puedan despedirse de ellos, y que las ceremonias de duelo están reducidas al mínimo indispensable.

Cada uno barre para su casa e interpreta esta crisis a través de sus lentes ideológicos: los catastrofistas piensan que es el gran desmoronamiento, los anticapitalistas el final de la austeridad y los soberanistas el de la Unión Europea. ¿No sería mejor ser modestos y aceptar la fatalidad del destino?

Hemos redescubierto la virtud de las fronteras, pero es importante que los países europeos no reaccionen de manera desordenada. Y también necesitamos que los virólogos cooperen a nivel mundial. Hay que tener el valor de enfrentarse a este hecho en su contingencia. Es inevitable, nos está cayendo encima. Es indudable que se está cuestionando la globalización, pero la peste asiática se difundió en Europa en la Edad Media. Dejemos, entonces, de dárnoslas de listillos y de querer encerrar la realidad de nuestros sistemas. Recordemos las palabras de Péguy: «Todo es inmenso, excepto el saber».

Este tiempo de crisis es, también, el de la indignación permanente: cada día hay una cuota de culpables designados. La búsqueda de culpables, ¿es saludable o inapropiada?

«Nihil est sine ratione». El principio de razón suficiente reina sobre nuestras representaciones. Todo debe estar calculado, y debe haber un culpable para lo que parece escapar a dichos cálculos. Así, hay quienes piensan en la catástrofe acusando y llamando al escándalo. Exigen que se rindan cuentas; exigen, con un tono conminatorio, la generalización de un fármaco del que ignoraban su existencia la semana anterior; y se indignan por la falta de mascarillas, igual que se indignaban ayer por el exceso de ellas tras la epidemia de la gripe H1N1. Asimismo, los que habían tomado conciencia del virus del SIDA con retraso, denunciando una epidemia del miedo, seguidamente reclamaron un juicio de Nuremberg para las autoridades, a las que acusaron de lentitud, tergiversación e incluso de dejar morir deliberadamente a los homosexuales. Olvidamos que «los hombres avanzan en la niebla», según la justa expresión de Milan Kundera. Y para dificultar aún más la tarea de nuestros gobernantes, los convertimos en chivos expiatorios de nuestros miedos primarios, los arrastramos ante los tribunales de la estulticia sobrecargada de información y queremos obligarles a tomar decisiones que, poco después y con la misma arrogancia, les reprocharemos que hayan tomado.

¿Cultivar la propia vida interior en este periodo de confinamiento es un lujo burgués o una necesidad vital?

Son muchos los burgueses que huyen frenéticamente de su vacío interior. ¿Es tal vez porque tengo la suerte o la desgracia de escribir por lo que estoy mejor armado que ellos ante la ociosidad? Confieso que, en este tiempo en que me he visto privado de mi programa semanal en France Culture, me siento un poco perdido y me cuesta volver a la lectura desinteresada. De hecho, si he aceptado responder a vuestras preguntas no es sólo porque lo que estamos viviendo es, sin duda, en todas sus ramificaciones, un desafío a la inteligencia, sino también, más banalmente, para ocupar el tiempo con algo.

¿Qué lecciones podemos sacar de este mundo que se ha detenido? ¿Deberíamos cambiar cuando salgamos de la crisis?

En Venecia, el mar ha recuperado su color azul y se ha visto un delfín en las aguas del Gran Canal. El descanso forzado de la economía y de los transportes es un sabbat inesperado para la Tierra, que recupera su belleza y que facilita que las otras criaturas respiren. Interrumpido sólo por el canto de las pájaros, el silencio ha retomado posesión, de manera provisional, de todos los lugares de los que había sido expulsado por el ruido implacable. Nos dicen que, en Pekín, el primer efecto de la lucha contra la pandemia es un descenso espectacular de los embotellamientos causados por el tráfico y una cuasi desaparición de la capa de contaminación que ocultaba el cielo.

«El hombre está en todas partes, con sus gritos, su dolor y sus amenazas. Entre tantas criaturas juntas, ya no hay espacio para los grillos», escribía Albert Camus. Si el hombre, con el confinamiento, toma conciencia de que no está solo, tal vez, cuando la maquinaría se ponga en marcha de nuevo, conservará en sus oídos la belleza del silencio. Tal vez recuperará el gusto de compartir la Tierra, el respeto de las distancias y el sentido de lo indisponible. No oso creerlo.

Publicado por Eugénie Bastié en Le Figaro.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta.

 

 

 

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