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21 de enero de 2022

La debilidad de Biden es nuestra debilidad

El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden

No hace ni medio año que los Estados Unidos, junto al resto de las fuerzas de la OTAN, se mostraron incapaces de enfrentarse al avance del régimen del terror talibán y protagonizaron un repliegue/fuga de Afganistán que ha devuelto a ese agujero asiático a, siendo generosos, la edad media. Es decir, y por si no ha quedado claro, la mayor potencia militar aliada del mundo libre salió corriendo —y dejando 13 soldados estadounidenses asesinados en el aeropuerto— frente a una fuerza irregular de fanáticos islamistas que en vez de cascos de kevlar llevan sombrero pakol y usan burros sin blindaje para el transporte de armas por las montañas de Paktia.  

Apenas seis meses después, el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, decidió celebrar con una vergonzosa rueda de prensa su primer año de mandato. Vergonzosa por el hecho cierto de que parecía que no se la había preparado, cuando es evidente que jamás, quizá con la excepción de Ronald Reagan —por sus dotes para la comunicación y su conocimiento exacto de su acción de gobierno—, siempre se las preparan. Y es bueno que así sea. Lo que tenga que decir el presidente de los Estados Unidos debe ser escuchado, y luego atendido o debatido, por el resto del mundo.

La vergüenza, sin duda, está en la intención manifestada del líder de la OTAN de permitir a Rusia una incursión menor en territorio ucraniano sin represalia alguna. Jamás se había visto una invitación semejante a invadir un país soberano. Que Rusia tenga sus razones, como ciertas reivindicaciones históricas que no deben ser desdeñadas, no significa que Occidente no tenga las suyas, por ejemplo la defensa de las naciones aliadas en el Báltico y la protección de la Frontera Este de la Union Europea. Por desgracia, parece mucho pedir para una alianza que se rindió ante los talibanes.

En ese choque de intereses, que el líder de los Estados Unidos acepte una rendición preventiva ante Rusia nos da una idea perfecta de cómo ha sido el primer año de mandato del presidente Biden: que en su discurso inaugural se rindió preventivamente a la cultura woke, los movimientos identitarios de justicia racial, el multilateralismo de Xi Jinping y el globalismo del Foro de Davos. Que hoy lo haga frente a Rusia es coherente con la debilidad mostrada en Afganistán, frente a China y frente al socialismo del siglo XXI del Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla que ha impulsado y financiado buena parte de la quiebra interna del orden y la paz social en los Estados Unidos.

Ni que decir tiene que después de un año con Biden, millones de estadounidenses se han dado cuenta de que la elección presidencial de 2020 fue un error. Con un IPC desbocado, carencia de suministros y otra rendición federal ante el covid-19 en todas sus cepas, el futuro, a las puertas de las elecciones legislativas del mid-term, será el de volver al pasado reciente, cuando en los Estados Unidos había un líder como Trump que, si estuviera al mando hoy, no nos cabe duda de que ya se habría reunido con Putin.

Cuanto más tarde, peor para Ucrania, para la Frontera Este de la UE, peor para nuestros aliados bálticos y mejor para Rusia. Alguien se lo tendría que explicar a Biden. Todo lo despacio y las veces que hicieran falta.

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