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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Lección de Historia para Adriana Lastra y su concepto de Principado

De todas las apuestas de Pedro Sánchez -y no son pocas- la única que mantiene inalterada a lo largo del tiempo es la de la oposición a Rajoy: el «no es no». En lo demás, ha mudado de opinión, de táctica y hasta de estrategia tantas veces que se hace fatigoso recordarlas. 

Su empeño por abrirse un hueco en el panorama político parece algo personal, un desafío ante el que se muestra  dispuesto a todo. A ese efecto, tan pronto despliega una campaña presidida por una descomunal rojigualda  como llena sus mítines de colorines arcoiris y republicanos.

Pero sin duda tiene su lógica que esa tentativa de singularizarse le lleve a ciertos extremos. Hay tanta abundancia de centro y de izquierda que encontrar un hueco en ese espectro se antoja una tarea inasequible.

Y es que resulta difícil añadirle algo al discurso único imperante. Así que Sánchez ha debido creer que es en la candente cuestión nacional donde hallar espacios propios en los que diferenciar su mercancía de la del resto.  Y por eso ha pasado de plantarse en Cataluña con una mastodóntica enseña nacional a considerar que España es una nación de naciones, uno de los hallazgos más absurdos que se recuerdan.  

La ocurrencia de Sánchez, como es natural, ha arrastrado al resto de la facción socialista vencedora en pleno, que se ve obligada a la defensa de tales postulados; algo que plantea más problemas de los que resuelve. Y que se agudiza -esto es inevitable- cuando algunos de los miembros de su equipo manifiestan su incontenible entusiasmo al respecto.  

Y aquí es cuando aparece Adriana Lastra, la vicesecretaria general del PSOE -nada menos- proponiendo a Bolivia como ejemplo de Estado plurinacional.    

El concepto 

De entrada, la idea con la que el PSOE nos quiere hacer comulgar -que España es una nación de naciones- es perfectamente absurda. Y no ya aplicada a España; es absurda conceptualmente. No puede existir ningún todo compuesto por varias partes en el que cada una de estas sea igual al propio todo. Una nación no puede contener en su seno otra nación. Habrá estructuras políticas que contengan naciones en su seno, habrá estructuras estatales o imperiales que alberguen naciones; pero esas estructuras no serán naciones.   

Es decir: que si Cataluña, Galicia, Canarias, Murcia o Aragón son naciones, entonces España no puede serlo. A Pedro Sánchez le habría bastado con atender en 2º de Bachillerato en la clase de Filosofía, cuando se explica que el todo, siguiendo a Aristóteles, es superior a la suma de las partes que lo componen. ¿Es España, para el señor Sánchez, superior a las partes que la componen? 

Lo que hace Sánchez es dar un salto en el vacío; los nacionalistas, hasta ahora, definían España como un Estado plurinacional, pero él, a fin de no negar a España el carácter de nación -por su coste político- ha rizado el rizo hasta llegar al absurdo: España es una nación de naciones, nos dice.

Trata de que Cataluña o el País Vasco retengan su consideración nacional sin que España deje de serlo. El que adjetive como «cultural» el carácter nacional de esas regiones, lejos de solventar el problema, lo complica.

Todo se entiende mejor cuando el mismo Sánchez nos responde a la pregunta de qué es una nación diciendo que se trata de «un sentimiento»; que es, exactamente, lo que una nación no es. Pero que encaja con el emotivismo moral que defiende en otros terrenos; pues si la biología no nos determina en el terreno personal, tampoco la historia va a hacerlo en el colectivo. Cada cual, personas o naciones, lo son de acuerdo a su voluntad.  Esto, al parecer, es lo único que cuenta: el sentimiento y la voluntad.

Bolivia

Como la idea de que España sea una nación de naciones resulta cuando menos peculiar, la señorita Adriana Lastra, preguntada por qué ejemplos puede proponer de nación de naciones, ha respondido que Bolivia.

La verdad es que cuando alguien se ve necesitado de recurrir a Bolivia para defender su propuesta política es que no anda muy sobrado de ejemplos lustrosos. El que la idea de Pedro Sánchez se inspire en el país andino resulta atrabiliario, se mire como se quiera y por muy progres que nos pongamos. 

Además, las naciones en el seno de Bolivia, según su propia definición, resultan del reconocimiento de los pueblos precolombinos o, en lenguaje oficial, de los pueblos existentes antes de «la invasión colonial española». Ese deseo de reconocimiento alcanza a 32 supuestas naciones diferentes dentro del propio Estado boliviano. Pero Bolivia no se define como una nación de naciones, sino como un Estado en cuyo seno hay numerosas naciones; así, pues, desde el punto de vista de la coherencia política esta es, sin duda, mucho mayor en el caso boliviano que en el del PSOE.

De todos modos, si las naciones en el seno de España le resultan pocas al PSOE en comparación con el modelo boliviano, siempre puede reivindicar la nación ilergeta, turdetana, vaccea, celtíbera… existentes antes de “la invasión colonial romana”.

Patria querida

La última de Adriana Lastra ha sido de marca mayor. «Como asturiana no tengo anhelo nacional, pero entiendo que otros sí lo tengan». En tal confesión se contiene una especie de lapsus freudiano porque, o bien al no tener anhelo nacional refleja que no se siente española, o es que no considera nación a España.  

En todo caso, la legítima aspiración de toda nación es la de constituir un estado. Cuando se reconoce el carácter nacional de un territorio, lo lógico es que el proceso desemboque en la construcción de un estado. Si el freno a la construcción de dicho estado se establece una vez que se ha reconocido su carácter nacional, entonces se habría legitimado a ese territorio su exigencia del derecho a la autodeterminación: solo la negación de su carácter nacional evitará la legitimidad de la reclamación.

El remate de la tesis de Lastra ha sido su afirmación de que «Asturias es un principado, pero somos un reino, dos forma de gobierno distintas». Nada menos. Adriana Lastra es la vicepresidente del PSOE, recuerdo. 

Resulta evidente que no tiene la menor idea de la historia de España. No, señorita Lastra, el principado y el reino no son dos formas de gobierno distintas, son ámbitos diferentes.

La señorita Lastra –asturiana- no sabe que fue en el siglo XIV cuando el rey de Castilla estableció que el de príncipe de Asturias, precisamente, fuese el título conferido al heredero de la corona de Castilla primero y, posteriormente, de la de España, y que fue el reino de Castilla, en la persona de su monarca Juan I, quien fundase el propio principado como tal en 1388. Y que dicha fundación se hiciese con el expreso propósito de evitar las tentativas secesionistas de cierta parte de la nobleza, a la que convenía frenar el poder real, base de la unificación del reino.

Que en 1444, Juan II ratificó para su hijo Enrique IV el que este título, el de Príncipe de Asturias, recaería en lo sucesivo sobre el heredero de la corona de Castilla: «Yo el Rey, bien informado y bien certificado mando que todas las ciudades, villas y lugares de Asturias y Oviedo fueren mayorazgo para los Príncipes de Castilla y León, así como era y es el delfinazgo en Francia, para que sean vuestras en toda vuestra vida, y después de vuestro hijo mayor legítimo y que no las puedan enajenar y siempre sean del Principado». 

La del Principado es, pues, una creación del reino castellano. Asturias, primero reino y más tarde englobado en la corona de León, pasó a ser parte de Castilla cuando Fernando III reunió, en 1230, las coronas de Castilla y de León para siempre (o hasta ahora…) Siglo y medio más tarde, la propia Castilla crearía el Principado de Asturias. 

El resto son cosas de la señorita Lastra.  

 

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