Joaquín Echeverría hace presente a diario, en privado y en público, el recuerdo de su hijo Ignacio, el español que fue asesinado a los 39 años por yihadistas en los atentados de Londres, el 3 de junio de 2017. El dolor de su corazón rara vez aflora en su rostro que casi siempre transmite una gran paz; no de resignación, sino de saber que Ignacio probablemente haya ganado la más importante de todas las batallas de este mundo: la de alcanzar la vida eterna. Hoy, La Gaceta quiere conocer un poco mejor a este hombre sencillo y bueno; el padre del Héroe del Monopatín.
P. Han pasado más de 9 años desde los atentados en los que unos terroristas asesinaron a su hijo Ignacio. ¿Qué sentimiento predomina ahora en Vd? ¿Orgullo por el acto heroico de Ignacio?, ¿odio hacia sus asesinos?
R. Sin duda que lo que hizo Ignacio merece mi admiración, no soy capaz de sentir orgullo, porque es un mérito que es de él, no mío. Creo que hizo lo que debía, aunque sé que es muy difícil responder al deber en esas circunstancias. En cuanto a los asesinos, me dan pena, por haberse dejado engañar de esa manera por una “causa“ absurda e injusta, que los engañó prometiéndoles un paraíso que les será negado a menos que se arrepientan, cosa que les deseo. Otra cosa es las causas de los movimientos terroristas, que odio profundamente.
¿De qué manera cree que la Fe amortigua, atenúa o da sentido al dolor por la pérdida de un hijo?
En mi caso, cuando supe que Ignacio había muerto, dejé de sufrir. Antes, mi sufrimiento era enorme, pensando en el suyo, me dolía pensar cómo estaba, en qué condiciones y en el sufrimiento que podría estar pasando. Después, cuando vi su cadáver, me pareció ver un gesto sereno, tal vez como el de una persona con cara de preocupación, pero no desesperado, que era mi miedo en ese momento, el miedo a que hubiera muerto desesperado y se hubiera condenado. Pensé: «No murió desesperado, al morir haciendo el bien está en el Cielo», y eso me produjo paz.
En los últimos 9 años, Ignacio ha recibido multitud de homenajes y reconocimientos. Es, sin duda, uno de los grandes héroes nacionales del último siglo. ¿Siente gratitud por ello?
Siento una gran gratitud por todas las personas que han tenido atenciones con Ignacio, en parte porque pienso que esas atenciones con Ignacio son atenciones con el bien, con la bondad y creo que las personas que apoyan la bondad están haciendo un gran bien a toda la sociedad. Quiero que la muerte de Ignacio sea útil.
Algunos creemos que Ignacio será beatificado dentro de un tiempo. Su causa de beatificación está en marcha. ¿Cómo vivía Ignacio la caridad cristiana?
Ignacio era una persona con unos sentimientos religiosos muy profundos y con una vida religiosa activa. Además del compromiso de ser miembro de Acción Católica y asistir a las reuniones periódicas con las lecturas preparadas para estar activo en las reuniones, Ignacio aportaba anualmente una cantidad no despreciable al Arzobispado de Madrid, al margen de la cruz en la declaración de la renta. Y eso era un acto anónimo, un acto de generosidad que no incluía ningún signo externo y que sólo sabíamos algunas personas. Después de su muerte, nos enteramos que impartía catequesis en una parroquia en Londres.
Su hijo ha sido y es ejemplo para muchos jóvenes. Seguro que lo ha sentido en muchas de sus charlas y conferencias. ¿Cree Vd. en la juventud española actual?
En mi opinión, nuestra juventud tiene valores, me explicaron que realmente son principios, otra cosa es que en la sociedad, los que tienen poder mediático, en general no se están potenciando esos valores, se están potenciando ejemplos de personas en mi opinión de conducta bastante discutible. Pero si nuestra sociedad no fuera sana, sería imposible vivir, la agresividad en la calle sería mucho mayor y la vida nos resultaría mucho más difícil, como por ejemplo debe ser hoy día en Ceuta.
En sus mensajes en redes sociales, Vd. no elude comentar aspectos de la actualidad política. ¿Cómo ve el panorama actual tras lo ocurrido en Ceuta?
No pude evitar citar Ceuta en la pregunta anterior. Yo siento un gran dolor por los ciudadanos de Ceuta, sé que están sufriendo mucho, supongo que los que han podido han abandonado la ciudad, esperando que lleguen tiempos mejores. Al margen de la soberanía nacional, que me parece un aspecto obvio y digno de ser defendido por nuestras autoridades y por todos los ciudadanos desde nuestra opinión y lo que podamos hacer, mi mayor dolor son las personas, las personas que sufren esa invasión y esa falta de libertad. No me quiero olvidar de las mujeres que, engañadas, se unieron a la avalancha humana y han sufrido todo tipo de abusos, como también lo habrán sufrido los hombres más indefensos. Siento un gran dolor.
A veces esperamos «soluciones globales» a los problemas colectivos de hoy. Pero quizá haya que imitar a Ignacio y hacer «cada uno su parte», es decir, poner bien donde haya mal. ¿Usted lo ve así?
En mi opinión, la caridad y todo tipo de acciones deben hacerse principalmente en el entorno más próximo, veo opiniones grandilocuentes de gente que quiere mucho a la humanidad, pero sólo hace expresiones abstractas, a veces contribuye con una cantidad mayor o menor a causas genéricas, a veces personalizadas en niños concretos de países en peores condiciones económicas. Yo no quiero despreciar esa expresión de caridad, pero yo quiero ayudar a quien tengo cerca, intento ser amable, generoso en lo que puedo, aunque podría más, con las personas con las que me relaciono. Hay una persona a la que mi familia quiere, que estuvo casada con uno de mis hijos, que cuando se divorció vivió en mi casa el tiempo que necesitó para ser autónoma económicamente y sigue siendo parte de mi familia, aunque nació en un país muy lejano y su educación fue musulmana; no me meto en sus prácticas religiosas actuales, pero la quiero, la queremos porque la hemos tratado y lo merece, es un ejemplo. Podría poner algunos más.
Quizá le hayan hecho esta pregunta muchas veces…¿Qué le diría a su hijo si pudiese decirle una sola cosa?
En mis relaciones con mi hijo Ignacio, en alguna ocasión en que confrontamos opiniones, fui soberbio y le dije que no se enfrentara a mí, que debía tenerme miedo, porque yo me atrevía más que él y lo había demostrado. Hoy debo decirle que demostró más que yo, que lo que hizo estuvo bien y que no lo reconocí lo suficientemente en vida y que ojalá yo valiera la mitad que él. Esta reflexión anterior se la recomiendo a todos, porque a veces despreciamos a quienes deberíamos a admirar profundamente.