- —m. teléfono móvil. U. m. en Esp.
- —m. Aquello que mueve material o moralmente algo.
Hace unas semanas, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, viró sin más explicaciones la política exterior de España en un asunto de tanta importancia como nuestras relaciones con Marruecos, aliado preferente de los Estados Unidos, en todo lo que se refiere a la antigua provincia española del Sahara Occidental. Esta decisión del presidente, comunicada en una carta dirigida al Rey de Marruecos, filtrada por Rabat, plagada de errores, no sólo sintácticos, sino con desprecio de las más elementales reglas de protocolo, fue una decisión cuanto menos ilegal ya que no está entre las atribuciones del presidente la dirección de la política exterior de la nación, que depende del Parlamento.
No entendimos entonces, como seguimos sin entender hoy, las motivaciones para esta injerencia ilegítima del presidente del Gobierno en beneficio de la expansión territorial de una dictadura como la marroquí, sobre todo después de las tensiones vividas entre las dos naciones a cuenta de la invasión de Ceuta ordenada por Rabat hace un año tras el desatino, uno más, de Sánchez y de la entonces ministra de Exteriores, Arancha González Laya, al permitir la entrada en territorio nacional de un terrorista saharaui enfermo que se encontraba en búsqueda y captura por la Audiencia Nacional. La desproporción entre el gesto entre humanitario y estúpido del Gobierno español y el asalto a la Frontera Sur de la Unión Europea con cerca de 10.000 ilegales marroquíes, es evidente. En estos casos, la Historia nos ha enseñado que sólo hay tres políticas posibles: enfrentamiento, apaciguamiento o rendición. Las dos primeras, solas o combinadas, son adecuadas para enfrentarse con una satrapía. La rendición siempre es un error.
Salvo que la política de rendición del presidente Sánchez con Marruecos no haya sido voluntaria y fruto de su incompetencia, sino una imposición. Hoy sabemos que los teléfonos móviles del presidente del Gobierno y de su ministra de Defensa, la tan alabada como incompetente Margarita Robles, fueron espiados durante los momentos de mayor tensión entre Rabat y Madrid y parte de la información de esos terminales acabó en manos de un servicio extranjero de Inteligencia. Si unimos los puntos en principio desconectados, como el espionaje al presidente del Gobierno y secretario general del PSOE por parte de un estado extranjero, con el viraje apresurado —e ilegal— de nuestra política exterior en favor de la dictadura marroquí y con la quiebra subsiguiente de las relaciones comerciales con Argelia en plena crisis económica y energética, el dibujo que resulta es mucho más que preocupante y las explicaciones, más necesarias que nunca.