'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Huríes terrenales para machos islamizados

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En 1612, veía la luz la comedia de Lope de Vega, Las famosas asturianas, obra inspirada en el mítico tributo de las cien doncellas, al que habría accedido Mauregato como pago a Abderramán I por favorecer su ascenso al trono asturiano. La obra alcanza su clímax cuando Sancha, hija de don García, exhibe su cuerpo desnudo entre los suyos para cubrirlo después, ya en manos mahometanas. La moza justifica su destape en la cobardía de unos cristianos incapaces de evitar tan oprobioso pago. Al cabo, dada la cobardía de los suyos, Sancha se cree entre mujeres, lo que no impedirá que don Félix Lope de Vega, quien terminó su mujeriega vida convertido en sacerdote, remate la obra, y el tributo, gracias a la rebelión del enamorado de la doncella, Nuno Osorio, súbdito del casto Alfonso II –«quito de mujeres»-, monarca que pone fin al pago humano.

Como muchos otros episodios de la Reconquista, de aliento inequívocamente antimusulmán, el tributo de las cien doncellas se mueve en el neblinoso terreno del mito, si bien, no me consta ningún tributo similar que tuviera por origen el no menos mitificado terreno denominado Al Ándalus cuya recuperación, tras la «pérdida de España», suposo el desarrollo de un ortograma imperial de escala global y católica del que son fruto tanto nuestra nación como las hispanoamericanas, resultados políticos surgidos de la transformación del Imperio Español.

Viene al caso el recuerdo de la obra del Fénix de los Ingenios, porque coincidiendo con la Nochevieja, un gran número de hombres islamizados convenientemente coordinados por la tecnología de los cafres, se tomó el tributo por su mano en la católica ciudad alemana de Colonia. En efecto, días después de un suceso que se trató de ocultar o distraer bajo los gruesos velos de la ideología de lo políticamente correcto, se empiezan a conocer los detalles de lo ocurrido. Prueba de tal proceder es el tratamiento que dio a la noticia el tardofranquista diario El País, calificando lo ocurrido en las inmediaciones de la estación alemana y de la catedral de Colonia, como «agresiones machistas».

Se empleaba así el manido recurso de anegar la especie en el género con el deliberado propósito de evitar precisar quiénes eran aquellos que agredían. Porque, en efecto, fueron machos humanos quienes agredieron a hembras, mas unos machos muy particulares, unos machos islamizados, es decir, sometidos. Despersonalizados y convertidos en meros instrumentos al servicio de un dios imposible de representar deudor del entendimiento agente universal, los hombres coranizados deben consagrar sus acciones a combatir a politeístas como las impías y poco recatadas –así lo ha señalado hasta la propia alcaldesa de la ciudad, Henriette Reker– alemanas que se entregaban a unas fiestas regadas con alcohol de las cuales no se excluye la carne porcina.

El caso, de enorme gravedad, se ha complicado aún más al saberse que entre los 31 detenidos por los hechos de Colonia –con réplicas en otras ciudades alemanas y extranjeras- que ya han dejado un rastro más de 170 denuncias, 18 están en situación legal de solicitud de asilo, o lo que es lo mismo, entraron en Alemania gracias a las aperturistas medidas que dispuso Angela Merkel para los refugiados sirios. La sospecha de que entre tan golpeado contingente se filtraran elementos difícilmente asimilables han terminado por confirmarse pese al burdo intento de ocultar la realidad por parte del gobierno alemán, que ahora ha encontrado una cabeza de turco en el jefe de la Policía de la ciudad: Wolfsgang Albers. Como reacción, casi como reedición de romances medievales, ya se han constituido en la vampírica ciudad de Düsseldorf una serie de masculinas patrullas ciudadanas formadas por individuos que se autodenominan con el novelesco nombre de «caballeros».

Lo ocurrido en esta primera semana de 2016 muestra a las claras hasta qué punto esa misma Alemania que aupó democráticamente al autor de Mi lucha, ahora reeditado con oportunas y disuasorias anotaciones, ha pasado de adorar mitos racistas y señalar como degeneradas unas formas emparentadas con el arte primitivo, a quedar atrapada en los rígidos márgenes de un multiculturalismo con el que parece querer expiar sus genocidas e históricas culpas a despecho de los resultados de una tal ideología que ya ha mostrado su faceta más violenta en la vecina Bélgica o en los cinturones urbanos de Francia en los que se concentra la progenie de los fallidos imperios depredadores y coloniales.

 

El problema, huelga decirlo, tiene una muy difícil solución, pues pese a que en los incidentes colonienses han tenido una amplia participación machos de nacionalidad siria, muchos son ya los ciudadanos alemanes sometidos a la religión de Mahoma. Es precisamente esa sumisión, que desdibuja las fronteras nacionales y establece una única línea, la que separa el territorio de Dar al-Islam y el de la guerra, o Dar al-Harb, lo que convierte en incontrolables a los hombres que sueñan con un paraíso en el que podrán disponer de 72 voluptuosas vírgenes o «huríes» de las cuales se han tomado un anticipo terrenal en la noche alemana.

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