Alain Finkielkraut: «La extensión demente del ámbito del racismo mata la vida intelectual»

Mientras sigue en marcha el proceso del atentado a la sede de Charlie Hebdo, el filósofo analiza los graves ataques que sufren la libertad de expresión, la libertad de pensamiento y la libertad de creación en Francia.

El filósofo subraya que un conformismo moralizador, vengativo e intolerante, venido de Estados Unidos, avanza en nuestro país. Un yugo cada vez más pesado grava sobre nosotros, afirma alarmado el pensador.

En pleno juicio sobre el caso Charlie Hebdo, ¿diría usted que Francia está amenazada por un retroceso en la libertad de expresión?

Unos meses después de la masacre, Emmanuel Todd escribía: «Blasfemar de manera repetitiva, sistemática, sobre Mahoma, personaje central de la religión de un grupo débil y discriminado debería ser considerado, independientemente de lo que digan los tribunales, una incitación al odio racial, étnico o religioso». Daniele Obono se negaba a llorar por Charlie y sus «caricaturas racistas»: ella reservaba sus lágrimas por el destino reservado a Dieudonné, el portavoz de los condenados de la tierra, que denuncia con valentía «la ocupación sionista». Edwy Plenel subrayaba «la terrible infancia de los hermanos Kouachi» y, en 2017, seguía acusando a Charlie de estar llevando a cabo una «guerra contra los musulmanes». A ojos de algunos intelectuales, periodistas o políticos, los culpables son las víctimas que han abusado de su libertad y despreciado la religión de los débiles.

Y esto no es todo. En el momento en que celebraban la libertad de expresión con ocasión del juicio Charlie Hebdo, algunos editorialistas vigilantes e influyentes reclaman la prohibición profesional de compañeros que, según ellos, había traspasado la línea roja. Desde la aparición, en 2002, del Rappel à l’ordre, enquête sur les nouveaux réactionnaires [Llamada al orden, investigación sobre los nuevos reaccionarios], de Daniel Lindenberg, las listas negras han vuelto a aparecer en Francia y los que están incluidos en ellas tienen que responder no solo por su nostalgia por el mundo de antaño, sino del crimen de racismo porque se preocupan por el progreso del islam radical. Este crimen solo puede ser expiado si desaparecen del espacio público. Poco después de haber declarado solemnemente que las palabras incendiarias de Éric Zemmour llevaban a los campos de exterminio, Le Monde publicaba una gran investigación «Les intellectuels nationaux-populistes» [Los intelectuales nacionales-populistas] con una lista negra ilustrada con un dibujo en el que una muchedumbre disimulaba su rostro detrás de una máscara veneciana con el rostro de Zemmour.

De esta feroz amalgama, «todos fascistas, todos racistas, todos delincuentes del pensamiento», saco una doble conclusión: la extensión demente del ámbito del racismo resitúa, después de la tregua antitotalitaria, la vida intelectual bajo el paradigma de la guerra a muerte; y la libertad de expresión, defendida durante mucho tiempo por la prensa contra las injerencias del poder, es combatida hoy en día por algunos periódicos en nombre, creen ellos, de la humanidad universal.

Y sin embargo, todo el mundo invoca la libertad de expresión

«La libertad de expresión, es saber qué preguntas podemos plantear y qué preguntas no podemos plantear. Hay preguntas que no son tales, sino que son insultos», afirma el escritor Édouard Louis. Insultos, por tanto, que abarcan el comunitarismo islámico, el antisemitismo y la francofobia en los barrios llamados populares. Los hechos que no están conformes a la ideología antirracista no son realidades, sino estigmatizaciones. La libertad de expresión es el derecho de ver lo que vemos como azotado por el oprobio.

¿Qué piensa del documento sobre la diversidad publicado por la academia de los Óscar?

Conmocionada por el caso Weinstein y el asesinato de George Floyd, la academia de los Óscar presentó, el pasado 8 de septiembre, una nueva lista de criterios de elegibilidad a la categoría de mejor película. Para recibir el sello de diversidad en la pantalla, una obra deberá cumplir con una de estas tres exigencias: un papel principal o un papel secundario importante a un actor o actriz procedente de un grupo «racial» o étnico subrepresentado; al menos 30% de los papeles secundarios a actores o actrices de dos grupos subrepresentados («negros, latinos, mujeres, personas LGBTQ+ o personas discapacitadas»); la trama principal, el tema o el relato debe estar centrado en un grupo subrepresentado.

De este modo, para Hollywood, los cineastas ya no son libres de crear sus propios personajes; y los mismos personajes ya no son libres de ser personajes: menguan al rango de muestras. Ya no son individuos, sino representantes. Ni siquiera permiten maldades o ambigüedades a los que representan los grupos minoritarios. Estos héroes positivos deben vencer mediante su comportamiento ejemplar los prejuicios de los espectadores. Se instala un nuevo realismo socialista, que no está prescrito por un Estado totalitario, sino que ha sido puesto en marcha por el mismo ambiente del cine.

¿Está usted a favor de la entrada de Verlaine y Rimbaud, juntos, en el Panthéon?

Por desgracia, Francia está en la misma onda de Estados Unidos. Los enemigos de las Musas causan estragos a ambos lados del Atlántico. Rimbaud y Verlaine que «pasaron su vida a encarnar la vida bohemia» no tienen nada que hacer «en el mausoleo de las glorias nacionales», como ha dicho muy justamente Benoit Duteurtre en este periódico (véase ediciones del 19 y 20 de septiembre). Y el argumento que presentan, entre otros, Annie Ernaux, Michelle Perrot, Edgar Morin, Michel Onfray y todo un batallón de ministros de Cultura hiela la sangre. Verlaine y Rimbaud «han enriquecido con su genialidad nuestro patrimonio. También son dos símbolos de la diversidad. Tuvieron que soportar la homofobia implacable de su época. Son los Oscar Wilde franceses». Requisamos dos poetas únicos, incomparables, para canonizar al matrimonio homosexual y poner un término al reino de la «heteronormatividad».

¡Qué miseria! ¡Qué instrumentalización desvergonzada de la literatura! ¡Qué desnaturalización de la cultura a manos de políticos encargados desde hace cuarenta años de su administración! Hay numerosos y célebres opositores a esta iniciativa. Pero apenas se pronuncian, Frédéric Martel, uno de los autores del llamamiento, los acusa de homofobia.

Ya en 2002 no fueron el El caballero de la Casa Roja, El conde de Montecristo o Los tres mosqueteros los que, con las cenizas de Alejandro Dumas, entraron en el Panteón, fue el mestizaje. No fue la obra, sino la raza o, más concretamente, la mezcla de razas, dicen extasiados los mismos que repiten a todas horas que los razas no existen y que incluso quieren prohibir este término.

Los herederos de Agatha Christie han decidido cambiar el título de la novela Diez negritos: ¿entiende usted esta decisión?

¿A quién le tocará después? El título de la obra maestra de Joseph Conrad, Le Nègre du «Narcisse», sufrirá inevitablemente la misma suerte. Y no se tolerará eternamente la justificación de la esclavitud que hizo Aristóteles, o la presencia en majestad de la palabra «raza» en las obras de Racine, Malherbe o Peguy. Los sensitivy readers [lectores sensibles] que leen los manuscritos de las editoriales estadounidenses, un día rectificarán los textos antiguos para adaptarlos a las normas del tiempo presente, porque este pretende haber encontrado, con la diversidad, la solución al problema humano. No buscarán en los libros la verdad de la existencia; verificarán su conformidad con vocabulario empleado y los principios enunciados. Infatuados por su apertura sin igual, al final se repliegan definitivamente sobre sí mismos.

Patrice Jean, en su novela LHomme surnuméraire, imagina una purga de obras literarias. ¿Se convertirá en realidad esta fantasía?

En la colección «Littérature Humaniste» que imagina Patrice Jean, el editor elige cortar, en las obras, los pasajes que hieren demasiado a «la dignidad del hombre, el sentido del progreso, la causa de las mujeres». Aún no hemos llegado a este punto, pero, de ahora en adelante, los universitarios estadounidenses utilizan los triggers warnings (advertencia de contenido ofensivo) para alertar a los estudiantes procedentes de minorías sobre el carácter potencialmente insostenible de ciertas obras. La censura ya está en marcha y, hecho particularmente inquietante, surge de los templos del saber.

Usted ha impartido la docencia en Estados Unidos. ¿Sigue siendo el mismo país?

Enseñé en Estados Unidos entre 1976 y 1978. Era joven. Mi educación no había concluido, pero me sentía totalmente libre. Ciertamente, dejaba la puerta entreabierta cuando recibía a mis estudiantes, pero entonces no se descalificaba al dead white european male [hombre europeo blanco muerto] incluyéndolo en la categoría de los dominantes; no se planteaban cuestiones como el safe space o el trigger warning. En la época en la que enseñaba en Berkeley, el gauchisme [el izquierdismo] (incluido el mío) refluía y la cancel culture de los nuevos radicales aún no había tomado el relevo. El ejercicio de la transmisión no estaba vigilado por la corrección política. Hoy en día, desde Berkeley a Columbia, lo que se ofrece a modo de humanidades, es un lavado de cerebro sistemático. Si  una universidad estadounidense tuviera la idea de invitarme para un seminario o una conferencia, yo sería «anulado» de inmediato. No sería más afortunado en una universidad francesa.

¿Está condenada la cultura occidental, fundada sobre una visión natural del mundo, a convertirse en una ruina romántica para una minoría de apasionados? ¿Cómo evitar este triste destino?

«Nosotros solo comprendemos mediante el gran rodeo de los signos de la humanidad depositados en las obras de cultura», escribía Paul Ricœur. En la era del multiculturalismo, la cultura es otra cosa muy distinta, es una declaración de identidad, es la manifestación por parte de cada comunidad de su propio ser. La palabra permanece, pero ha asesinado la cuestión. ¿Cómo resistir? Denunciando incansablemente este truco.

Publicado por Vincent Trémolet de Villers y Alain Finkielkraut [de la Académie française] en Le Figaro.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta

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