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El busto de Rubalcaba

EDITORIAL

La escultura del exvicepresidente de Zapatero, Alfredo Pérez Rubalcaba (1951-2019), presentada durante los fastos del XL (para los de la Logse: 40) Congreso Federal del PSOE, guarda apenas un ligerísimo parecido con el difunto autor intelectual de la histórica frase: «Merecemos un Gobierno que no nos mienta». Tan ligera es la semejanza que para reconocer a Rubalcaba en ese busto hace falta un ejercicio de voluntad a la altura estratosférica del que hay que hacer para dar por bien empleado el dinero que cuesta entrar al Museo de Cera de Madrid. Por decirlo sin rodeos y con las palabras justas: ese no es Rubalcaba.

Lo mismo ocurre con el Partido Socialista. Hace falta un ejercicio de voluntarismo extremo para identificar al PSOE real, al que conocemos y padecemos no por sus intenciones, sino por sus frutos —véase la factura de la luz, el precio de la gasolina o la inflación galopante—, con el que se escenificó el fin de semana en Valencia.

Las apelaciones constantes a la socialdemocracia sólo pueden ser aceptadas por aquellos que necesitan creer —porque les vaya el cargo, la colocación o la ambición en ello— que el socialismo español, como el busto de Rubalcaba, se parece en algo al de los discursos pronunciados y a las protestas de españolidad escuchadas.

La verdad, que es una y no poliédrica, es que desde el día siguiente a la llegada de Zapatero a La Moncloa por atentado interpuesto, el PSOE abandonó las posiciones templadas que todavía le quedaban como rescoldos de la Transición, se instaló en el pernicioso Socialismo del Siglo XXI —incluida su apelación constante a una reforma constitucional bolivariana más que peligrosa—, hizo suya cualquier política identitaria que se le cruzó por delante, alimentó con nuestro dinero una política revanchista acerca de una guerra ya lejana y, lo que es peor para España, aupó a los puestos de mando y gestión a una caterva de mediocres de la que el doctor Sánchez es el pináculo incuestionable y el discurso de Fernández Vara, el culmen de la involución. La realidad es que el PSOE de hoy está mucho más a la izquierda que el que salió de Suresnes, que ya llovió y muchos muros se derribaron desde entonces.

Eso sí, la estética ha mejorado. Muy yanqui todo. Mucho más convención que congreso, hasta el punto de que sólo faltó que cada delegación provincial (de esa España federativa en la que nos quieren instalar) se alzara para dar sus votos de viva voz al líder eterno. Eterno, por supuesto, hasta que caiga. Hoy, en el socialismo, la moda —que también es una herramienta política— es de color rojo octubre. Desde las banderas hasta los fondos, sin dejar de pasar por los blazer de ellas, que han descubierto el estilo Pelosi.

Una magnífica puesta en escena, con el espectro del fundador Pablo Iglesias incluido, para que la mayoría de los medios, amarrados en corto con la correa de la subvención, hayan dado por bueno el bulo de que hay un sanchismo socialdemócrata. Por lo que parece, los verificadores newtrales estaban de libranza, porque si no, no se entiende.

Es cierto que la unidad que ayer escenificó el socialsanchismo es real. La apoteosis final del canto impúdico de La Internacional puño en alto (¿arriba parias de la tierra, en pie puertas giratorias?) es la mejor prueba, todavía mejor que la aprobación a la búlgara de la nueva Comisión Ejecutiva Federal del PSOE, de que el sector crítico del socialismo no está en el partido, sino en todos y cada uno de los españoles que saben cómo ha gestionado el socialismo su responsabilidad en la prevención y control de la pandemia, en el empobrecimiento de España y en nuestra irrelevancia internacional.

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