'Al César lo que es de Dios', la Iglesia y el nacionalismo

Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Aquellos que mantienen la fe católica en Cataluña muestran un sesgo claro hacia la unidad de España.


No puede decirse que la Iglesia, en estos últimos años, haya aportado claridad al candente debate del nacionalismo. De hecho, diríase que hemos retrocedido: la Conferencia Episcopal ha pasado de definir la unidad de España como «un bien moral que proteger», a mantener el más absoluto de los silencios, apenas roto por una o dos voces discordantes.
Peor aún ha sido lo de los prelados catalanes, alguno de los cuales, como el obispo de Solsona, incluso ha utilizado el púlpito para manifestar su radicalismo independentista. No escapa a nadie que parte importante del clero en Cataluña ha manifestado veleidades separatistas desde hace mucho tiempo.
Lo que ahora cabe preguntarse es si los servicios prestados han resultado positivos para la Iglesia en Cataluña. Pues no parece sino todo lo contrario.
Un alarmante descenso del catolicismo
Según el Barómetro del Centre d´Estudis d´Opinió, la población que se declara católica en Cataluña en 2017 es tan solo el 58 % del total. Tal porcentaje no tiene en cuenta el grado de práctica religiosa, pues la inmensa mayoría de los que se consideran católicos no cumple con los preceptos apenas nunca.
De hecho, solo el 12% de los catalanes acude a la Misa dominical, y otro 5.3% lo hace en alguna ocasión a lo largo del mes. Quienes se dejan ver por los templos en ciertas ocasiones del año llegan al 9%, mientras que un abrumador 74% tan solo hace acto de presencia cuando un acto de tipo social lo requiere.
En términos absolutos, de unos 6.6 millones de catalanes, apenas unos 440.000 son católicos practicantes.
Desde luego, la hegemonía nacionalista no es la única causa de esta situación -no puede ignorarse el impacto del proceso general de secularización-, pero está claro que no puede considerarse un factor favorable a la religión. Pues algo parecido sucede en el País Vasco; no es casualidad que sean las dos regiones más nacionalistas aquellas en las que la religión ha retrocedido en mayor medida durante estas últimas décadas, lo que resulta particularmente llamativo por cuanto se trata de algunas de las zonas de España con un mayor grado de práctica religiosa en el pasado.
Ese nacionalismo no puede ser ajeno al hecho de que, hoy, un espectacular 28% se considere ateo o agnóstico en Cataluña, casi tres veces más que en el conjunto de España. La región más nacionalista es, también, la más secularizada.
Rechazo de la Iglesia
Las encuestas señalan un rechazo general a la Iglesia: la calificación que los catalanes le otorgan es un 2.5 sobre diez. Solo los políticos y la monarquía están por debajo; pero lo más significativo es que su aceptación ha bajado en casi medio punto en tan solo dos años.
El rechazo proviene de aquellos que están alejados de la Iglesia, pero no solo: los católicos, tanto independentistas como unionistas, también califican bajo a la Iglesia, al acusarla de apoyar al bando contrario. En el caso de los independentistas, la crítica parecer más de grado, porque nadie puede negar que el clero catalán se ha posicionado inequívocamente en su favor.
Y no porque todo él sea separatista, sino porque la atmósfera en Cataluña es tal que solo los que son secesionistas se atreven a manifestar públicamente su condición.
Los católicos, más inclinados a España
De acuerdo a la encuesta oficial, lo cierto es que el catolicismo parece influir a favor de España, con independencia de la postura de la Iglesia. Dicho de otro modo: aquellos que mantienen la fe católica en Cataluña muestran un sesgo claro hacia la unidad de España.
Así, mientras que entre la población en general alrededor de un 48.7% se muestra favorable a la república catalana, ese porcentaje baja algo más de un punto porcentual entre los católicos; aunque seguramente no es mucho, resulta más comprensible cuando se tiene en cuenta el pronunciamiento del resto de católicos, que en un 46.3% están contra la independencia; es decir, que entre los católicos la adhesión al proyecto común español es de unos seis puntos por encima del conjunto de la población catalana, y se queda tan solo a poco más de un punto de los secesionistas.
Por lo tanto, no es la condición de católico lo que ha incidido en el crecimiento del independentismo, aunque la postura de la Iglesia haya sido innegablemente favorable –caso de Cataluña-, o indiferente –el de la Conferencia Episcopal-. Los católicos, en todo caso, están más cerca de la unidad nacional que la sociedad catalana en su conjunto.
Cabe incluso especular con ese 6.1% de católicos que rehúsa manifestarse en la encuesta, entre los que, sin duda, debe haber muy pocos secesionistas y bastantes de sentimiento español que, temerosos, no se atreven a pronunciarse.
Castellanohablantes más católicos
Más allá de la opinión que pueda expresarse en público, siempre sujeta a avatares de muy diversa índole, lo cierto es que los datos del Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat de Cataluña de 2016, arrojan una clara conclusión: mientras que el 14.1% de los castellanohablantes acuden a Misa semanalmente o en alguna ocasión a lo largo del mes, solo la mitad –un 6.7%- de los que tienen el catalán como primera lengua hacen lo propio.
De modo hay dos feligreses en lengua castellana por cada uno de los que hay en catalán. No hay que olvidar que, en el conjunto de Cataluña, quienes tienen el español como lengua materna son 10 puntos más numerosos que los que tienen el catalán.
No deben extrapolarse los datos a otras circunstancias, por cuanto no faltan los castellanohablantes secesionistas –en general, de la izquierda más radical de las CUP y de los grupos próximos a Podemos- y, por supuesto, también hay una amplia proporción de catalanohablantes unionistas, muchos de ellos de corte conservador.
Disminución de la identidad religiosa en tierras nacionalistas
En el conjunto de España, quienes acuden como mínimo a Misa dominical suman el 18%, según el CIS de octubre de 2017, mientras que el 70% de la población se considera católico, con una ligera inclinación ascendente en los últimos años (después de un desplome de veinte puntos en treinta años). Como hemos visto, en Cataluña las cifras son inferiores: se confiesa católica en torno al 58% de la población, mientras que apenas un 12% practica el catolicismo de acuerdo a las prescripciones de esta fe, una tercera parte menos que en el conjunto del país, lo que se acentúa en el caso de los nacionalistas.
Además, entre la anterior generación y ésta, el porcentaje de católicos ha disminuido en más de 20 puntos, desde casi el 80% hasta un 58%. Lo que es más significativo, entre los menores de 35 años no llegan al 35% quienes se consideran católicos, la mitad que la población mayor de 65 años.
Algo más de un 19% manifiesta haber perdido las creencias religiosas, mientras que solo un 2.7% las ha adquirido, procedentes del grupo de no creyentes o de otras confesiones. Teniendo en cuenta que en el anterior barómetro, de 2014, quienes habían perdido las creencias constituían un 13%, parece seguirse que una tercera parte de quienes se hallan incursos en esta circunstancia, han perdido la fe en los últimos tres años.
Aunque este descenso se verifica en toda España, y se debe al proceso general de secularización, lo cierto es que en Cataluña es mucho más acentuado.
Y sin embargo…
Según el barómetro, el 62% educa a sus hijos de acuerdo a principios religiosos, y también se ha incrementado el número de quienes consideran importante en diversos grados que las instituciones públicas y las confesiones religiosas estrechen su colaboración, hasta cerca de un 63%, casi cinco puntos más que hace tres años. Curioso, como si se tratase de un mecanismo de compensación, considerando que estamos inmersos en un proceso de pérdida de la identidad religiosa católica.
Además, parece asentarse la idea de que la escuela tiene que contemplar la enseñanza religiosa, tanto la propia como el conocimiento de las principales religiones del mundo.
Algo que sorprende en medio de un proceso general de secularización que parece arreciar. Un proceso que en la Cataluña nacionalista ha llegado más lejos que en parte alguna de España, con la excepción del País Vasco.
Precisamente, el caso de las tres provincias vascas pone de manifiesto que la causa no puede ser solo la secularización modernizadora, sino también la hegemonía social del nacionalismo como religión política sustitutiva, a la que parece haberse transferido la fe que las generaciones anteriores profesaron a la religión católica.
En las regiones nacionalistas de España no parece haber sitio para los dos.
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