«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Los crímenes de la petanca

21 de agosto de 2026

Hace apenas unos semanas, leíamos una noticia sobre la pelea entre dos jugadores de petanca franceses que acabó en homicidio. Era un día caluroso en Francia, y dos grupos entraron en disputa por una pista a la sombra de unos árboles. Que fuera huyendo del calor podría llevar a considerar al fallecido víctima del cambio climático, pero había algo específicamente petanquístico en el crimen. Primero, el arma utilizada, la bola metálica; segundo, la edad de los implicados, un octogenario, el agresor, y otro de 68, el fallecido, las edades que asociamos a la petanca.

Pensamos por eso, por asociarlo a nuestros abuelos, que la petanca sea un juego tranquilo. Pero no es cierto. Hubo ya otro altercado serio en España entre jugadores de la petanca. Fue hace unos años, no muchos, en Sant Boi de lLobregat; dos ancianos jugadores se picaron con el juego y acabaron en un bar, donde uno acuchilló al otro.

Casi todos los deportes que practicamos son de origen inglés, pero la petanca en francesa, de la Provenza, razón por la cual, quizás, se extendió también por Cataluña y quizás desde ahí al resto de España. En Francia, la petanca sería como los dardos para el Reino Unido. Un deporte aparentemente tranquilo, pero potencialmente peligroso. Las bolas de metal a menudo han acabado siendo lanzadas al otro, y hay rivalidades fuertes y agresiones al árbitro como en cualquier deporte que se precie. En Francia, no hace demasiado, un petanquista borracho se lanzó a estrangular al árbitro. En los últimos tiempos, ha habido detenciones y sospechas de mafia y amaños en el circuito de petanca, que lo hay.

Por supuesto, el dinero envenena las cosas, pero es en la propia petanca, en la propia falsa quietud de la petanca, donde quizás esté el secreto de la ira homicida que puede llegar a provocar. La petanca permite a un octogenario la ilusión del juego, despierta pasiones muertas, y de la misma forma le hace creer que igual que participa en un deporte, crecido en sus potencialidades de repente, podría llegar a matar.

En verano, apetece leer novela negra. Ojalá una de Simenon (que practicó ese deporte) en la que el muerto apareciera en una pista de petanca, con un bolazo certero en la sien.

Fondo newsletter