El doctor Casado y Mister Pons

EDITORIAL
El eurodiputado popular Esteban González Pons, entre Rajoy y Casado en la presentación de una de sus novelas (foto: Ep)

Todos conocemos a estas alturas del juego que el Partido Popular tiene una idea desdoblada de lo que es la nación. Añadimos: con todo el derecho. Faltaría más. Las ideas e incluso las contradicciones del PP son privativas de ellos. Que cada palo aguante su vela. Así, el discurso de sus líderes en España suele consolidar la idea de la nación como unidad forjada en la Historia, con una capacidad integradora superior incluso a la patriótica, y a la que reconoce una benéfica soberanía. Y hasta ahí, el doctor Jekyll, digo Casado.

Mister Hyde se aparece en cuanto el Partido Popular sale —por lo general en clase business— de los límites mentales y físicos de España. En cuanto sobrevuela los Pirineos y se asoma a Bruselas, su discurso cambia y se alinea con la Europa nihilista que niega la soberanía de las naciones, desprecia la realidad, el hecho cultural de los pueblos, la identidad que les es propia y se pliega al poder burocrático —con toda la carga de intención que lleva ese adjetivo— de la Europa de los funcionarios. A ese fenómeno de adhesión a una organización supranacional líquida que por desgracia no depende de los europeos, sino de unos líderes globalistas, el PP lo llama ser europeísta.

Insistimos por segunda vez: el PP está en su derecho de creer en las ocurrencias que desee e incluso aliarse con el consenso socialdemócrata para legislar en favor de esas ocurrencias. Faltaría más y arrieritos somos.

Pero lo que el PP no puede, y jamás podrá, es tener a gente cobrando de los impuestos de los europeos —de todos— para, con desprecio de soberanía de otros Estados, trabajar para cambiar gobiernos y regímenes de países europeos porque no se ajustan a las ideas-ocurrencias del consenso progre y globalista.

Y esto es, con precisión, lo que se le ha ocurrido reconocer en voz alta al eurodiputado del Partido Popular Esteban González Pons, jefe de la misión de la Unión Europea en Polonia, que se siente legitimado para injerir en la soberanía de otra nación porque «el gobierno de Morawiecki no parece que sea bueno para Polonia». Sus palabras, recogidas por el Grupo de Visegrado que defiende la soberanía de las naciones libres que saben bien lo que es el totalitarismo —comunista y añadimos, burocrático— son un fiel reflejo de esa dualidad perniciosa que convive en el Partido Popular.

A un partido como el PP sólo podemos pedirle (si es que no es tarde) que vuelva a la razón y que se ponga del lado correcto de la Historia. Un lado que sólo es uno y muy sencillo: el respeto a la identidad y a la soberanía de las naciones. Si el señor González Pons no se aviene a razones, siempre puede dedicarse a otros menesteres menos onerosos para él, como escribir literatura seudoerótica.

Sin duda, el horror estético hace menos daño.

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