«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
18 de abril de 2023

El mito del gasto como solución

(I-D) La ministra de Hacienda y Función Pública, María Jesús Montero; la vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño, y la ministra de Política Territorial y portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez. Europa Press

La idea de que aumentar el gasto soluciona los problemas es uno de los dogmas que mayor fortuna han hecho en la organización política imperante en Occidente y replicada en medio mundo. De manera paradigmática en Europa, superada la etiqueta de prejuicio atávico o de eslogan propagandístico, se concibe y se pregona como un bálsamo de fierabrás innegable para las izquierdas y derechas autodenominadas tradicionales del último medio siglo.

Hace tiempo que dejó de sorprender, si es que alguna vez llegó a hacerlo, que los defensores de la alegría prefieran el implacable capital como remedio o que los profetas de la austeridad, los que durante años acusaron a los trabajadores de «vivir por encima de sus posibilidades», elijan el dispendio del dinero ajeno para afrontar la más rutinaria acción de gobierno.

De la Sanidad y la Educación —a pesar del mito representan una porción ínfima de las cuentas públicas— a las leyes de género y trans, no existe responsabilidad de la Administración exenta del relato. La lista de ejemplos que ilustran el bucle nefasto de gasto-fracaso-gasto es infinita y creciente. El gobierno de turno (nacional, regional o local) identifica un problema, desarrolla unas políticas para abordarlo, crea unas instituciones y a todo ello le proporciona un respaldo presupuestario. Cuando ese entramado se demuestra inútil para los teóricos beneficiarios —y muy rentable para los teóricos gestores de la solución—, el análisis concluye que la causa es el gasto insuficiente, que con una inversión más generosa quedará resuelto el asunto.

Así comienza y así se desarrolla esa espiral de fracaso fundamentada en lo que se ha dado en llamar de manera eufemística «movilización de recursos», es decir en la transferencia de rentas de contribuyentes desorganizados a grupos de presión organizados alrededor de las excusas más variopintas. Un ciclo que acaba derivando en otro más dañino e irreversible que el propio problema que en teoría pretende abordar: el del gasto, la deuda inmediata y los consecuentes impuestos futuros.

El carácter dogmático del gasto como remedio ha propiciado que la aplicación generalizada del proceso se traduzca en políticas fiscales y monetarias nocivas para la realidad diaria de la inmensa mayoría de las familias y trabajadores de Occidente, más conscientes y cuidadosos con la administración de la economía de su hogar y su pequeña empresa que los teóricos servidores públicos con aquello que es de todos.

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