«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Nigeria concentró casi el 70% de los asesinatos reportados el año pasado

Nigeria, Irán, Siria… la persecución contra los cristianos se recrudece en el mundo

Niños frente a la Virgen María. Redes sociales

La persecución contra los cristianos se recrudece en el mundo y cada cinco minutos ya muere alguno a causa de su fe. Países como Nigeria, Siria, Irán, El Congo, Egipto o Pakistán son sólo algunos de los lugares donde, a consecuencia del poder del Estado Islámico, se están cometiendo todo tipo de atrocidades ante el silencio de occidente y gran parte del mundo.

Un dato escalofriante ha salido a la luz recientemente en foros interreligiosos: se estima que cada cinco minutos un cristiano es asesinado por sus creencias, lo que equivaldría a unos 105.000 fallecimientos anuales, según el sociólogo Massimo Introvigne, representante de la OSCE para la lucha contra la intolerancia hacia los cristianos.

El informe anual de Puertas Abiertas aporta también estadísticas desgarradoras. En el periodo 2022-2023, se registraron más de 5.000 asesinatos de cristianos por motivos religiosos, lo que supone una cifra cercana a los 13 fallecimientos diarios. Además, más de 4.000 creyentes fueron arrestados sin juicio previo, casi 4.000 fueron secuestrados, más de 3.200 sufrieron violencia sexual, y más de 42.000 fueron atacados física o psicológicamente. Toda esta violencia obligó a casi 300.000 cristianos a huir o esconderse.

Nigeria emerge como el epicentro de esta brutal violencia: el país concentró casi el 70% de los asesinatos reportados, con cerca de 4 118 creyentes asesinados en ese periodo.

El mapa global de la opresión religiosa es alarmante: más de 380 millones de cristianos —uno de cada siete en el mundo— vive bajo condiciones de persecución o discriminación en más de setenta países del planeta. En África y Asia, dos de cada cinco creyentes sufren niveles muy altos de hostilidad por su fe, mientras que en América Latina la proporción es uno de cada dieciséis.

Este drama global exige una mirada pública que vaya más allá de los silencios informativos. El hecho de que una persona pierda la vida cada cinco minutos por profesar una fe es una señal inevitable de alarma: no se puede normalizar ni relativizar esta brutal realidad.

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