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IPC desbocado, otro triunfo del socialismo

EDITORIAL
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Europa Press

Desde finales del año pasado, cuando la benéfica idea de que la vacunación masiva iba a provocar un reinicio de las economías semiparalizadas por la pandemia, los memorandos de las empresas de inversión alertaban de que la nueva normalidad sería anormal por el aumento de la demanda y la disminución de la oferta, sobre todo en lo que se refiere a la escasez de las materias primas, es decir, de los suministros. Si no saben de lo que hablamos, llenen el depósito de su coche —si es que las restricciones medioambientales le permiten moverlo—.

La economía pandémica, alertaban aquellos informes, no se comporta como una crisis académica, en la que la recuperación es lenta y, de alguna manera, sostenible. Las ganas de los supervivientes, alentados por las estrategias comunicativas de los Gobiernos, de volver a la situación precovid, iba a provocar una situación de cuello de botella que impone un aumento de la inflación que en último término siempre pagan los consumidores. Y esto aquí como en Washington. Aunque aquí, por las especiales características de España y la cantidad de mano de obra parada que dificulta el aumento de los salarios, un IPC desbocado sea más grave que allá. No sólo en lo económico, sino en lo social. Véase la actualización de las pensiones mientras la resiliente (con perdón) generación de los boomers ya está a las puertas de exigir sus derechos adquiridos después de una vida entera de trabajo.

La pregunta pertinente es si todo esto lo sabía el Gobierno. Si la manada de asesores de los que disfruta Pedro Sánchez y pagamos todos los españoles, le había advertido de los efectos perniciosos de lo que estaba por venir (y que ya está aquí) y de las medidas con sentido de Estado que habría que tomar para el reinicio. Si se lo advirtieron, de nada sirvió. Sólo un ejemplo: ¿en una situación evidente de escasez de suministros y aumento de la demanda, sobre todo de la demanda china (que paga al contado y jamás regatea), a un gobernante serio se le ocurriría poner en peligro las relaciones con Marruecos por cuyo territorio pasa buena parte del gas argelino que necesitamos por un quítame allá el covid a un terrorista del Polisario? 

Pero así funciona el socialismo y en buena medida, también Europa. Una Europa que mientras no encuentra un solo chip en el mercado, manda —huevos— una delegación a Hungría para medir su calidad democrática. Socialismo y burocracia son dos sistemas que una y otra vez, y ya llevamos 104 años en el caso del socialismo, triunfan siempre a la hora de empeorar la vida de sus gobernados. Unos gobernados que ya hemos sido advertidos de que la mejor solución no es bajar impuestos, reducir las administraciones o alentar la actividad empresarial, sino que trabajemos —los que tengamos empleo— hasta que reventemos o nos muramos. Mejor lo segundo. Cuidado con los reventones, gobernantes del futuro.

No diremos lo de «es la economía, estúpidos» que gritó el jaranero presidente Clinton cuando logró equilibrar el presupuesto de los Estados Unidos. Y no lo diremos porque no todo es economía y menos en esta España fracturada, invadida y en erte con la luz, el gas y la gasolina por las nubes. Suministros escasos que no pagan, entre otros, el presidente del Gobierno que se obstina en transiciones ecológicas feministas digitales a ninguna parte. En esta ocasión es más pertinente el inmortal suspiro del Conde de Romanones: «¡Joder, qué tropa!».

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