Biden comienza mal

EDITORIAL

El primer discurso de Joe Biden como presidente de los Estados Unidos nos muestra hasta qué punto el Partido Demócrata ha sido devorado por el monstruo de las políticas identitarias que ellos han alentado de manera irresponsable y peligrosa. Llamar a la unidad de los estadounidenses —como hizo hasta en ocho ocasiones— se contradice con el señalamiento de los Estados Unidos como una nación en la que, según él, impera un racismo sistémico y cuyos mayores enemigos, señalados por el nuevo presidente, son «el supremacismo blanco» y «el terrorismo interno». Anunciar al mundo que la sociedad que estructura la primera de las grandes democracias es racista, no solo alimenta los estereotipos raciales, sino que conduce a un fenómeno de segregación contrario al espíritu de unidad al que hipócritamente apeló Biden.

La primera víctima de esta política identitaria es la verdad. No hay una sola ley racista en los Estados Unidos desde 1964 y la Administración, en todos sus niveles, ofrece las suficientes garantías de igualdad formal como para abandonar teorías racistas y estudiar de manera académica, metódica y apartidista los retos que se presentan a las minorías, sobre todo los cambios que se han producido en sus paradigmas culturales.

La segunda víctima de la agenda socialista que se contempla en el discurso de Biden es el pensamiento libre y crítico. La concesión del nuevo presidente a la disensión —«siempre que no sea con métodos violentos»— se contradice con su silencio absoluto (o su aliento permanente), a los más de 7.000 actos violentos protagonizados el año pasado por movimientos identitarios como Black Lives Matter movilizados tras la muerte de un ciudadano negro a manos de la polícía de una ciudad demócrata en un Estado demócrata.

Biden, es evidente, no quiere la unidad, sino la uniformidad.

Disentir de la posición presidencial que asegura —sin pruebas, sólo con retórica— que hay “un grito de justicia racial desde hace 400 años”, va a exigir coraje. Coraje en el lugar de trabajo, en la comunidad y en los medios. Coraje para enfrentarse al adoctrinamiento en las universidades. Coraje más allá del deber ante la presencia en los medios de acosadores de izquierda dispuestos a etiquetar a una persona crítica como «racista». Coraje ante la división racial que esto va a traer a una sociedad ya polarizada. Y todo esto en un discurso en el que no hubo ni una sola apelación a la libertad de expresión. Se entiende por qué.

Ante este desatino presidencial, la respuesta sólo puede ser la ley. Allá donde el Gobierno alargue sus tentáculos para obligar a los ciudadanos a creer que viven en un sistema constitucional racista, allá deben estar los tribunales para demostrar que uno de los grandes principios rectores que desde hace ya más de 50 años gobierna los Estados Unidos es el de la ceguera al color de la piel. La Teoría critica de la Raza a la que se agarra la nueva política identitaria de esta izquierda demócrata es una construcción de los 80 desacreditada desde sus comienzos por su negativa a estudiar los datos y ofrecer solo relato y narrativa.

Pero es evidente que el papel lo soporta todo. Hasta el discurso inaugural de un presidente que hubiera hecho sonrojar al doctor King.

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