
En los despachos de la cúpula policial la criminalidad ya no se combate, se maquilla. Así lo afirman varios comisarios al diario The Objective, que describen una Policía Nacional más preocupada por la apariencia estadística que por la seguridad real en las calles. Lo que antes era un cuerpo dedicado a la protección ciudadana se ha convertido, según relatan, en una maquinaria obsesionada con presentar buenos números, aunque eso implique alterar la realidad.
Los mandos intermedios saben que su futuro profesional depende de los informes trimestrales que el Ministerio del Interior exhibe como prueba de que «todo va bien». Sin embargo, bajo esa fachada optimista se esconde un sistema manipulado: se reducen delitos cambiando su tipificación o, directamente, evitando que se investiguen. El resultado es un país que parece más seguro en los gráficos, pero que en los barrios sufre una criminalidad creciente e invisibilizada.
«Los altos cargos acceden por amiguismo, afinidad política o servilismo al poder», denuncia uno de los mandos consultados. «Su única meta es conseguir la Cruz de Plata antes de jubilarse, sin importarles el cuerpo al que pertenecen». Varios compañeros coinciden en que los ascensos se deciden por relaciones personales más que por méritos profesionales. Lo importante, explican, no es resolver delitos, sino hacer que parezca que no existen.
El ejemplo de Madrid ilustra perfectamente este fenómeno. Su jefe superior, Javier Galván, fue elegido —según distintas fuentes policiales— más por su pasado político que por su eficacia operativa. «Durante el Gobierno de Zapatero trabajó en el gabinete del director general de la Policía. Desde entonces, su labor se centra en rebajar las cifras de criminalidad», explica un inspector. En otras palabras, es más rentable hacer desaparecer un delito del Excel que del barrio donde ocurre.
Esa cultura de la cifra ha distorsionado el propósito mismo del cuerpo. «El problema no es que se interpreten los datos políticamente, sino que los datos sean el objetivo», admite un comisario veterano. «Hay una delincuencia brutal en España, pero la estadística se manipula a diario para que el político pueda decir en televisión que todo va mejor».
Y, de hecho, así ocurrió. José Luis Rodríguez Zapatero llegó a presumir públicamente de que «la tasa de criminalidad está ahora más baja que hace 15 años», basándose en un espejismo estadístico. Detrás de esa supuesta mejora se oculta una realidad incómoda: los hurtos disminuyen sólo porque se dejan de investigar, mientras que delitos graves como violaciones, asesinatos o tráfico de drogas crecen fuera del foco mediático.
En los barrios madrileños, las ocupaciones se han disparado. Sin embargo, los registros oficiales apenas lo reflejan. La explicación es sencilla: se cambian las categorías. “En lugar de tratarlo como delito, se archiva como simple usurpación de inmueble y se deja sin diligencias”, cuenta un agente. Sin denuncia no hay caso, y sin caso no hay delito que computar. Así, un problema social de enorme magnitud desaparece por arte de estadística.
El mecanismo es perverso: cuanto menos se investiga, menos crímenes aparecen. En Carabanchel, por ejemplo, un hotel reconvertido en apartamentos de lujo fue tomado por okupas reincidentes. A diferencia de lo habitual, en ese caso se tomó declaración y se identificó a todos los implicados. “Eso no se suele hacer porque si tiras del hilo descubres redes organizadas, y cada descubrimiento suma delitos a la estadística”, explica un comisario. Investigar genera cifras, y las cifras son mal vistas.
La misma lógica se aplica a las estafas en línea, uno de los delitos con mayor crecimiento. Las unidades especializadas denuncian la falta de medios y de voluntad para rastrear a los autores. “Nos dicen que no se puede investigar porque es complicado, pero si lo haces encuentras tramas organizadas y delitos asociados, como la usurpación de identidad. Si los sumas, aumentas la estadística, y eso es justo lo que se quiere evitar”, lamenta un agente.
El resultado final es una paradoja inquietante: cuanto más se investiga el crimen, peor parece el informe. Y como la carrera de muchos depende de esos informes, se ha impuesto una consigna silenciosa: no remover demasiado. Así, mientras las cifras del Ministerio lucen impecables, la calle arde bajo una falsa sensación de seguridad.