
Ha visto pasar por sus aulas a miles de alumnos de Periodismo. Navarra, Tenerife y Madrid han sido testigos de su ejemplar magisterio, y de una trayectoria vital y profesional llenas de coherencia. Sus libros Desinformación. Métodos, aspectos y soluciones e Infoética. El periodismo liberado de lo políticamente correcto son ya, por derecho propio, obras de obligada lectura para cualquiera que aspire a ser un informador de verdad. Después de años desvelando las mentiras que rodean nuestro oficio, Gabriel Galdón (Jerez de la Frontera, 1953) ha publicado recientemente, en la editorial «Tu Librería», Aquel que se salva, sabe, una obra que no deja a nadie indiferente. Porque Gabriel, a diferencia de la mayoría de los católicos de nuestro tiempo, siempre se moja.
Usted ha escrito muchos libros sobre periodismo, materia de la que es un gran experto, pero esta vez se ha decantado por una obra de carácter marcadamente confesional y de apologética. ¿Por qué?, ¿cuál ha sido la génesis de Aquel que se salva, sabe?
Lo explico detalladamente en la introducción del libro. Con mayor brevedad, le diré que una vez que me jubilé, tras una larga y fecunda trayectoria docente e investigadora en el ámbito de la Universidad, le pregunté al Señor en mi oración personal que qué quería que hiciera ahora. Y se me vino a la cabeza y al corazón la situación calamitosa en la que se encuentra el mundo y, particularmente, nuestra querida España. Reflexioné sobre las causas. Una de las veintitrés que hallé es la falta de coherencia, la tibieza y la confusión de la mayoría de los católicos durante las últimas décadas. Parafraseando una de las parábolas de Cristo, cabe decir que mientras que el diablo y sus secuaces han ido sembrando las semillas de la mentira, el odio y la irracionalidad, los cristianos hemos estado dormidos y no hemos sabido ser sal y luz del mundo. De modo que ese “progresismo” -que en realidad es el regreso a la barbarie con tecnología punta- se ha enseñoreado de la sociedad, infeccionando también las mentes y los corazones de muchos católicos en todos los ámbitos. De modo que la nación forjada por el catolicismo, cuyo esplendor ha brillado durante siglos como faro luminoso de la civilización occidental, es ahora una Babel mefistofélica. Así que concluí que debía escribir un libro recordando los criterios verdaderos y perennes que la mayoría ha olvidado (o rechazado por tibieza o cobardía) y que deberían servir para que cada uno vuelva a considerar la Luz salvadora de Cristo y para fundamentar la batalla espiritual, cultural y política que tenemos que librar en estos tiempos. Me puse manos a la obra y han salido estas 33 palabras de Luz, bajo el título de “Aquel que se salva, sabe” que ya no hace falta explicar.
Al igual que yo mismo, Vd. es lo que se llama hoy «un católico en la vida pública», es decir, alguien que no esconde su fe y trata de llevarla a su actividad profesional para que redunde en la sociedad. Sin embargo, el mundo actual nos ve como unos «ultras», prácticamente como unos chiflados incapaces de razonar. ¿Cómo resolver este conflicto en nuestro día a día?
Yo no veo ningún conflicto, pues ante la calumnia lo mejor es decir con Cervantes “ladran, Sancho, luego cabalgamos”. Pues si andamos en la buena dirección, es decir, si somos cristianos coherentes, sabemos que en nuestro ADN está siempre la persecución que nos anunció el Señor. Así que, como San Pablo, hay que alegrarse de que se mofen de nosotros, nos ninguneen y nos persigan de mil maneras. Pues “todo concurre al bien de los que aman a Dios”.
En Aquel que se salva, sabe hay una crítica, si no descarnada, sí muy evidente a la «fe tibia de los pastores», a aquellos que han preferido acomodarse al mundo antes que proclamar el Evangelio y la doctrina tradicional de la Iglesia. ¿Vive Vd. este tema con dolor?
Claro que me duele y mucho. Como me duele también que, como Usted dice en uno de sus libros, el verdadero periodismo haya muerto, al menos en los grandes medios, pues gracias a Dios hay pequeños medios que, con muchas dificultades, mantienen la llama viva. Y como me duele, asimismo, la incoherencia de tantos profesores universitarios, de tantas instituciones católicas… Pero de ese dolor hay que sacar más amor por la verdad y más independencia crítica. Si los pastores enmudecen o confunden, los medios oficialmente católicos no defienden la verdad y están mundanizados y los profesores católicos están en Babia, hay que acudir a las fuentes verdaderas y perennes para adquirir el criterio recto. De ahí que dos palabras muy interesantes y útiles del libro sean Biblia y Catecismo.
Su libro no solamente «forma e informa», sino que también entretiene porque está escrito con un estilo ágil y directo. Me imagino que no ha sido nada fácil resumir cuando uno tiene tantas cosas que poder contar acerca de un tema como es la Fe Católica…
En efecto, lo que más me ha costado es resumir. Pero he sido consecuente con mis teorías informativas y, gracias a Dios, he logrado que cada palabra sea una “síntesis significativa de un saber verdadero y útil”, a modo de una “reflexión para otra reflexión”. Y digo que lo he logrado porque así me lo han hecho saber todas las personas que, tras leer el libro, han tenido a bien enviarme un mensaje con sus impresiones. Tengo ahora la tentación de leerle algunos de esos mensajes, pero por pudor y por ser fiel a lo que he escrito sobre la humildad en el libro, la rechazo.
En este «breve diccionario de palabras de Luz», que es el subtítulo de la obra, hay algunos términos en los que me interesa mucho incidir (aunque, realmente, podríamos hacerlo en todos). Por ejemplo, la ética (que en lo profesional llamamos «deontología»); ¿qué importancia tiene en el mundo de hoy, literalmente carcomido por el relativismo?
He enfocado esa síntesis sobre la ética, yendo al núcleo de la cuestión que es el amor por la verdad, el cumplimiento de la palabra dada y del compromiso adquirido, que, junto al sentido religioso auténtico, son los fundamentos humanos de cualquier sociedad y sin los cuales la sociedad se desintegra. Hoy, el poder político y mediático está ya en las antípodas de estas actitudes. Por eso, los que aún permanecemos fieles al sentido cristiano tenemos que priorizarlas en esa batalla personal y social, espiritual y cultural. Respecto al relativismo, me perdonará si le digo que ya el “progresismo” hacia la barbarie ha superado esa etapa. Pues ha pasado de “que no hay verdad ni mentira…” a convertir lo que es, de modo natural y tradicional, verdadero y bueno, en malo y perverso y lo que es, de por sí y considerado tradicionalmente así, una aberración, en algo bueno y maravilloso. Puedo ponerle muchos ejemplos, pero me conformaré con uno: “consagrar” el aborto como derecho y perseguir a los que rezan ante una clínica abortiva. Esto se llama “blasfemia contra el Espíritu Santo”, el único pecado que, en palabras de nuestro Señor Jesucristo, no será perdonado ni en esta vida ni en la otra. Así que tenemos que rezar mucho más y mucho mejor y, con la fuerza de la Gracia, defender la verdad, la vida, la justicia y la libertad. Todas esas maravillosas palabras están en el libro, como Usted ha leído ya.
Hábleme del discernimiento, otro de los términos que Vd. analiza. Lo define como «la reflexión necesaria para obrar bien». Pero el mundo de hoy nos empuja a todo lo contrario, a la impulsividad y a la acción inmediata. De nuevo, los católicos «en conflicto con lo que nos rodea»…
En efecto, es importantísimo en este mundo de la propaganda sistemática del relato diabólico, de la saturación desinformativa y manipuladora, de tecnolatría asumida acríticamente, de confusión generalizada, de blasfemia contra el Espíritu Santo en definitiva, como acabamos de ver, es urgente que, pidiendo luces al Espíritu Santo con humildad, volvamos a la lectura de los mejores libros (en la palabra Cultura propongo una lista) y al hábito de la reflexión. En esa palabra Discernimiento que a Usted le ha gustado expongo los criterios prudenciales que hay que tener en cuenta a la hora de tomar cualquier decisión. Y sí, es importantísimo seguirlas, ya que gran parte de los errores que hemos cometido en estas últimas décadas han sido por falta de un discernimiento prudencial.
Me interesa mucho su reflexión sobre la humildad, porque de nuevo vemos el choque con la realidad: la soberbia es lo que caracteriza la mayoría de las actitudes humanas de nuestra época. ¿Es la humildad una virtud exclusivamente cristiana, o se puede ser humilde de corazón cuando se está alejado de Dios?
Sí, el contenido de esa palabra le ha servido mucho a algunas de esas personas que han tenido la amabilidad de enviarme sus consideraciones, ya que, como explico ahí, la humildad es la base de todas las demás virtudes. Y la soberbia la raíz de todos los errores y horrores. Y la primera manifestación de esa humildad es reconocernos criaturas de Dios. Y la primera manifestación de la soberbia el querer ser como Dios. Una manifestación clara de esto es la ideología de género, de la que hablo en la palabra familia. Otra, la tiranía. Y así podríamos seguir. Pero, respondiendo a su pregunta concreta, aunque implícitamente ya está contestada, le diré que sin la obediencia a Dios, y en concreto, sin Cristo, nada bueno podemos hacer. Y, con Chesterton, le añadiré que, si no se vive vida sobrenatural, se acaba viviendo una vida antinatural. Pero, yendo a lo positivo, la humildad lleva a contar en primer lugar con los medios sobrenaturales en esta batalla espiritual y cultural que tenemos que dar los católicos españoles. Que no se nos olvide ese refrán castellano tan certero: “A Dios rogando y con el mazo dando” pues veo que a muchas personas de buena voluntad y que están inmersos en esa batalla, se les olvida actualizar constantemente lo primero. Por eso, otras palabras interesantes de mi breve diccionario son Eucaristía y Oración.
Decía San Luis María Griñón de Monfort que “a quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace devoto de la Virgen María”. Todos los que amamos a la Santísima Virgen entendemos esta frase, y sé que Vd. también lo es. ¿Qué pasaría si todos los ciudadanos del mundo rezásemos el Santo Rosario a diario, profesor?
Hombre, desgraciadamente, aún muchos ciudadanos del mundo no conocen a la Santísima Madre de Dios y Madre nuestra, con lo que es un poquitín difícil que le recen. Pero que muchísimos españoles, en la “Tierra de María”, como definió a España San Juan Pablo II, esperen a la Semana Santa y a la fiesta de la patrona del pueblo para lanzarle piropos a la Virgen, cuando ella en Fátima y en muchos lugares más nos ha pedido que recemos el santo Rosario diariamente; cuando todos los santos y papas lo han rezado y recomendado por activa y pasiva; cuando sabemos que ha sido un “arma” decisiva en Lepanto, en la Evangelización de América… Resulta que no lo rezamos para que nos ayude a librar la batalla de nuestra santidad personal y la de la Reconquista de la Unidad de España que, como dijo en su momento el Cardenal Rouco, ante el enfado de muchos de sus colegas, es un bien moral. Como lo es, en primer lugar, el deber de respetar la Vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte natural y otras muchas cosas por las que hemos de rezar el Rosario, amén del agradecimiento a Nuestra Madre que, como digo en la última palabra del libro, Virgen María, es la encargada por Dios para capitanear esta batalla espiritual y cultural que, acabaremos venciendo pues, al final, Su Corazón Inmaculado triunfará. Si los católicos españoles rezáramos diariamente el Santo Rosario, la batalla se ganaría antes y se evitarían muchísimos sufrimientos que todavía tenemos que pasar.
España ha sido una nación pródiga en mártires; unos fracasados para el mundo actual (que vive de espaldas a Dios), y «unos triunfadores», como los define Vd. en el libro. Nuestro Señor también murió como un fracasado a ojos del mundo, siendo el mismo Dios hecho hombre. ¿Hay mártires en el siglo XXI?
Hay tres tipos de martirio: el de sangre, el de la coherencia y el de la paciencia. Aunque en muchos países del mundo, diariamente, se está produciendo el primero (por ejemplo, en Nigeria, en lo que va de año, ha habido cerca de ocho mil cristianos asesinados por el fanatismo musulmán), por ahora lo nuestro es el segundo y el tercero. Y es el no querer afrontar estos martirios lo que explica que haya tan pocos adalides de esta batalla espiritual. Y eso no lo entiendo, teniendo como tenemos el maravilloso ejemplo de los mártires del socialismo, comunismo y anarquismo desde 1931 a 1939. Ellos están triunfantes y eternamente felices en el Cielo. Muchos han sido beatificados o canonizados. No sé qué nos ha pasado para que hayamos perdido el sentido martirial de la existencia, nos toque el tipo de martirio que nos toque.
Denos un motivo de esperanza, profesor, en un mundo tan envilecido y violento. ¿Qué debemos hacer para no sucumbir ante el pesimismo?
Yo creo que esa pregunta está ya contestada. Si luchamos por ser cristianos de verdad, coherentes con nuestra Fe, no sólo no tenemos nada que temer, sino que tenemos que estar seguros de nuestra Victoria, la de Dios y la de Su Madre y Madre nuestra. Lo cual queda muy claro en el libro. Así que de pesimismo nada. Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, y ha Resucitado a la Gloria como primicia de todos los que queramos seguirle, con la protección y el amparo de la Virgen y el Auxilio del Espíritu Santo. Y esta es la esperanza y la sabiduría verdaderas, pues “Sólo el que se salva, sabe”.
Además, como lector satisfecho y agradecido, doy fe de que, en efecto, este libro arroja una luz necesaria sobre los temas perennes que trata.