La invasión de Ceuta por parte de Marruecos, azuzando a decenas de miles de súbditos del sultán y a otros africanos contra una frontera desmantelada por el Gobierno de Pedro Sánchez, se ha conocido en todo el mundo.
Como la opinión y el análisis se encuentran ahora en las redes sociales, en vez de en los periódicos y las televisiones, en X y en Instagram se asombran muchos de que España mantenga territorios que limitan con Marruecos: la misma Ceuta, la ciudad hermana de Melilla, el peñón de Vélez de la Gomera y las islas Chafarinas. Los marroquíes los califican de residuos del colonialismo y exigen su entrega por España. Otros, sobre todo anglosajones, compran el relato marroquí y se preguntan qué hace la bandera española en el norte de África.
Aplicando esa manera de pensar a los tuiteros de Estados Unidos se les podría preguntar por qué su país es soberano sobre territorios alejados de su núcleo, como Alaska, Puerto Rico y las islas Vírgenes, y, más distantes aún, Hawái, las islas Marianas, Samoa y Guam. Estos tres últimos territorios están más cercanos a Japón o Filipinas que a California.
Donald Trump está reclamando a Dinamarca la entrega de Groenlandia por la seguridad de Estados Unidos. Ceuta es también necesaria para la seguridad de España (y hasta de la base de la Armada de EEUU de Rota, en la bahía de Cádiz), pero existen otros argumentos, como la cercanía geográfica y el vínculo histórico.
Quedan en el mundo pocos territorios pendientes de descolonización. En la lista de 17 territorios no autónomos que elabora la ONU hay dos casos que afectan a España: Gibraltar, colonia sobre la que la ONU declaró que debe reintegrarse a España sin que la población trasladada por el colonizador británico pueda vetar el proceso, y el Sáhara Occidental, del que se considera a España potencia administradora, aunque está invadido por Marruecos, que bloquea el referéndum de autodeterminación.
En esta lista no aparecen ni Ceuta ni Melilla. Desde su incorporación a las Naciones Unidas en 1956, el mismo año de recuperación de su soberanía, Marruecos sólo ha planteado la descolonización de las ciudades españolas en África una vez. Fue a principios de 1975, cuando el rey Hassán II trataba de impedir la independencia de la provincia española del Sáhara, puesta en marcha en años anteriores en un proceso que contaba con el respaldo de la ONU.
Para chantajear a España, Rabat pidió al comité de descolonización que se incluyesen ambas ciudades, a lo que se opuso Madrid, alegando que Ceuta y Melilla son partes integrantes de su territorio y están administradas como el resto del país, en vez de como colonias separadas de la metrópoli. El comité de descolonización no adoptó ninguna decisión al respecto, por lo que la petición de Marruecos decayó. Desde entonces, silencio.
Y Rabat no ha vuelto a plantear la solicitud, porque sabe que carece de argumentos, igual que en su reclamación del Sáhara. El Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, en su dictamen consultivo emitido en octubre de 1975, rechazó todas las pretensiones marroquíes sobre el territorio y la población, por lo que Hassán recurrió a otra invasión, con la colaboración de EEUU y el desinterés de la URSS.
La historia de Ceuta muestra una vinculación a España y a las entidades políticas que le precedieron muy anterior al nacimiento de Marruecos y hasta del islam.
Ceuta, situada en la entrada del estrecho de Gibraltar, a 14 kilómetros de la orilla europea, fue pieza codiciada por todos los poderes que se sucedieron en el Mediterráneo: Cartago, Numidia, Roma, Bizancio… y por supuesto el reino de Toledo visigodo, la primera entidad española independiente. Después pasó a depender del califato de Damasco. Abderramán III la conquistó para el califato de Córdoba. Los dueños posteriores fueron la taifa de Málaga, los almorávides, los almohades, los benimerines y el emirato de Granada, a fin de garantizar la llegada de tropas desde África.
Por fin, en 1415 regresó a la Cristiandad gracias a la conquista portuguesa realizada por el infante Enrique el Navegante. Castilla reconoció la soberanía lusa sobre la ciudad en los tratados de Alcazovas (1479) y Tordesillas (1494). En septiembre de 1497, Juan Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, mandó una expedición que conquistó las ruinas de Melilla la Vieja y empezó la reconstrucción de las murallas y los edificios, para disponer de un puerto para vigilar y perseguir a los piratas.
Los soberanos de Ceuta pasaron a ser los monarcas españoles cuando en 1581 se produjo la unión de las Coronas de España y Portugal, en la cabeza de Felipe II, llamado Felipe I en su nuevo reino. La ciudad permaneció bajo la jurisdicción de la corona portuguesa, separada en todo lo demás de España.
Ceuta se convirtió en española en 1640, cuando los vecinos no siguieron al duque de Braganza y sus partidarios que se sublevaron contra Felipe IV. Si Melilla se incorporó a España en 1497, Ceuta lo hizo más de 140 años después. Recuerdo de ese período son los símbolos lusos en el escudo y la bandera ceutíes.
Ya entonces, el estrecho de Gibraltar era uno de los lugares más peligrosos del mundo. Por él navegaban barcos de españoles, turcos, portugueses, franceses, británicos, genoveses, venecianos, neerlandeses, piratas berberiscos y todo tipo de corsarios…
Para asegurar la independencia de Portugal, la casa de Braganza negoció el matrimonio de la infanta Catalina con el rey Carlos II de Inglaterra, en 1662. Como dote, la portuguesa aportó dos millones de cruzados y las ciudades de Tánger y Bombay. Los ingleses fueron incapaces de mantener Tánger y en 1684 la rindieron a los marroquíes, a pesar de su compromiso de devolvérsela a su aliado Portugal.
Por el contrario, los españoles defendieron Ceuta. La pequeña ciudad sufrió el mayor sitio de la historia, de 1694 a 1727, más largo que el de Candía (1648-1669), con la diferencia de que los turcos vencieron a los venecianos, mientras que los españoles derrotaron al sultán Mulay Ismaíl, que había arrebatado Tánger a los ingleses.
La misma flota anglo-holandesa que conquistó Gibraltar en 1704 atacó Ceuta. En los años siguientes, los británicos ayudaron a los marroquíes en el sitio de Ceuta. Éste concluyó en 1727, cuando a la muerte del sultán, a quien se puede considerar el fundador de Marruecos, sus hijos pelearon por el trono.
En el resto del siglo XVIII, los marroquíes volvieron a atacar Ceuta varias veces. Mientras tanto, España proseguía su larga lucha contra los berberiscos, que concluyó en 1784. En julio de ese año, una enorme flota combinada de España, Portugal, las Dos Sicilias y la Orden de Malta, a las órdenes del almirante mallorquín Antonio Barceló, bombardeó Argel. La destrucción del cubil de piratas fue de tal magnitud que el dey de Argel y luego el de Túnez firmaron un tratado de paz con España, garantizado por el sultán turco.
El siglo XIX fue mucho más tranquilo para Ceuta, aunque al principio renació la piratería berberisca debido a las guerras napoleónicas y la destrucción de las flotas española y francesa.
El territorio de la ciudad (así como el de Melilla) se amplió por el tratado de Wad-Ras, firmado en 1860. Su castillo se usó como cárcel para muchos conspiradores y derrotados en las guerras civiles y los pronunciamientos de esa lamentable centuria. Tan lamentable que los Gobiernos de la Restauración iniciaron la costumbre de ceder ante Marruecos en tratados y negociaciones; incluso rechazaron propuestas de anexión a España de diversas kabilas.
En 1932, el Gobierno republicano adscribió Ceuta a la provincia de Cádiz. En julio de 1936, la ciudad fue tomada sin resistencia por el teniente coronel Juan Yagüe. En los días siguientes, sufrió varios bombardeos ordenados por el Frente Popular.