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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Gregorio Ordóñez sabía que ETA le iba a matar

Por Román Cendoya.
San Sebastián quedó paralizada y silenciada. ETA había cometido un asesinato cuya repercusión social y política supuso un antes y un después en la sociedad. Gregorio Ordóñez representaba algo que lamentablemente los ciudadanos consideramos hoy antitético: la ética en la política.
Veinte años después sigo convencido de que su asesinato pudo haberse evitado si, desde la Consejería de Interior del Gobierno Vasco, bajo el liderazgo de Atutxa y Martiarena, hubieran hecho caso a los temores y dudas que Gregorio, sus colaboradores y amigos sintieron y transmitieron después del asesinato de Alfonso Morcillo, en Lasarte, el 15 de diciembre de 1994. Para los gobernantes del PNV Goyo no era objetivo, según la información discreta que hicieron llegar a Mayor Oreja y al propio interesado en los primeros días de enero de 1995. Diez días más tarde fue asesinado. Una vez más el PNV no hizo política contra terrorista sino política con los terroristas. Hasta ese día resultaba más sencillo “preguntar al otro lado” que investigar y proteger.
Está todo escrito acerca de cómo fue el asesinato, de la irreconocible capilla ardiente en el Salón de Plenos del Ayuntamiento, inundada por ciudadanos que, venciendo el miedo, hicieron largas –y muy silenciosas– colas que atravesaron los jardines de Alberdi Eder o del goteo de amigos y militantes de toda España. De lo que ha supuesto para su viuda Ana Iríbar y para su hijo Javier –huérfano desde los seis meses– están los valientes y contundentes testimonios de Ana junto al emocionante relato del video “Éste es mi padre” que narra Javier. No merece la pena contar el vacío que nos dejó a sus amigos. Nuestro sufrimiento y dolor es un motivo de alegría y regocijo para los asesinos y sus cómplices. Por eso, algunos hemos decidido que a los malos no les vamos a conceder, ni siquiera, nuestro dolor.
Para mí, después del dramatismo del asesinato y del momento en el que Ana tuvo que responder a la pregunta de su hijo Javier, con cinco años, ¿por qué mataron a mi padre? es profundamente descorazonador hacer un análisis de qué es lo que ha sucedido respecto a ETA y el nazionalismo vasco veinte años después.

El éxito de los terroristas de la mano de Zapatero y Rajoy

No quiero engrandecer su éxito, pero hoy el brazo político de los terroristas ostenta la Alcaldía de San Sebastián, preside las Juntas Generales y la Diputación de Guipúzcoa, manejando un mil millonario presupuesto en euros. Además, están sentados con voz y voto en las distintas instituciones del Estado. Veinte años después ya no nos asesinan o nos exilian, porque no les hace falta.
Esta situación no es el fruto de su derrota ni de su generosidad. Ha sido el resultado de la claudicación de Zapatero ante los terroristas, siendo cómplice necesario Jesús Eguiguren. Además, ha sido imprescindible que Mariano Rajoy haya asumido plenamente esa negociación respetando los compromisos y gestos pactados. Así, hemos tenido que aguantar atónitos cómo el presidente del Gobierno y del partido de Gregorio Ordóñez tomaba la decisión política del cambio de situación penitenciaria de Bolinaga para facilitar su excarcelación.
Rajoy mantuvo al hombre de Zapatero en Estrasburgo para que se anulara ladoctrina Parot. No recurrió la sentencia y la aplicó con carácter generalizado y masivo con una celeridad vergonzante. Ha oficializado la Vía Nanclares para la excarcelación de presos y no ha instado a la Abogacía del Estado ni a la Fiscalía a iniciar la legalización de Bildu y su entorno –punto 04. pág 187 del programa electoral– entre otras cosas por su reiterada apología del terrorismo.

La muerte inútil. La traición a sus principios

Una de las frases más utilizadas en la condena ante cualquier atentado fue siempre: “es una muerte inútil porque el Estado no cederá ante el chantaje y nunca será derrotado”. Lamentablemente, 20 años después, me duele escribir que efectivamente el asesinato de Gregorio Ordóñez fue absolutamente inútil para la libertad y la defensa de los ciudadanos. Su muerte está claro que no empujó a los dirigentes políticos a un compromiso de mayor persecución y firmeza frente a los terroristas. Fue inútil porque no sirvió para que los políticos sellaran el firme compromiso de la derrota de los terroristas. El asesinato de Gregorio fue inútil para las libertades y la democracia y muy útil y eficaz para sus asesinos y sus cómplices.
Repasar la vida de Gregorio Ordoñez a través de sus declaraciones, sus escritos y sus discursos y compararlos con lo que dicen las personas que hoy ocupan su puesto en su partido, su silla en el Ayuntamiento y su escaño en el Parlamento Vasco es la mejor prueba de la utilidad de su asesinato para los terroristas. Desapareció su discurso. Y veinte años después se ha instalado otro que no solo no tiene nada que ver con él sino que es radicalmente opuesto.
Es muy difícil explicar cómo aquel Partido Popular del País Vasco de Ordóñez, Mayor Oreja, San Gil, Damboriena y poquitos más, presidido en Madrid por José María Aznar, ha podido travestirse en el Partido Popular de hoy de los Borja Semper, Arantza Quiroga, Maroto, Iñaki Oyarzabal y compañía presidido en Madrid por Mariano Rajoy. Sólo se puede entender como la degeneración más absoluta de una realidad y de un proyecto. Es un viaje repugnante que partió de la firmeza, la contundencia, la claridad de valores y de principios y ha terminado en la cobardía, la complacencia, la laxitud y la pusilanimidad.

Del asesinato de Ordoñez a la felicitación a Semper

Begoña Garmendia, portavoz de Herri Batasuna en el Ayuntamiento de San Sebastián, en un atisbo de humanidad que le costó ser apartada del brazo político de ETA, condenó el asesinato de Gregorio Ordóñez «a título personal, cumpliendo con lo que me exige mi conciencia humana y mi dignidad política». Así aseguró que: “Gregorio Ordóñez era probablemente el adversario más contundente de cualquiera que fuese abertzale o progresista en el marco de la institución del Ayuntamiento y del Gobierno de la ciudad, pero como adversario político debía de ser combatido con armas políticas y en el marco de una confrontación política”. Ordoñez era “el adversario más contundente” que “debía ser combatido”.
Veinte años después, Laura Mintegi, portavoz de Bildu en el Parlamento Vasco, en una entrevista concedida al Diario EL MUNDO ha dicho respecto de Borja Semper y Maroto frases como: “La verdad es que en las pocas ocasiones que he tenido que estar con esas personas me he sentido muy cómoda”. «Tengo una relación muy natural con ellos”. Y para dejar claro hasta dónde han llegado a ser dúctiles y cómodos para el brazo político de ETA ha dicho: «Les felicito y les digo que yo estoy en esa misma sintonía. La única manera de acercar las ideologías es acercar a las personas. Por lo tanto, sí, creo que debería haber más personas como las que menciona (Semper y Maroto)”. En 20 años los representantes del PP han pasado de ser asesinados por ETA a ser felicitados por sus portavoces políticos y a que el entorno de la organización crea que “debería haber más personas” como ellos.
Esta transformación sin asesinatos habría sido algo obsceno pero se convierte en repugnante cuando por el camino han caído tantos compañeros. La sociedad vasca ha sido la principal testigo de esta mutación aberrante. El Partido Popular en 1995 fue la fuerza más votada en San Sebastián y llegó a ser la segunda en el País Vasco con Mayor Oreja que consiguió 326.993 votos (23.12%). Hoy es una fuerza intrascendente sin ninguna capacidad de influencia. Alguno puede interpretar este análisis como el arrebato de un amigo cabreado, pero la realidad es tozuda. Veinte años después el Partido Popular está por debajo de los 130.000 votos y del 12,00% y sigue cayendo.
Veinte años después nos queda la satisfacción de saber que Gregorio Ordóñez es para muchos ciudadanos un referente como político y como persona. Para muy pocos compañeros representa el modelo a seguir en la forma de hacer y entender la política. Está claro que Mariano Rajoy no es uno de esos. Esta degeneración del Partido Popular comenzó cuando Mariano Rajoy accedió a la presidencia de su partido, que ahora solo se parece al de Gregorio en las siglas. Por cierto, Mariano Rajoy sigue sin tener tiempo –ni ganas– de acudir a un homenaje a Gregorio Ordóñez veinte años después.
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