Ante el ataque comunista a la cruz

EDITORIAL

Con demasiada frecuencia, activistas de la izquierda española —no recordaremos sus nombres— han ejercitado un supuesto derecho a la libertad de expresión atacando los sentimientos religiosos de decenas de millones de personas. La inmensa mayoría de esos ataques ha quedado impune porque los autores del delito deben confirmar en sede judicial que su intención era la de ofender. Que lo era. Eso es palmario. Pero los mismos ‘arrestos’ que demuestran en publico suelen dejárselos bien escondidos cuando comparecen ante el juez, quien, ante la subjetividad del delito, archiva el caso entre los elogios de los medios de comunicación subvencionados e irreflexivos.

Pero si mal está que individuos u organizaciones (con el apoyo de los medios) ofendan unos sentimientos religiosos importantísimos para decenas de millones de personas, mucho peor es que un servidor público use de manera torticera una mala ley como lo es la Memoria Histórica —que unos aprobaron y otros no quisieron derogar—, para atacar los sentimientos religiosos de un pueblo.

El caso del derribo y retirada de la cruz de piedra al pie del convento de las Descalzas de la localidad cordobesa de Aguilar de la Frontera es ejemplo de lo peor de todo lo anterior. La alcaldesa del municipio, Carmen Flores (IU), ha abusado de su perversa ideología comunista para derribar, entre acusaciones de prevaricación y el malestar de la mayoría de los vecinos, un símbolo que solo a un sectario ciego de rencor e ideología anticristiana puede molestar.

No hace falta ser creyente para entender que la protección de los símbolos religiosos debería ser una responsabilidad de los poderes públicos y, por lo tanto, alejado de la contienda política. Decenas de millones de españoles, y no solo a la derecha, encuentran en la Iglesia y en la fe —en la cruz— la esperanza que el transcurrir de la vida va poniendo a prueba. No es necesario, y es deleznable, que la política pequeña y sectaria de los comunistas españoles y de buena parte de sus socios socialistas que callan, consienten y alientan, derribe un símbolo de esperanza, de sacrificio y de amor sobre el que no solo se construyó la Civilización Occidental, sino que cimenta a diario la vida de miles de millones de personas en todo el mundo.

Insistimos. Para defender los símbolos de la cristiandad no hace falta ser creyente. Sólo tener sentido común y una mirada limpia sobre la importancia de la religión. Y, por supuesto, en el caso de la alcaldesa de Aguilar de la Frontera, saber a qué obliga la gestión de la cosa pública.

Mucho pedir, es verdad, para una comunista.

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