
Arthur B. Laffer (Youngstown, Ohio, 1940) es uno de los economistas estadounidenses más influyentes del último medio siglo y uno de los grandes referentes intelectuales de la economía de la oferta. Su nombre quedó asociado para siempre a la llamada Curva de Laffer, que describe la relación entre los tipos impositivos y la recaudación y advierte de que, superado determinado punto, una subida de impuestos puede reducir la actividad económica hasta provocar incluso una caída de los ingresos fiscales. La idea se convirtió en uno de los símbolos de la revolución económica conservadora que transformó Estados Unidos y Reino Unido durante los años ochenta.
Laffer conoce además la política económica desde dentro. Trabajó en la Administración estadounidense desde comienzos de los años setenta, fue el primer economista jefe de la Oficina de Gestión y Presupuesto de la Casa Blanca y posteriormente se convirtió en uno de los principales asesores económicos de Ronald Reagan, formando parte de su Economic Policy Advisory Board durante sus dos mandatos. Las grandes rebajas fiscales de la era Reagan —incluida la reducción del tipo marginal máximo del impuesto sobre la renta desde el 70% hasta el 28%— estuvieron profundamente vinculadas a la filosofía económica que Laffer llevaba años defendiendo: impuestos bajos, incentivos a la inversión, menor intervención estatal y crecimiento de la base productiva. Décadas después, Donald Trump le concedió en 2019 la Medalla Presidencial de la Libertad, la máxima distinción civil de Estados Unidos, por su contribución a la política económica.
A sus 86 años continúa defendiendo las mismas ideas. De paso por Madrid después de visitar Reino Unido, recibe a LA GACETA para hablar sobre el modelo económico de Donald Trump, la decadencia británica, la presión fiscal europea y las reformas que España necesita para recuperar crecimiento y prosperidad. Laffer no oculta tampoco su simpatía por VOX: considera que el partido comparte buena parte de los principios que él ha defendido durante décadas y cree que su programa económico apunta en la dirección correcta.
¿Qué valoración hace de la economía estadounidense en este momento?
La economía estadounidense está funcionando realmente, realmente bien. Hemos eliminado los impuestos sobre las propinas de los trabajadores del sector servicios y también los impuestos sobre las horas extraordinarias. Esto último es especialmente importante cuando ocurre una tragedia nacional y hay personas que tienen que trabajar 80 o 90 horas para salvar vidas o llevar a cabo labores de emergencia. Esas no son las personas a las que quieres castigar fiscalmente; son precisamente las personas a las que quieres incentivar.
También hemos introducido requisitos laborales para determinadas ayudas sociales. Si necesitas asistencia, está bien, pero si eres capaz de trabajar debes demostrar que estás buscando empleo. Para mí tiene todo el sentido. Y hemos introducido recursos para favorecer la libertad de elección educativa, de modo que una familia que no esté satisfecha con la escuela de sus hijos pueda utilizar esos fondos para buscar otra opción. Todo eso nos coloca en una posición magnífica para expandir la economía y los números están llegando muy bien.
Usted se ha mostrado especialmente crítico con el impuesto de sucesiones. ¿Por qué?
Tengo 86 años y tengo todo el dinero que podría necesitar. ¿Por qué sigo trabajando? Por mis hijos, mis nietos y mis bisnietos. Y si me cobras impuestos cuando genero esos ingresos y después vuelves a gravarlos cuando quiero transmitírselos a ellos, me parece profundamente injusto. Creo que el impuesto de sucesiones es uno de los impuestos más inmorales que conozco.
Puedes ganar tu dinero, pagar tus impuestos, marcharte después a Las Vegas, apostar, beber, fumar y gastarte absolutamente todo, y el Gobierno te dice: «Perfecto, adelante, diviértete». Pero si en lugar de gastarlo decides entregárselo a tus hijos o a los hijos de otra persona, entonces parece que eso está mal. No tiene sentido. Transmitir patrimonio a la siguiente generación es algo bueno, y para mí es especialmente importante.
Viene de pasar varios días en Reino Unido y ahora está en España. ¿Qué le trae a Madrid?
Me encanta España. He estado aquí muchas veces. Cuando era joven estudié en la Universidad de Múnich, entre 1959 y 1961, y solíamos venir a Madrid. Siempre me ha gustado muchísimo este país. Creo que España es uno de los grandes países y, si alguna de las experiencias que he acumulado trabajando con gobiernos en Estados Unidos y en muchos otros lugares puede servir para ayudar a tomar mejores decisiones económicas aquí, estaré encantado.
No vengo a España a decirles lo que tienen que hacer. Sería un enorme error llegar a un país extranjero y pretender conocer todos sus problemas mejor que quienes viven aquí. Pero si mi experiencia puede arrojar algo de luz sobre determinadas políticas y ayudar a que España sea más próspera, me encantaría contribuir.
VOX plantea importantes rebajas fiscales y una política de desregulación. ¿Comparte esos principios?
Por eso estoy aquí con ustedes. Yo creo en lo que llamo los cinco pilares de la prosperidad. El primero consiste en tener el tipo impositivo más bajo posible aplicado sobre la base imponible más amplia posible. De esa manera reduces los incentivos para evadir, eludir o esconder renta y, al mismo tiempo, eliminas buena parte de las deducciones, exenciones, exclusiones y créditos que complican el sistema. Lo ideal es avanzar hacia un sistema sencillo, de tipos bajos y base amplia.
El segundo pilar es el gasto público. El Gobierno tiene un papel muy importante: necesitamos jueces, Policía, bomberos, escuelas y Fuerzas Armadas. Pero también existen muchísimas cosas que el Gobierno no debería hacer. Hay que conseguir que el Estado sea extraordinariamente bueno haciendo aquello que debe hacer y sacarlo de aquellas actividades en las que no debería estar.
El tercer elemento es una moneda sólida, porque pocas cosas pueden poner de rodillas a una economía tan rápidamente como una moneda débil, la inflación descontrolada y unos tipos de interés elevados. El cuarto es la desregulación. Evidentemente necesitamos normas, pero deben estar centradas en resolver problemas concretos sin provocar enormes daños colaterales sobre el resto de la economía. Por lo que tengo entendido, en España existe mucha regulación y probablemente una parte de ella sea excesiva.
Y el quinto pilar es el libre comercio. Hay cosas que los extranjeros hacen mejor que ustedes y cosas que ustedes hacen mejor que los extranjeros. Sería absurdo que España no vendiera aquello que produce mejor a cambio de aquello que otros países producen mejor. Eso es lo que he defendido durante toda mi vida y, francamente, por eso me gusta tanto VOX. Creo que este es precisamente el tipo de políticas que podría llevar a España.
Muchas veces esas ideas se presentan como «economía de derechas».
No. Se llama economía. Se dice: «Eso es economía de derechas», pero de lo que estamos hablando realmente es de entender cómo funcionan los incentivos. Si cobras impuestos a la gente que trabaja y pagas cada vez más a la gente que no trabaja, terminarás consiguiendo que haya más gente que no trabaje. Si tienes dos lugares, A y B, y subes los impuestos en A mientras los reduces en B, los productores, los fabricantes, las empresas y las personas acabarán trasladándose de A hacia B. No es algo especialmente complicado.
Y si simplemente te dedicas a aumentar los impuestos a los ricos para repartir ese dinero, terminarás teniendo muchos pobres y cada vez menos ricos. El sueño debería ser hacer más ricos a los pobres, no hacer pobres a los ricos. No hay nada malo en ser rico; hay algo desesperadamente malo en ser pobre. El objetivo consiste en elevar a quienes están abajo, no en derribar a quienes están arriba. Hay que igualar hacia arriba, no hacia abajo. Ese es mi modelo económico, y entiendo que encaja bastante bien con VOX.
España soporta una elevada presión fiscal y una deuda pública superior al 100% del PIB. ¿Hasta qué punto puede una economía mantener esa situación?
Prefiero no entrar demasiado en las cifras concretas de España porque no quiero hablar sobre aquello que no conozco suficientemente. Pero sí conozco muy bien la estructura fiscal británica y allí se puede observar perfectamente lo que ocurre cuando los impuestos se llevan demasiado lejos. Cuando Gordon Brown elevó el tipo máximo del impuesto sobre la renta desde el 40% hasta el 50%, las consecuencias fueron muy negativas. Hoy vemos cómo personas con rentas muy elevadas, inversores y empresas abandonan Reino Unido. Cuando pierdes a un contribuyente que aportaba cientos de millones de libras, necesitas una cantidad enorme de nuevos contribuyentes para compensar esa pérdida.
En 1950, Reino Unido representaba aproximadamente entre el 6,5% y el 7% del PIB mundial. Hoy supone alrededor del 3%. Y al mismo tiempo los británicos soportan una de las cargas fiscales más altas de su historia. Las políticas económicas tienen consecuencias y estas se terminan reflejando en la producción, la inversión y el nivel de vida de las personas.
Usted participó precisamente en una de las grandes revoluciones fiscales del siglo XX junto a Ronald Reagan. ¿Qué enseñanzas extrae de aquella experiencia?
Cuando llegó Reagan redujimos el tipo marginal máximo del impuesto sobre la renta desde el 70% hasta el 28%. Bajamos también el impuesto de sociedades desde el 46% hasta el 34%, pasamos de catorce tramos del impuesto sobre la renta a solamente dos y simplificamos enormemente el sistema. Y después vivimos un extraordinario aumento del crecimiento económico. Funciona. Es sentido común: tipos impositivos bajos, una base imponible amplia y un sistema sencillo. Después hay que quitarse de en medio y permitir que las personas puedan ocuparse de sus propias vidas.
Por supuesto, si alguien realmente no puede salir adelante por sí mismo hay que ayudarle. Somos personas civilizadas y cristianas. Ayudemos a quien no puede ayudarse a sí mismo. Pero no diseñes un sistema en el que una persona reciba tantas ayudas que trabajar deje de merecerle la pena. Eso no es sensato. Nadie está orgulloso de depender permanentemente del Estado. El objetivo debe ser devolver a las personas al trabajo y permitirles construir sus propias vidas.
La Unión Europea lleva años hablando de simplificación y desregulación, aunque la carga normativa continúa siendo enorme. ¿Qué efectos puede tener ese modelo?
Déjeme poner el ejemplo de la energía en Estados Unidos. Cuando llegó Trump desreguló el sector energético. Y eso no significa que yo quiera aire sucio o contaminación. Por supuesto que no. Estados Unidos ha seguido mejorando medioambientalmente sin necesidad de paralizar su producción energética. Al eliminar determinados obstáculos, la producción se disparó, el país reforzó enormemente su independencia energética y pudo vender energía al resto del mundo.
Con Reagan ocurrió algo parecido. Yo era asesor de Occidental Petroleum, con Armand Hammer, y recuerdo haber explicado en una reunión que la eliminación de determinados controles sobre el petróleo y el gas haría caer fuertemente el precio de la energía. No les gustó nada mi predicción y acabaron echándome de la reunión. Yo pensaba que el petróleo podía caer hasta unos 20 dólares por barril y terminó llegando mucho más abajo. La lección es que la regulación puede resultar extraordinariamente costosa cuando intenta controlar cada aspecto de una economía. Evidentemente necesitamos normas; nadie propone eliminar todas las reglas. Pero debemos evitar que el regulador, intentando corregir un problema, destruya diez cosas que funcionaban bien.
Entonces, sin entrar en medidas concretas, ¿Qué principios debería seguir España para generar más crecimiento y prosperidad?
Volvería exactamente a los cinco pilares: impuestos bajos sobre una base amplia, contención del gasto público, una moneda sólida, regulación limitada y bien diseñada y libre comercio. España puede construir una economía política de crecimiento extraordinaria, pero debe comprender que no puedes castigar fiscalmente a las personas que producen y esperar al mismo tiempo que produzcan cada vez más. Los gobiernos gastan demasiado y con demasiada frecuencia utilizan ese dinero de manera ineficiente.
Eso nos lleva precisamente a la Curva de Laffer. Cuando elevas los impuestos sobre la producción, obtienes menos producción. Al principio puedes aumentar los tipos y seguir recaudando más porque la caída de la actividad todavía no compensa la subida del impuesto. Pero si continúas subiéndolos, llega un punto en el que has reducido tanto la base imponible que una nueva subida de tipos provoca incluso una caída de la recaudación. Ese es el punto que la gente suele asociar con la Curva de Laffer, pero lo importante es comprender que la economía ya está sufriendo mucho antes de llegar hasta allí. Que el Gobierno todavía consiga aumentar su recaudación no significa que el impuesto no esté dañando la economía.
¿Qué valoración hace entonces de la orientación económica de VOX?
Por lo que conozco, en VOX son realmente buenos en muchas de estas cuestiones. Creo que están avanzando en la dirección correcta. Lo fundamental es mantener claros los principios: tipos fiscales bajos, una base imponible amplia, simplicidad y eliminación de todas aquellas deducciones, exenciones y distorsiones que complican innecesariamente el sistema.
Hay tres cuestiones importantes cuando hablamos de impuestos: cómo recaudas el dinero, cuánto dinero recaudas y gastas y en qué gastas ese dinero. Hay que recaudar de la forma menos dañina posible, evitar gastar demasiado y dirigir el gasto hacia aquello que realmente aumenta la productividad. Mejorar las infraestructuras, mejorar las escuelas, enseñar oficios y habilidades que permitan trabajar y garantizar que las instituciones favorezcan la iniciativa privada y el crecimiento. Porque, al final, la mejor forma de política social es un buen empleo bien pagado.
También ha trabajado durante décadas en Iberoamérica. ¿Qué impresión le produce ahora la región?
He estado muchísimas veces en Chile. Trabajé con muchos de los economistas conocidos como los Chicago Boys y vi cómo aquellas reformas económicas transformaron el país y elevaron enormemente sus tasas de crecimiento. Conozco a muchas de aquellas personas desde hace décadas y sigo manteniendo relación con economistas chilenos. España también puede generar prosperidad si crea las condiciones adecuadas para ello.
He seguido igualmente lo que ocurre en Argentina, Colombia, Bolivia, Perú, Venezuela y El Salvador. En El Salvador, Bukele decidió enfrentarse de manera muy contundente al problema del crimen y los resultados han transformado la seguridad del país. Es fascinante observar todos estos cambios políticos que están ocurriendo en Iberoamérica. Y, naturalmente, el pueblo venezolano merece libertad y prosperidad.
Después de más de medio siglo participando en debates económicos y políticos, ¿Qué consejo daría a quienes quieren aplicar estas reformas?
Hay que ser valientes y mantenerse firmes en los principios. Evidentemente, la política exige negociar. Cuando llegas al último día y necesitas alcanzar un compromiso para aprobar una ley, probablemente tengas que hacerlo. Eso es normal. Pero no debes abandonar tus principios antes siquiera de comenzar la negociación.
Los grandes cambios económicos necesitan convicción. He estado en esto durante muchísimo tiempo: empecé a trabajar en la Casa Blanca en 1970. He visto gobiernos, presidentes, reformas económicas, éxitos y fracasos en muchos países. Y una cosa no cambia: si quieres prosperidad, tienes que proteger a quienes producen, trabajan, invierten y crean. Sean fuertes en sus principios.