No nos resignemos

EDITORIAL
Una motocicleta arde durante una protesta contra el arresto del rapero catalán Pablo Hasel en Barcelona, ​​España, el 17 de febrero de 2021. REUTERS/Albert Gea

Los vándalos izquierdistas que estos días incendian muchas ciudades españolas, revientan escaparates o apalean con saña a la Policía, no salen de la nada. Siempre han estado entre nosotros y son una cata de todos aquellos jóvenes que desprecian la democracia porque les han enseñado a despreciarla los mismos políticos a los que se les llena la boca con la palabra democracia y la reducen a un par de conceptos positivistas. Los mismos políticos que con sus llamamientos hipócritas a la lucha antifascista, entierran el respeto a la ley y a los derechos de los demás, que forman los cimientos de la paz social y del orden político sin los cuales no puede haber democracia.

Pero no acabamos de descubrir la pólvora. El primer párrafo lo conoce cualquier profesor de Derecho Constitucional. Salvo Zapatero, quizá. No, quizá, no. Seguro. La pólvora de verdad ha sido la estrategia consciente de la izquierda de crear un lumpen de violentos y tontos útiles dispuestos tanto a acampar en la Puerta del Sol como a descargar toda su furia contra la cabeza de un policía. Para conseguirlo, la izquierda política lleva décadas destrozando cualquier modelo educativo basado en el mérito y el esfuerzo; décadas exagerando los defectos del sistema de libremercado; décadas desacreditando las más altas instituciones y apelando a un fascismo que no existe más que en el reflejo del espejo en el que debería mirarse la izquierda; décadas usando y abusando de políticas identitarias que exacerban sentimientos irracionales; y décadas, en fin, comprando a golpe de subvención medios de comunicación para colocar esos mensajes que son la mecha que se aproxima a la pólvora.

Es cierto que algunas conductas de la clase política del establishment —la dejadez y la corrupción— y de unas pocas autoridades del Estado han colaborado necesariamente en la buena marcha de esta estrategia izquierdista que comparte fines y recursos con el separatismo, pero no es menos cierto que por accion, omisión o irresponsabilidad hemos llegado a un punto de extraordinaria gravedad para el futuro de la ya-no-tan-joven democracia española y la monarquía parlamentaria que le da forma.

Nada podemos esperar del presidente Sánchez que por su omisión del deber de expulsar del Gobierno a un incitador de la violencia como es su vicepresidente Pablo Iglesias, se ha convertido en cooperador necesario de la estrategia del comunismo podemita. Pero sí debemos esperar mucho de la sociedad civil, de aquellas formaciones políticas y esos pocos medios y periodistas libres —We few, we happy few, we band of brothers— que no se resignan a ver cómo muere una nación y que se niegan a aceptar que tenemos lo que nos merecemos.

Aunque a veces lo parezca.

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