«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
12 de febrero de 2023

Nada nuevo en el cine español

Algunos de los premiados en la gala de los Premios Goya 2023 (Europa Press)

Es justo reconocer que, en la última década, el cine español ha logrado elevar el patético nivel al que nos tenía acostumbrados. Con esporádicas excepciones, desde hacia demasiado tiempo que la industria cinematográfica se había instalado en una mezcla de insustancialidad, chabacanería y adoctrinamiento ideológico. Este último, alentado con manifiesta desvergüenza por el poder político con el dinero de nuestros impuestos.

De alguna manera, el cambio en la forma de ver películas que ha supuesto la llegada de las plataformas de transmisión de contenidos a nuestros hogares ha obligado al cine español a competir por el espectador y menos por la subvención. El resultado es, nunca mejor dicho, visible. Aunque padecemos todavía producciones subvencionadísimas de un mal gusto y una frivolidad rampantes, hoy disfrutamos de mejores historias, guiones más perfectos, más creatividad, actores más sólidos y algo menos de politiqueo barato.

Pero (y en esta ocasión la conjunción adversativa no anula nada de todo lo anterior), el cine español sigue obcecado en el error de convertir cada año la gala de sus Premios Goya en un espectáculo aburrido. Larga hasta la desesperación, sin gracia ni ritmo, y en la que la mayoría de los premiados se empeña en aprovechar su pequeño momento de gloria para darnos a conocer, como si fuera relevante, sus filias y fobias políticas. Filias, por otra parte, ya conocidas y que alcanzaron la cumbre de la desvergüenza en aquel sindicato de la ceja de infame recuerdo.

Por supuesto, todos ellos tienen el derecho, faltaría más, a ser o a aparentar ser digamos que progres. Unos cuantos con cuentas en paraísos fiscales, pero progres. Otros que han impuesto un muro de silencio indigno en torno al me too español, pero progres. Otros que salen de la Ruber Internacional para ponerse al frente de manifestaciones por la sanidad pública, pero progres.

Sin embargo, cuando sus discursos, y sobre todo en un súper año electoral como este, son en su inmensa mayoría una copia pétrea de los argumentarios de sus partidos subvencionadores favoritos —mucha defensa hipócrita de la sanidad pública, el feminismo y la subvención y ni una queja por la suelta de decenas de delincuentes sexuales—, desearíamos que la Academia del Cine contratase al actor inglés Ricky Gervais para que repita aquel discurso que dio la última vez —literal, nunca lo volvieron a llamar— que presentó la ceremonia de entrega de los Globos de Oro en Hollywood. Un discurso que sirvió para modificar, para bien, el tradicional comportamiento, también progre, también sectario, de los actores estadounidenses.

Dijo entonces el por otra parte cínico de Gervais: «Si ganáis un premio esta noche, no lo uséis como plataforma para hacer un discurso político. No estáis en condiciones de dar una conferencia al público sobre nada. No sabéis nada sobre el mundo real. La mayoría pasasteis menos tiempo en la escuela que Greta Thunberg. Así que si ganáis, subid, aceptad vuestro pequeño premio, dad las gracias a vuestro agente y a vuestro Dios e idos a tomar por…».

Sin duda podría haberlo dicho de una manera más elegante, pero el mensaje debe ser ese. Quizá el año que viene la ceremonia de entrega de los Premios Goya eleve por fin el nivel que ya ha elevado el cine español y rebaje el politiqueo. Lo dudamos, claro. La experiencia aquí es un grado. Pero como dijo Escarlata con los ojos arrasados en lágrimas en aquel inolvidable final de Lo que el viento se llevó: «Después de todo, mañana será otro día». 

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