Ojalá votaran los muertos

EDITORIAL

El general Prim en la batalla de Tetuán (1865), del pintor Francisco Sans Cabot; Museo Nacional de Arte de Cataluña

Los voluntarios catalanes que con la bayoneta calada siguieron al general Prim en la batalla de Wad-Ras, los marineros del capitán Deschamps que burlaron el bloqueo de Cuba en 1898, el diputado liberal y barcelonés Antoni de Capmany i Montpalau que defendió en las Cortes de Cádiz las corridas de toros “por ser expresión del carácter nacional”; los sitiados de Gerona, los soldados de aquella Compañía Franca de Cataluña que defendieron la bandera española en Alaska, Agustina de Aragón, el ilerdense Gaspar de Portolá que gobernó las Californias; aquellos voluntarios catalanes en el frente del Voljov, el capitán Masip, Salvador Dalí, el primer presidente republicano Pi i Margall, el guerrillero tradicionalista Carrió i Serracanta que jamás dio cuartel a los franceses; Luis de Requesens, mentor de Juan de Austria y su lugarteniente en la más alta ocasión que vieron los siglos, El noi de la Riereta, Joaquín Bernadó Bertomeu, que fue el mejor torero catalán de la Historia; Fusté contra Alemania, Socías Humbert, el pintor de batallas Ferrer Dalmau; Matute, Plá, Salisachs y esperemos que Falcones; araneses contra el maquis, Rafael Casanova sin duda alguna, el tambor del Bruch, Rosa María Rosas y los otros cuatro niños que asesinó la ETA en la casa cuartel de Vich…

Podríamos seguir en una lista eterna citando a los catalanes que desde hace mil años se reunieron en torno al proyecto de España y de la Hispanidad y que sin renunciar al amor al terruño, que es amor de bien nacido, se sintieron partícipes de la construcción nacional. Que la deslealtad de aquellos industriales que se reunieron en torno a las Bases de Manresa y que crearon de donde no había nada un nacionalismo aldeano, no nos impida admirar el esfuerzo, las lágrimas y el sudor de millones de catalanes que nos precedieron y que jamás tuvieron duda de su españolidad.

En las últimas décadas, por desgracia, ese nacionalismo pueblerino que ha dado la espalda a esos millones de catalanes tan españoles como un burgalés o un melillense —y que ya sólo pueden defender su obra y su legado a través de los libros que no se estudian en los colegios catalanes—, ha tenido mayorías suficientes y poder real para imponer sus desleales exigencias a todos los Gobiernos de la nación y a sus ambiciosos presidentes. Gobiernos, todos, que han disculpado traiciones, chantajes, imposiciones lingüísticas en contra de la Cataluña real y que han consentido toda suerte de corruptelas.

Tal ha sido la debilidad democrática de los Gobiernos de España y de los partidos nacionales representados en el Parlamento regional catalán, que hasta consintieron que del seny del dignísimo president Josep Tarradellas se haya pasado a mancillar la Casa de los Canónigos con pesadillas de la democracia como el fugado de la Justicia Carles Puigdemont o el racista prototipo de la rauxa Quim Torra, hijos políticos los dos del andorrano Jordi Pujol. Y hay más conjuras de la mediocridad, como que se haya pasado de Solé Turá, uno de los padres de la Constitución, a Salvador Illa y los 90.000 muertos que contempla su ineptitud. De tener un alcalde en Barcelona como Mateu y Pla a soportar a Ada Colau hay un mundo tan vasto que encontraríamos dragones…

Este domingo, en las urnas, para mayor anomalía democrática, el partido de un fugado de la Justicia española luchará por el primer puesto con el partido de un sedicioso y malversador convicto que lo más recto que tiene es la mirada. Entre ellos, un partido socialista que no quiere decirse español, presenta a un hombre desvergonzado sin conciencia del enorme daño causado por su ineptitud.

Enfrente, el partido Ciudadanos, aquella gran esperanza que decidió cabalgar ambiciones personales y contradicciones y que hoy debate su propia inutilidad pie a tierra. El Partido Popular, cuna de héroes, cama de tibios, el que firmó el infame Pacto del Majestic que descabezó a un hombre lúcido como Vidal-Quadras y que luego alimentó la indolencia del presidente Rajoy.

Y, al fin, por fin, VOX.

Ojalá votaran los muertos. De alguna manera sí que lo hacen cuando el que va a depositar su voto tiene presentes a los millones de hombres y mujeres catalanes que le precedieron en su afecto a España y que murieron honrados como españoles leales. No votan, desgraciadamente, cuando desde el poder nacionalista, socialista y, para nuestro asombro (siglo XXI), comunista, se les hurta sus nombres, sus hechos y hasta sus estatuas mientras se bautizan calles con el nombre de racistas desquiciados como Sabino Arana.

Si votaran los muertos, la reconquista de un pedazo prodigioso de España como es Cataluña, abandonada, corrompida y empobrecida por tantos mediocres ambiciosos, sería más fácil. Sea como sea, cueste lo que cueste, ahora, lo que hace falta el domingo es empezar la reconquista.

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