'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Las escisiones del PSOE

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Pasadas las 9 de la noche, sin turno de preguntas, como ya hiciera en su última comparecencia, Pedro Sánchez Pérez-Castejón se presentó ante los medios para comunicar su renuncia, precipitada tras la tensa y larguísima jornada de reunión del Comité federal celebrada en la sede de Ferraz, a cuyas puertas se manifestaban muchos de sus más abnegados y sectarios seguidores, entre los que, naturalmente, se infiltraron miembros de Podemos, seguros de poder pescar en tan revueltas aguas.

Con la contumaz negativa a Rajoy y la evidencia de un acuerdo, «el Gobierno del cambio», establecido con Podemos y las fuerzas separatistas, como nota distintiva de los sanchistas, un dato se repitió hasta la saciedad entre los representantes del PSOE y muchos periodistas y propagandistas: los 137 años de vida del PSOE, longevidad que de algún modo supondría cierta garantía de supervivencia para el partido del puño y la rosa. El dato, no obstante, encubre más de lo que muestra, pues si bien es cierto que existe continuidad entre el colectivo fundado por Pablo Iglesias Posse en Casa Labra en 1879, y el partido que hoy dispone de 85 diputados, lo cierto es que el PSOE ha atravesado por diversas crisis, algunas de las cuales fueron tan agudas, que comprometen seriamente el argumento historicista.

En efecto, varios han sido los momentos críticos vividos en el seno del partido que ha monopolizado el espectro socialdemócrata durante la actual democracia coronada a la que tanto ha contribuido desde su cristalización hasta su consolidación. Cronológicamente hablando, la escisión, término profusamente manejado estos días ya empleado por el socialista Miguel Peydro en su libro Las escisiones del PSOE (Barcelona 1980), de 1921 es la primera. En el contexto revolucionario que llevaría a la emergencia de la URSS, el Partido Socialista Obrero Español sufrió una convulsión que tuvo una suerte de réplica gracias al sector encabezado por Largo Caballero durante la burguesa II República Española. La crisis de abril de 1921 tuvo como principal consecuencia la creación en España del Partido Comunista Español, y va ligada a la celebración de un congreso cuando en el que se planteó la disyuntiva de adherirse o no a la III Internacional. La renuncia a una decisión que parecía estar tomada, se produjo gracias a los 8.808 votos en contra frente a los 6.025 a favor. Se cerraba así una vía explorada por los comisionados en Moscú, Fernando de los Ríos y Daniel Anguiano, protagonistas de aquel célebre episodio que no nos resistimos a reproducir. Tras preguntar los españoles: «¿Cómo y cuándo cree usted que podrá pasarse del actual periodo, llamado de dictadura del proletariado y período de transición, a un régimen de plena libertad para sindicatos, Prensa e individuos?», la larga respuesta de Lenin se cerró con el contundente: «¿Libertad para qué?»

Medio siglo más tarde el partido se enfrentaría a una nueva y trascendental crisis. Entre finales de los 60 y principios de la siguiente década, el socialismo hispano se dividía en varias facciones: el PSOE(h), o histórico, liderado en Toulouse por Rodolfo Llopis, con el que coqueteó el dolarizado Tierno Galván, líder del PSI (Partido Socialista del Interior); y el PSOE(r), o renovado, apoyado por una instrumentalizada UGT y encabezado por el «clan de la tortilla», en el que destacaban Felipe González y Alfonso Guerra, nutridos por marcos alemanes. Las escaramuzas, más allá de discretas reuniones e irregulares votaciones, tuvieron también un elemento doctrinal desestabilizador, el artículo que, bajo el título «Los enfoques de la praxis», apareció en El Socialista en mayo de 1972. Atribuido a la pluma de Guerra, jugaba con el clásico par teoría/praxis y planteaba la ruptura de un tabú: el establecimiento de relaciones con los herederos de aquella lejana escisión, los comunistas, principal amenaza o, por mejor decir, el grupo que aglutinaba la oposición más o menos definida, al franquismo.

 

De aquellas tensiones que tenían un evidente factor generacional, cuando el artículo ve la luz LLopis había cumplido 77 años aureolados de aromas masónicos, se derivaría una consecuencia crucial. Dos años más tarde, abandonado por la Internacional Socialista, durante el congreso de agosto de 1974, Rodolfo Llopis manifestó que no presentaba su candidatura a la Secretaría General, dejando el camino expedito a ese mismo Felipe González que, a la edad de 74 años, ha maniobrado para orillar a un Sánchez cuya ambición le había llevado a fraguar un acuerdo con Pablo Manuel Iglesias Turrión, hábil manejador de terminología marxista y cabeza visible de un partido en el que los más apocalípticos analistas ven, espantandos, al comunismo redivivo.

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