Los ataques a VOX

EDITORIAL

Los ataques continuos a VOX en la campaña electoral catalana son un ejemplo perfecto de la corrupción que asola esa parte de España, y no sólo esa parte. Corrupción económica, que quizá a estas alturas sea la menos importante, corrupción gubernamental, corrupción del lenguaje y corrupción de los grandes medios de comunicación al servicio (remunerado) del difunto bipartidismo.

Nuestro sistema constitucional del gobierno representativo sólo puede funcionar cuando el valor de los votos se mide en el acceso de los votantes a información libre sobre los candidatos. Dentro de ese proceso de maduración del pensamiento, la celebración en paz y en libertad de todos los actos de los partidos en el marco de una campaña electoral es una parte fundamental porque mide, mucho mejor que cualquier otro parámetro, la temperatura democrática de la sociedad en su conjunto y, por ende, el valor de los votos.

En el caso catalán, y ya lo adelantamos, esa temperatura democrática está por debajo del punto de congelación.

La corrupción gubernamental en el caso de los ataques continuos a VOX es palmaria. La desidia y la inacción de las fuerzas de seguridad catalanas a la hora de prevenir, reprimir y detener a los saboteadores violentos de un acto democrático como es un mitin de campaña, es un acto de pura corrupción de los mandos de la policía catalana al servicio de intereses partidistas que buscan vincular a VOX, aunque sea la víctima, con la violencia. Esta técnica perversa se completa presentando a la otra parte, la criminal —la que ataca, la que no es reprimida, la que se mueve en la impunidad más absoluta—, con nombres genéricos positivos como «antifascistas» o «activistas» que luego muchas de su señorías de la izquierda comunista incluyen en sus currículos profesionales yermos como un páramo desolado.

Esta corrupción del lenguaje, consentido, cuando no protegido, por los grandes medios de comunicación, es miserable. Nada tenemos que decir de los medios al servicio directo del nacionalismo separatista porque en su caso no hay corrupción del pensamiento, sino coherencia con su mensaje permanente de estulticia. Pero sí que tenemos que decir, y mucho, de medios de comunicación que dicen defender la Constitución —preámbulo, Título Preliminar y Título I—, la unidad de España como bien moral superior, el imperio de la ley y que se llenan la boca con apelaciones a la libertad de expresión, pero sólo a la suya.

La vieja costumbre corporativista del oficio de periodista (perro no come carne de perro) no debe impedirnos dirigirnos a esos colegas que redactan artículos de condena ligera de «las actitudes violentas» y en los que siempre hay una pirueta estupenda para que, a veces el centrismo ‘moderado’, muchas más veces la izquierda —la que subvenciona con nuestro dinero, la que invita a tertulias pagadas, la que coloca miembros de consejos de administración, la que promociona los libros de los periodistas o los hunde— no puedan acusarles de haber sido blandos con VOX. Ataques ad hominem incluidos.

A esos compañeros, algunos amigos, que de vez en cuando se preguntan frente al micrófono, frente a la computadora o en un reservado de algún hotel periférico cómo es posible que la democracia española haya llegado a este grado de corrupción, les invitamos a echarse una larga mirada frente a un espejo fiel y no deformado. Insistimos: una mirada larga, honrada y sincera.

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