«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
107 tienen nacionalidad francesa

Francia, el país que más jugadores «aporta» a la Copa África: uno de cada seis jugadores de la competición ha nacido o cuenta con pasaporte galo

Giovanni Vincenzo Infantino, Alassane Dramane Ouattara y Patrice Motsepe durante la Copa África 2024. Europa Press.

Cada cuatro años, la Copa Africana de Naciones reúne a selecciones de todo el continente. Este año el torneo se disputa en Marruecos, pero el país que más jugadores aporta no es africano. Es Francia.

Según datos recopilados por Foot Mercato, de los 658 futbolistas convocados, 107 tienen nacionalidad francesa, una cifra muy superior a la del segundo país en la lista, Costa de Marfil, que apenas suma 29. Buena parte de estos jugadores proceden del departamento de Seine-Saint-Denis —el conocido «93»—, uno de los territorios con mayor concentración de inmigración en Francia, que aporta por sí solo 14 internacionales.

La prensa deportiva celebra este fenómeno como una muestra de la «influencia del 93 en el fútbol africano e internacional». Sin embargo, detrás del discurso complaciente se esconde una realidad mucho menos amable: Francia no sólo exporta jugadores, sino que importa las tensiones, rivalidades y consecuencias de un torneo que no le pertenece.

Con cada edición de la Copa de África, las autoridades francesas se ven obligadas a desplegar dispositivos especiales de seguridad, cortes de tráfico y refuerzos policiales en numerosas ciudades. Ya en diciembre, con el inicio del campeonato, Marsella tuvo que cerrar el entorno del Puerto Viejo con motivo de un partido de Argelia, anticipando lo que vendría después.

El país entero ha sido empujado a vivir al ritmo del torneo. El eurodiputado de la Agrupación Nacional, Matthieu Valet, denunció que el centro de internamiento de extranjeros de Vincennes, en las afueras de París, contrató a cargo del contribuyente el canal beIN Sports para que los inmigrantes ilegales allí alojados pudieran ver los partidos «en buenas condiciones».

La celebración de los encuentros ha ido acompañada de violencia reiterada. El 28 de diciembre, tras la victoria de Argelia sobre Burkina Faso, se produjeron disturbios en varias ciudades. En Lille, un centenar de individuos bloquearon calles y lanzaron morteros y bengalas. En Roubaix, agentes de policía fueron atacados con fuegos artificiales. En Toulouse, una comisaría fue objetivo de proyectiles, mientras un grupo intentaba arrancar la bandera francesa del ayuntamiento. En Marsella, el tranvía tuvo que suspender su servicio por los destrozos causados.

Los incidentes se repitieron el 7 de enero tras el partido entre Argelia y la República Democrática del Congo. En Lyon, la circunvalación quedó bloqueada porque aficionados argelinos jugaban al fútbol en plena calzada, provocando el colapso del tráfico.

Hasta el 18 de enero, los franceses no tienen otra opción que soportar las consecuencias de una competición internacional que se desarrolla fuera de sus fronteras, pero cuyos efectos se viven con intensidad en su territorio. Para muchos, es una muestra más de una transformación demográfica profunda que ha convertido a Francia en escenario permanente de conflictos identitarios importados, una realidad que rara vez se aborda con franqueza en el debate público.

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