
Cientos de inmigrantes marroquíes que entraron de forma ilegal en Ceuta durante la última invasión se esconden en la barriada de El Príncipe para evitar que la Policía y el Ejército los conduzcan hasta la frontera del Tarajal. Muchos cuentan con familiares o conocidos en la zona, mientras otros se refugian en portales, viviendas y hasta en un antiguo fuerte militar abandonado.
Basta con que alguien advierta de la llegada de una patrulla para que los jóvenes agrupados cerca del zoco abandonen las calles. Algunos corren hacia los callejones, otros entran en portales y varios buscan cobijo en casas de la barriada. En ocasiones, ni siquiera aparece un vehículo policial: el rumor es suficiente para provocar la huida.
Los inmigrantes llevan apenas unos días en Ceuta, pero ya saben que la presencia de un vehículo oficial puede significar el inicio de su devolución a Marruecos. En otros puntos de la ciudad, policías y militares cierran las calles laterales, reúnen a los grupos y los conducen hacia el Tarajal mediante un dispositivo que los propios agentes definen como un «pastoreo».
La configuración de El Príncipe complica estas actuaciones. Las calles estrechas, las viviendas apiñadas y la sucesión de cuestas y callejones ofrecen a los recién llegados una ventaja para ocultarse. A ello se suma la presencia de familiares y conocidos que les proporcionan comida, agua o un lugar donde dormir.
La mayoría ha decidido que no regresará de forma voluntaria a Marruecos. Se trata de inmigrantes que, después de cruzar la frontera, comprobaron que Ceuta permanece separada de la Península por los controles del puerto y que no pueden embarcar hacia Algeciras.
Mientras el centro de la ciudad trata de recuperar parte de su actividad, la presión se ha desplazado hacia El Príncipe. Los comercios vuelven a abrir y los parques donde dormían numerosos inmigrantes han quedado despejados, pero en esta barriada los jóvenes continúan agrupados junto a las fachadas, en los cruces y en las entradas de algunas viviendas.
No todos han encontrado un techo. Parte de los inmigrantes se ha instalado en el antiguo fuerte del Príncipe Alfonso, una construcción militar abandonada y deteriorada situada en una zona elevada, detalla El Español.
El edificio carece de camas, luz y condiciones mínimas de habitabilidad, pero conserva habitaciones abiertas y espacios cubiertos donde los jóvenes pueden protegerse del viento y pasar la noche. Algunos acceden con mantas y bolsas, duermen durante unas horas y regresan después a las calles de la barriada.
La antigua instalación, utilizada durante décadas para la vigilancia militar, sirve ahora de refugio a quienes entraron ilegalmente desde Marruecos y tratan de eludir los patrullajes españoles.
El Ministerio del Interior sostiene que más de 50.000 personas ya han regresado a Marruecos. Muchos aceptaron volver después de pasar varias noches en parques y aceras y comprobar que no podían alcanzar la Península. Sin embargo, quienes permanecen en El Príncipe confían en que disminuyan los controles del puerto, intentan acceder al CETI —que se encuentra desbordado— o buscan iniciar algún procedimiento de protección.
La situación ha generado inquietud entre los propios residentes. Algunos temen que la concentración de inmigrantes provoque controles policiales prolongados y nuevos incidentes. Otros evitan hablar y muestran su rechazo a que la barriada vuelva a quedar asociada al narcotráfico, la delincuencia y el abandono institucional.
El Príncipe se ha convertido así en el principal escondite de quienes todavía se niegan a abandonar España. La invasión desaparece de las principales avenidas de Ceuta, pero persiste en una de sus barriadas más vulnerables, que soporta ahora el peso de cientos de inmigrantes decididos a evitar su devolución.